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Lo Pequeño (1)

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A partir de este número de enero de nuestra revista, contamos con una colaboración del P. Pedro Arenas, carmelita colombiano muy vinculado a nuestra provincia. El P. Pedro pertenece a la "Delegación General Tito Brandsma"de Colombia, vive en Manizales y tiene una amplia experiencia pastoral. Ha trabajado con mucha ilusión y generosidad con los"carmelos domésticos", así como en la formación permanente de la Orden. En estas breves reflexiones, Pedro va compartiendo sentimientos, encuentros, recuerdos, emociones... todo ello visto con ojos de contemplativo: descubriendo en "lo pequeño" (el título de su sección) la presencia humilde de Dios en nuestras vidas. Hemos respetado el estilo colorista, vivo, y coloquial del autor, con algunos americanismos que explicamos a pie de página sólo cuando se hace imprescindible para un lector español. Esperamos que estas hermosas reflexiones nos ayuden también a nosotros a descubrir al Dios que se hace presente en lo pequeño... ¡Gracias Pedro!

Siempre admiré lo pequeño. Cuando niño, oía del valor de los diamantes, de los buenos perfumes, del granito de arena y de las pequeñas buenas obras. Una vez, creo que no alcanzaba los cuatro años, mi hermana le dijo a mi mamá que en su colegio estaban recogiendo cosas necesarias para enviar a las misiones. Eso recuerdo. Al otro día, pensando en las personas que nada tenían y que vivían muy lejos, le di salida a mi tristeza. También quería darle una sorpresa a mi hermana. En la casa teníamos un pequeño pupitre, con tapa levadiza y sitio en la parte superior izquierda para colocar la tinta. Fue mi mesa de trabajo. Cogí un pequeño pedazo de cartulina no más grande que una postal, y usando un poquito de almidón de yuca del que mi mamá hacía para pegar mil cosas, fijé unos granitos de arroz, otros de frijol, un trocito de panela y, no sé cómo, una pizca de jabón que le arranqué al que siempre había en el lavamanos. La entregué a mi hermana, ella no se burló sino que salió corriendo a mostrar la tarjeta a mi mamá. Conmovida y alegre mi mamá me besó. Aún no sé a qué país lejano llegaría y trato de sentir la alegría de quienes la recibieron.

Hoy caigo en cuenta de que fue mi primer acto de compasión, el más puro que haya tenido en mi vida. La compasión no se conforma con la lástima. Es un paso más allá del sentimiento. Jesús, ante el dolor de la madre que llevaba a enterrara su único hijo, sintió lástima y se lo devolvió vivo. Tuvo compasión. Nos la recomendó con el cuento del samaritano. Su mamá se la había enseñado cuando salió apresurada a servir a Isabel sin él haber nacido, y cuando en clase de historia sagrada le contaba lo que Elias había hecho muchos años atrás con él unigénito muerto de una viuda en Sarepta. Una noche orando Jesús aún niño le contó todo a su Padre, para que cuando viera el corazón atravesado de la que le dijo "sí", le devolviera vivo, tres días después, al hijo crucificado. Eso hice yo, creo que sin alcanzar los cuatro años, cuando me ingenié algo para saciar el hambre y las necesidades de los que vivían sin nada en las misiones. No sé quien me había enseñado la compasión. Pero con toda seguridad fueron papá, mamá y la abuelita.

Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí. 

Todo esto lo vivimos bajo la protección, la inspiración y la guía de María, la Virgen del Carmen, a la que honramos como “nuestra Madre y hermana”.



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