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S. Andrés Corsini, Obispo (F)

Litúrgico: 
Lunes, 9 Enero, 2017
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Nació en Florencia en los inicios del siglo XIV. Abrazó la vida religiosa en el convento de su ciudad natal. Fue Provincial de Toscana en 1348 y al año siguiente fue nombrado obispo de Fiésole. Gobernó su diócesis con admirables ejemplos de caridad y con la elocuencia de su palabra. Se distinguió por su celo apostólico, prudencia y amor hacia los pobres. El mismo, con sus propias manos, distribuía el pan a los necesitados. Se atrajo la estima y la simpatía por parte de todos. Muchos, ricos y menos ricos, venían a él para encontrar la paz, después de años de luchas y odios que destruían familias y ciudades. Murió el día 6 de enero de 1374. Fue canonizado el día 29 de abril de 1629.

 


 

San Andrés Corsini, religioso y obispo

En Fiesole, en la Toscana, san Andrés Corsini, obispo, de la Orden de los Carmelitas, que se distinguió por su austeridad y por la asidua meditación de la Sagrada Escritura. Rigió sabiamente la Iglesia que se le había encomendado, repobló los conventos devastados por la peste, prestó auxilio a los pobres y reconcilió a los enemistados.

A este santo lo llamaron Andrés por el apóstol del mismo nombre, en cuyo día nació, en Florencia, en 1302. Pertenecía a la distinguida familia de los Corsini, y nos dicen que sus padres lo consagraron a Dios antes de su nacimiento; pero a pesar de todos sus cuidados, la primera parte de su juventud la pasó en el vicio y la disipación, entre malos compañeros. Su madre no dejaba de rogar por su conversión, y un día, en la amargura de su pena dijo, «Veo que ciertamente eres el lobo que vi en mi sueño», y explicó que antes de nacer él, había soñado que había dado a luz a un lobo que entró corriendo a una iglesia y se había cambiado en cordero. Añadió que ella y su padre lo habían consagrado al servicio de Dios, bajo la protección de la Santísima Virgen, y que esperaban que llevaría una vida muy diferente de la que llevaba. Estos reproches le causaron honda impresión. Lleno de vergüenza, fue Andrés al día siguiente a la iglesia de los frailes carmelitas, y después de haber rezado fervorosamente en el altar de Nuestra Señora, la gracia de Dios lo alcanzó de tal modo, que resolvió abrazar la vida religiosa en aquel convento. Todos los artificios de sus antiguos camaradas, y las solicitudes de un tío suyo, que trató de volverlo de nuevo al mundo, fueron inútiles para cambiar su propósito: nunca abandonó el primer fervor de su conversión.

Andrés se ordenó sacerdote en el año de 1328; pero para escapar a la fiesta y música que su familia había preparado -siguiendo la costumbre de la época- para el día en que celebrara su primera misa, se retiró a un pequeño convento, a siete kilómetros fuera de la población, y allí, desconocido y con muchísima devoción, ofreció a Dios Todopoderoso los primeros frutos de su sacerdocio. Después de dedicarse algún tiempo a predicar en Florencia, fue enviado a París, donde asistió a las escuelas por tres años. Continuó sus estudios por un tiempo en Aviñón con su tío, el cardenal Corsini, y en 1332, cuando regresó a Florencia, fue electo prior de su convento. Dios premió su virtud con el don de la profecía, y también se le atribuían milagros de curaciones. Entre los prodigios de orden moral y conquista de almas endurecidas, fue especialmente notable la conversión de su primo Juan Corsini.

Cuando el obispo de Fiésole murió, en 1349, el capítulo eligió por unanimidad a Andrés Corsini para ocupar la sede vacante. Sin embargo, tan pronto como le informaron de lo que estaba sucediendo, se escondió con los cartujos de Enna. Los canónigos, desesperados ya por no encontrarlo, iban a proceder a una segunda elección, cuando su escondite fue revelado por un niño. Después de su consagración como obispo redobló sus anteriores austeridades. Diariamente se daba una severa disciplina mientras rezaba la letanía, y su cama era unas ramas de vid esparcidas en el suelo. Decía que la recreación de sus labores era el meditar y leer las Sagradas Escrituras. Evitaba lo más posible hablar con mujeres, y rehusaba escuchar aduladores o soplones. Su ternura y cuidado para con los pobres eran extremos, y era particularmente solícito en buscar a los que tenían vergüenza de que se supiera su desgracia; a estos ayudaba con toda discreción posible. San Andrés también tenía talento para aplacar disputas, y con frecuencia tenía éxito para restablecer el orden en donde brotaban disturbios populares. Por esa razón, el beato Urbano V lo envió a Bolonia, donde la nobleza y el pueblo se hallaban lastimosamente divididos. Después de sufrir muchas humillaciones los apaciguó, y permanecieron en paz durante todo el resto de su vida. Todos los jueves lavaba los pies a los pobres, y nunca despachaba a ningún mendigo sin darle limosna.

Cuando cantaba la Misa de Navidad la noche de 1372, san Andrés cayó enfermo y murió en la Epifanía siguiente, cuando tenía setenta y un años de edad. Inmediatamente, por la voz del pueblo fue proclamado santo, y el papa Urbano VIII lo canonizó solemnemente en 1629. Andrés fue sepultado en la iglesia carmelita de Florencia. El papa Clemente XII, que pertenecía a lu familia Corsini, construyó y dotó una capilla en honor de su pariente en la basílica de Letrán. El arquitecto de esta capilla, en la cual sepultaron al propio Clemente, fue Alejandro Galilei. En 1737, el mismo papa añadió al calendario general de la Iglesia occidental a san Andrés Corsini.

Las dos vidas principales de san Andrés en latín están impresas en Acta Sanctorum, enero, vol. II, véase también S. Mattei, Vita di S. Andrea Corsini (1872), y la biografía por el P. Caioli (1929), que utiliza ciertos documentos inéditos florentinos.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí. 

Todo esto lo vivimos bajo la protección, la inspiración y la guía de María, la Virgen del Carmen, a la que honramos como “nuestra Madre y hermana”.



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