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La novedad ecológica del papa Francisco

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P. Eduardo Agosta Scarel, O.Carm.

Pronto se cumplirá un año de la aparición de la esperada y luego criticada encíclica de Francisco Laudato Si´ (LS en adelante), sobre el cuidado de la casa común, la tierra. Como tal, se convirtió en el primer documento de la Iglesia universal dedicado enteramente al tema del cuidado de la creación. A estas alturas, algunos pueden preguntarse cuál ha sido la novedad que introdujo Francisco en nuestra comprensión de la naturaleza y de las relaciones del ser humano con ella. Es indudable que el actual papa ha sobresalido sobre sus predecesores, empezando por las seminales alocuciones ecológicas del beato Pablo VI, pasando por las cartas de san Juan Pablo II, hasta llegar a la magnífica Caritas in Veritate de Benedicto XVI.

Desde semejantes atalayas, Francisco vislumbró su itinerario ecológico sobre tres pilares: i) El pleno convencimiento de que “ya no sirve” una economía global dominante que sólo busca el rédito inmediato anulando posibles relaciones económicas concebidas desde la lógica de la gratuidad y el don; ii) una cultura colectiva de consumo voraz, que aniquila el espíritu de relaciones fraternas entre las personas; iii) el deterioro ambiental que amenaza a los que hoy son los más desfavorecidos de la tierra, y a las generaciones venideras.

Sobre este mapa inició la andadura. Además, siendo fiel a su estilo, no parecía tener reservas. De la mano del santo de Asís, invita a todos los hombres y mujeres a mirar la tierra no sólo como casa sino como “la hermana, nuestra madre tierra” (LS 1), estableciendo un plano de filial intimidad con la naturaleza, inédito por su matiz místico. Desde esta posición, es capaz de otorgarle cierta subjetividad dado que ella, la tierra-naturaleza en crisis, con voz en grito, “clama por el daño” causado por los seres humanos (LS 2). Está claro que esta metáfora mística también se sustenta en la biblia, por lo que el papa nos recuerda que la tierra oprimida por los seres humanos “gime y sufre dolores de parto” (Rom 8,22). La biblia también provee el sustento de nuestra filiación: “también nosotros somos tierra”, nos recuerda Francisco (cf. Gn 2,7). Este lenguaje metafórico de la Mística y la Biblia le permite a Francisco alinear el pensamiento católico en consonancia con las ciencias ambientales y la ecología.

A partir de aquí, la encíclica será un reclamo para una ilustración ecológica y una comprensión de los problemas ambientales desde las ciencias. Desde el comienzo, Francisco descarta el lenguaje bíblico de “dominio” y ofrece en su lugar una comprensión metafórica bajo el concepto de “ecología integral”, el cual requiere nuevas categorías que “trascienden el lenguaje de las matemáticas o de la biología y nos conectan con la esencia de lo humano” (LS 11). Entiendo que Francisco abre aquí la puerta al lenguaje del espíritu. En otras palabras, ecología integral es un modo de vivir en clave del Reino.

Así, la ecología integral conecta a los seres humanos con su ambiente, con el entero proceso evolutivo y con el Creador. Supone una conexión trinitaria entre Dios, la humanidad y la tierra. Leemos en el número 83:

El fin de la marcha del universo está en la plenitud de Dios, que ya ha sido alcanzada por Cristo resucitado, eje de la maduración universal. Así agregamos un argumento más para rechazar todo dominio despótico e irresponsable del ser humano sobre las demás criaturas. El fin último de las demás criaturas no somos nosotros. Pero todas avanzan, junto con nosotros y a través de nosotros, hacia el término común, que es Dios, en una plenitud trascendente donde Cristo resucitado abraza e ilumina todo. Porque el ser humano, dotado de inteligencia y de amor, y atraído por la plenitud de Cristo, está llamado a reconducir todas las criaturas a su Creador.

Este texto es revolucionario dentro del magisterio eclesial sobre la relación de los seres humanos con la naturaleza. Está en conexión con la mirada evolutiva de las ciencias naturales, ya presente en Pablo VI, y con el lenguaje del espíritu. De alguna manera re-significa el valor de las creaturas que tienden a Dios junto al ser humano y a través de él. La naturaleza no está ahí a disposición del ser humano para que él haga de ella el uso que le plazca, sino que el ser humano tiene la corresponsabilidad de orientarla y orientarse hacia lo trascendente. Se trata de asumir la “espiritualidad” del cosmos. En el texto se aprecia el eco y la influencia del pensamiento de Teilhard de Chardin, jesuita, antropólogo y teólogo, un pensador para quien la “gramática de la tierra” se expresa mediante el despliegue evolutivo de las potencialidades presentes en la materia creada.

La ecología integral tiene su enclave en el hecho de que “todo está íntimamente relacionado”. Por tanto, ecología y justicia social están intrínsecamente unidos (cf. LS 137). Para Francisco, con la ecología integral emerge un nuevo paradigma de justicia, ya que “un verdadero planteamiento ecológico se convierte siempre en un planteamiento social, que debe integrar la justicia en los debates sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres” (LS 49). No podría ser de otra manera, ¡es la clave del Reino!

Como metáfora, el concepto de ecología integral parece conectar dos planos: uno inmanente y otro transcendente. El plano inmanente indica que la integridad ecológica de una geografía particular y la justicia social en ese mismo espacio, son dos caras de la misma moneda, están unidas, ya que los seres humanos y la naturaleza somos parte de sistemas de vida interdependientes por los que nos nutrimos mutuamente. En el plano trascendente, la ecología integral conecta el ejercicio del cuidado del mundo natural con el ejercicio de la justicia a favor de los más pobres y desfavorecidos de la tierra, que son la opción preferida de Dios en la historia revelada, su propia identificación. Por lo tanto, el ejercicio del cuidado de la creación puede llegar a ser una manera de expresar e incluso facilitar mi conexión con Dios. Ecología integral indica que mi fe y esperanza escatológica de cielos nuevos y tierra nueva (Ap 21,1) es equiparable al legado evangélico “cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40), que incluye a todas las creaturas.

Sobre este punto recae la tarea de nuestras comunidades de fe. Nuestra identidad carismática podría recuperar el vínculo espiritual entre el ser humano, el ambiente y Dios, dando así soporte a la iniciativa propuesta por el papa en el capítulo final. Por espiritualidad entiendo una manera de vivir de acuerdo con unos valores y creencias, que rigen las opciones y decisiones fundamentales de la vida. Se trata de una manera nueva de conformar un estilo de vida alternativo a la cultura dominante de consumo y descarte. Esta conexión no parece una tarea sencilla a simple vista. Requiere sobre todo confianza en el porvenir y en el ser humano (fe en la resurrección). El Papa sabe que el ser humano de hoy proviene como tal del paraíso bíblico real, donde el pecado tergiversó la libertad. Como el ser humano, también la naturaleza está golpeada por el pecado humano, que trajo consecuencias cósmicas (desequilibrios). Se deduce, pues, que nuestro cuidado del medio ambiente está muy lejos de ser perfecto, pero cada vez que lo ejercemos, manifestamos nuestra fe en la redención de todas las creaturas.

A partir del libro del Génesis sabemos que Dios no instruyó al hombre con un manual para el uso y cuidado del mundo natural. Sólo nos dijo: “cuidadlo y cultivadlo”. Esta tarea no podría realizarse sino con el don otorgado por Dios al hombre, que es su inteligencia, aunque imperfectamente, claro está. Por ello, el papa confía en esta cualidad del hombre (LS 78, 164, 192). En el número 124 explícitamente nos dice:

Cualquier planteamiento sobre una ecología integral que no excluya al ser humano debe incorporar el valor del trabajo, tan sabiamente desarrollado por san Juan Pablo II en su encíclica Laborem exercens. Como hemos visto, según el relato bíblico de la creación, Dios colocó al ser humano en el jardín recién creado (cf. Gn 2,15) no sólo para preservar lo existente (cuidar), sino para trabajar sobre ello de manera que produzca frutos (labrar). Así, los obreros y artesanos “aseguran la creación eterna” (Si 38,34). En realidad, la intervención humana que procura el prudente desarrollo de lo creado es la forma más adecuada de cuidarlo, porque implica situarse como instrumento de Dios para ayudar a brotar las potencialidades que él mismo colocó en las cosas: “Dios puso en la tierra medicinas y el hombre prudente no las desprecia” (Si 38,4).

Francisco es un creyente feliz en la dignidad humana y en nuestra capacidad creativa para afrontar los desafíos. Sobre todo, él confía en el ser humano y en la ayuda de Dios. Esta confianza se basa en su espiritualidad que tanto atrae al hombre de hoy. “Caminemos cantando”, escribe casi al final de la encíclica. “Que nuestras luchas y nuestras preocupaciones por este planeta no nos quiten el gozo de la esperanza” (LS 244).

Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí.


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