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Alegría en la comunidad contemplativa - Me alegro al descubrir el amor de dios en mi vida

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por Alegría en la comunidad contemplativa

Vivir de manera auténtica revela los múltiples signos de la presencia de Dios en mi vida

Escuchar la Escritura

Llegó, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la heredad que Jacob dio a su hijo José. Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, como se había fatigado del camino, estaba sentado junto al pozo. Era al rededor de la hora sexta. Llega una mujer de Samaria a sacar agua. Jesús le dice: “Dame de beber”. Le dice la mujer samaritana: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?”. (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le respondió: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice ‘dame de beber’, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva”. Le dice la mujer: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva? ¿Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?”. Jesús le respondió: “Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna”. Le dice la mujer: “Señor, dame de esa agua…”. (Jn 4,5-7.9-15a).

Escuchar la Tradición Carmelitana

Cuando te miro, buen Jesús, advierto

en ti el amor del más querido amigo,

y siento que, al amarte yo, consigo

el mayor galardón, el bien más cierto.

Este amor tuyo -bien lo sé- produce

sufrimiento y exige gran coraje;

mas a tu gloria, en este duro viaje,

sólo el camino del dolor conduce.

Feliz en el dolor mi alma se siente:

la Cruz es mi alegría, no mi pena;

es gracia tuya que mi vida llena

y me une a ti, Señor, estrechamente.

Si quieres añadir nuevos dolores

a este viejo dolor que me tortura,

fina muestra serán de tu ternura,

porque a ti me asemejen redentores.

Déjame, mi Señor, en este frío

y en esta soledad, que no me aterra:

a nadie necesito ya en la tierra

en tanto que Tú estés al lado mío.

¡Quédate, mi Jesús! Que, en mi desgracia,

jamás el corazón llore tu ausencia:

¡que todo lo hace fácil tu presencia

y todo lo embelleces con tu gracia!

(“Ante la imagen de Jesús”, Tito Brandsma, 12 de febrero de 1942)

Escuchar la Tradición de la Iglesia

Cuando vivimos la mística de acercarnos a los demás y de buscar su bien, ampliamos nuestro interior para recibir los más hermosos regalos del Señor. Cada vez que nos encontramos con un ser humano en el amor, quedamos capacitados para descubrir algo nuevo de Dios. Cada vez que se nos abren los ojos para reconocer al otro, se nos ilumina más la fe para reconocer a Dios. Como consecuencia de esto, si queremos crecer en la vida espiritual, no podemos dejar de ser misioneros. La tarea evangelizadora enriquece la mente y el corazón, nos abre horizontes espirituales, nos hace más sensibles para reconocer la acción del Espíritu, nos saca de nuestros esquemas espirituales limitados. Simultáneamente, un misionero entregado experimenta el gusto de ser un manantial, que desborda y refresca a los demás. (Evangelii Gaudium, 272.

Para la reflexión

¿Soy capaz de ver los signos del amor de Dios en mi vida? ¿Consigo, en todo momento, ayudar a los demás a descubrir la presencia del amor de Dios en sus vidas?

Salmodia (del Salmo 139)

Señor, tú me sondeas y me conoces; me conoces cuando me siento o me levanto.

De lejos penetras mis pensamientos, distingues mi camino y mi descanso.

Todas mis sendas te son familiares.

No ha llegado la palabra a mi lengua, y ya, Señor, te la sabes toda.

Me estrechas por detrás y por delante, me cubres con tu palma.

Tanto saber me sobrepasa, es sublime, y no lo abarco.

Oración

Dios de amor y de misericordia, despiértame de mi entorpecimiento y haz que descubra cada día las maravillas de tu amor. Abre mis ojos y mi corazón a tu presencia en aquellos que caminan conmigo en este mundo, y en los acontecimientos que marcan mi vida cada día. Amén.

Doxología

Que el Dios de la paz os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que nos llama y es él quien lo hará. (1Ts 5, 23-24).

“Bebe el agua de tu cisterna,

la que brota de tu pozo”.

(Prov. 5,15)

Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí. 

Todo esto lo vivimos bajo la protección, la inspiración y la guía de María, la Virgen del Carmen, a la que honramos como “nuestra Madre y hermana”.



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