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Carta de las Monjas a santa maría magdalena de pazzi

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Monasterio Carmelita de Janua Coeli

Queridísima Magdalena:

Te escribimos unas pocas líneas con confianza. Hablamos contigo como hermanas, con familiaridad, superando los límites del tiempo y llegando hasta ti donde estás ahora, en el seno de la Trinidad. En tu vida terrena siempre deseaste este encuentro y ardías en deseos de hacer arder a toda la Iglesia en esta pasión. Te sentiste empujada por el mismo Dios a correr para “despertar al mundo”. Sabes bien que el Papa Francisco nos pide hoy a nosotros, los consagrados, que hagamos despertar al mundo con nuestra vida. Y ahora sentimos, de modo espontáneo, que volvemos a ti con el pensamiento, a tus anhelos evangelizadores, a tu necesidad de comunicar a todos el amor de Dios, a tu invitación apasionada a las hermanas de tu monasterio de tener una tal capacidad de ojos y manos para saber, que monjas “nuevas” “no están siempre en el corazón, que es el tálamo oculto y secreto del alma esposa, ni siquiera siempre en el costado... porque cuando se ha estado en el secreto tálamo del corazón, se debe regresar y volverse hacia la ventana del costado para llamar a tantas almas que se van perdiendo; lo cual se debe hacer con un vivo y amoroso deseo de la salud de ellas” (Probazioni I, 259).

Te imaginamos con tu frágil constitución física, todavía casi una niña, siguiendo el camino de Dios, eligiendo, entre tantos monasterios de Florencia, el Carmelo, por ser en aquel tiempo el único en el que se podía recibir la comunión a diario. Un privilegio y gracia que tú, con tus dieciséis años, ya comprendiste en toda su extensión.

Has de disculparnos si a nuestros ojos nos resulta un poco inusual tu modo de concebir y vivir la vida monástica, fuertemente influenciada por una teología negativa, y cuyos frutos solamente podrían ser una severa mortificación y austera penitencia. Pero eras hija de tu tiempo. Sin embargo, esto que no extraño en ti, nos mueve a encontrar, en el lenguaje actual, la semántica de una ascesis de nuestro ser carmelita, como monjas contemplativas, y a participar plenamente en la dialéctica constructiva de la memoria y profecía de un carisma aún vivo y vivificante.

Te vemos en tu condición de monja, inserta en la vida de tu comunidad, conociendo de cerca y apreciando tanto tu fuerza espiritual como los elementos de fragilidad. Has tenido que enfrentarte a grandes cambios. Antes estabas acostumbrada a administrar el tiempo de tu oración personal, ahora te parece no tenerla más, pero percibes que la oración se inserta en una dimensión de la vida que afecta a toda tu persona día y noche y que lentamente hace de tu existencia una oración continua. Tus días se van sucediendo siempre con el mismo ritmo de coro, trabajo, meditación, celda, en un silencio que envuelve cada cosa porque, entonces como ahora, la vida de una monja contemplativa se desarrolla en la cotidianeidad, en lo “vacío y aparentemente inútil”, en el silencio que se abre a la contemplación y lentamente transforma la vida en oración.

Es muy reconfortante para nosotras constatar todos estos aspectos de tu vida en los que podemos vernos reflejadas nosotras mismas, alentadas por la belleza de un sólido carisma y por una vocación que no pierde fuerza ni fascinación a lo largo de los siglos.

Te vemos con ganas de vivir plena y profundamente tu llamada. Eres probada por la enfermedad pero también favorecida por dones místicos, éxtasis, raptos. También llega para ti la oscuridad. También vives la hora de la sombra, de la prueba y de la fe pura. “Pero sólo busco esto de ti, oh Verbo: que me des luz y que la luz con la que me obligas a caminar sea así luz verdadera. Oh amoroso Verbo, se acerca el tiempo en que faltará la luz y vendrá la tiniebla. Viene la luz oscura y la tiniebla clara” (Revelatione et Inteligentie, 294).

Te rodean tentaciones, escrúpulos, sufrimientos interiores y exteriores, pero lo que más te aflige es el pecado en su oscura realidad, el pecado que se arrastra en toda experiencia humana y que aleja del corazón de Dios. Es un tiempo de purificación para ti, Dios te pide experimentar profundamente el dolor por el más pequeño elemento que altere la relación con él. Es el tiempo de perderte para reencontrarte aún más mujer en una relación única. Tu fe se robustece y el Crucificado, que te abraza, te atrae cada vez más a sí hasta el punto de hacer latir en ti su mismo corazón, para irradiar este amor incontenible a cada hombre y a la Iglesia, desde siempre santa y pecadora.

Una vez más vemos en tu perfil rasgos del nuestro: también nosotras, seducidas en el aura de la soledad por un Amor Eterno, antes o después gustamos el sabor amargo de la lucha, la fatiga del cambio, de la conversión del corazón y de la mente. Cada día es también para nosotras un nuevo paso hacia una adhesión siempre más plena, consciente, madura, a la estatura de Cristo. Cada día crecemos en la conciencia de nuestra pequeñez, nuestro límite, nuestro pecado y, poco a poco, se va haciendo provocador el grito de misericordia que procede de cualquier periferia existencial.

Has vivido en los años posteriores al concilio de Trento, nosotras somos hijas del inicio del tercer milenio y quisiéramos que todos, de verdad, pudieran experimentar el amor de Jesús. En realidad tenemos ante nosotras un tiempo de confusión, de gran relativismo ético y de corrupción en muchos niveles. A veces parece que el mal tenga la última palabra y que la paz sea una mera utopía, que la agonía de Cristo se perpetúe sin cesar por toda la tierra.

El deseo que ardía en tu corazón de ver una Iglesia pura, una Iglesia esposa y una Iglesia madre es también nuestro deseo. “Sea tal la llama que brote de nuestro monasterio que caliente muchos corazones helados en el amor propio, en la propia voluntad y en el deseo de las cosas terrenas”.

Como tú, queremos que Jesús encuentre acogida en el corazón de los hombres. Sin embargo, cuántas controversias y cuántas contradicciones. Tú lo sabes, vivimos fuera del mundo y podría parecer que no somos llamadas por Dios a salir a él, en primera línea, como tantos testimonios de la fe. En realidad nosotras, como tú, nos sentimos parte viva de la historia como mujeres, como contemplativas y como carmelitas, y sabemos que estamos llamadas a sacudir las conciencias en todos los niveles, tanto del mundo civil como del eclesial.

Tu existencia terrena nos enseña que nuestra misión es, en primer lugar, participar en el sacrificio de Jesús que da la vida por amor, y que para conseguirlo hemos de convertirnos cada día más a él, adquirir vitalmente su ADN, habituarnos a vivir en el Espíritu.

Tú, en la situación concreta de tu tiempo, creces cada día más en la conciencia de que Dios te llama a una tarea constructiva y de renovación de la Iglesia, un trabajo audaz, pero obligado por aquello que tú llamas “el dulce querer de Dios”. Tu grito llega hasta nuestros días, casi como el eco de la voz de Dios que busca constantemente al hombre.

Tu historia y el anhelo contagioso de comunicar Su amor, que prende también en nuestros corazones, nos hace pensar que, a pesar del continuo fracaso del hombre, Dios no abandona la esperanza de “llevar el fuego a la tierra”. Adán, Caín, la generación del diluvio, la de la torre de Babel, tu siglo, el nuestro...

Mientras te estamos escribiendo, pensamos en las guerras ideológicas de nuestros días y también en toda la violencia suscitada por grupos extremistas que, en nombre de una religión, atentan contra la paz, contra la seguridad mundial y contra la vida. Y en los centenares de miles de prófugos, arrojados al mar, enviados clandestinamente, sin ninguna seguridad de llegar a nuestras tierras, despojados de toda dignidad, bajo el pretexto de sobrevivir. Son muchas, quizá demasiadas, las historias de fracasos y de disturbios. Sin embargo, Dios no abandona al hombre y, esperando contra toda esperanza, sigue llamando, sigue amando.

Leyendo tus escritos, descubrimos con mucho agrado que, a pesar de que a las mujeres de tu tiempo no se les permitía acercarse habitualmente a las Escrituras, sin embargo tú alimentabas un gran amor a la Palabra y comprendiste que ya para el antiguo pueblo de Israel, la fe no es tanto el fruto de una búsqueda que el hombre hace de Dios, sino, sobre todo, del movimiento de Dios hacia los hombres, expresión de su nostalgia por aquella belleza original de la obra de sus manos que somos nosotros. Entonces, como una pequeña campana quieres recordar a la Iglesia su pertenencia a Cristo.

 “Tiene mi Verbo en su mano izquierda una pequeña campana. ¡Oh, mi Dios!, te admiro viéndote tener tal cosa, pero cualquier gran secreto se nos oculta para mi enseñanza. Por ello quieres que yo entienda que debo alentar a tus esposas a la perfección a las que nos has llamado, pero quieres que esta pequeña campana produzca un sonido perceptible sin hacer ruido alguno, porque debo avisar y hablar con dulzura y mansedumbre y no con aspereza, procurando más el hablar manso y dulce que el áspero y severo. La tienes en la mano izquierda, que es el lado del corazón, para mostrarme que las palabras que diré deben nacer del corazón, digo de un íntimo amor de Dios y del prójimo y no debo decir ninguna cosa que antes no haya hecho yo” (Probatione 1, 251).

Todo esto nos parece estar en singular sintonía con el tiempo del Jubileo de la Misericordia, gracias al cual el Sumo Pontífice quiere, de modo eficaz, recordar a todos los hombres nuestra pertenencia a Cristo a través de la Iglesia.

Con tu estilo propio, diriges nuestra mirada y nos haces ver que, como contemplativas, nuestra experiencia de comunión con la Iglesia no es fruto de un amor abstracto sino, al contrario, transmites un amor fuerte hacia ella que confirma y amplía la conciencia interior de nuestra llamada y nuestra misión en la Iglesia: buscar a Dios con sinceridad y humildad desde la renovación de nuestra vida, con una mayor y purificada fidelidad al evangelio, que para nosotras es siempre una llamada actual a ser una humilde intercesión de misericordia para todos.

Permanecemos en nuestros monasterios pero sabemos que buscar a Dios de verdad nos conducirá a encontrarlo en los hermanos y hermanas que se nos acercan y en aquellos con los que no nos encontraremos nunca, pero por los que entregamos cada momento de nuestra vida para que también ellos se reconozcan hijos amados del mismo Padre.

Sí, en este rostro de una Iglesia que intercede humildemente ante Dios reconocemos nuestra misión actual: estar siempre en búsqueda de la verdad, abiertas a percibir el dolor de los demás con gran compasión, fijas en el seguimiento de la Verdad por excelencia, Cristo crucificado y resucitado.

Quaerere veritatem: es el camino de nuestra comunidad, en la búsqueda de la verdad con el estilo del diálogo y del encuentro, del compartir y de la escucha, tras la cruz de Jesús y con la mirada fija en su Resurrección.

Magdalena, tú, como otras hermanas, has hecho avanzar mucho la historia del Carmelo con el testimonio de tu fe en la entrega total de la vida. Lo has hecho de muchas maneras, todas ellas encomiables. Ya nuestros padres en el Monte Carmelo, por amor de una “renovación” de la santa Jerusalén, fijaron la tienda de su existencia en un estilo de vida de total y exclusiva pertenencia a Dios. Pero también nos viene al pensamiento Teresa la grande, inspirada y movida por un gran celo apostólico a fundar monasterios dedicados a la oración por la salvación del mundo. Y qué decir de las 16 hermanas de Compiègne, asesinadas en defensa de una fe amenazada por ideologías pseudo-liberales. O de la joven Teresa de Lisieux que con su caminito, desde su celda, desde su lecho de dolor, se ganó el reconocimiento de patrona de las misiones... Y aún más cercana a nosotras, la grande Edith Stein, hebrea convertida y después carmelita, consciente de participar con la entrega de su vida, en el bien del pueblo hebreo. Ahora estáis todas ahí, como corona de María, para interceder por nosotras y alentarnos. Os miramos a todas, recogemos vuestra herencia espiritual y nos sentimos impulsadas a recorrer caminos valientes de testimonio.

Queridísima Magdalena, antes de dejarte te pedimos disculpas por haberte tenido tanto tiempo charlando. Te pedimos, como hermana mayor y como compañera de viaje: ayúdanos a tener siempre el corazón vuelto hacia Dios, en la escucha constantemente y purificada, ayúdanos a renovar continuamente nuestra docilidad a la voluntad del Padre, para que desde el borde de la carretera, donde se sitúa nuestra vocación, nuestra vida pueda ser testimonio elocuente y contagioso del amor, y de este modo colaboremos a renovar y hacer resplandecer, con genio femenino, el rostro de la Iglesia.

Te damos un abrazo fuerte, afectuoso, de corazón y de esperanza.

Tus hermanas Carmelitas de Cerreto.

Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí. 

Todo esto lo vivimos bajo la protección, la inspiración y la guía de María, la Virgen del Carmen, a la que honramos como “nuestra Madre y hermana”.



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