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Pedagogía Carmelita Orientar la mirada a lo esencial

Mr. César Santamaría.JPG

Pedagogía Carmelita

Orientar la mirada a lo esencial

 

Estimados hermanos y hermanas en el Carmelo. Reciban un cordial saludo por parte de todas las comunidades educativas de América.

Quisiera agradecer a la Orden, a través de la persona del P. Fernando Millán, por la oportunidad de ayudarnos a centrar la mirada en uno de los ministerios más importantes, para nuestra sociedad contemporánea: la educación.

Quisiera también que juntos podamos hacer un pequeño homenaje a todos aquellos carmelitas, laicos y religiosos, que han invertido su vida en educar, acompañar y formar personas, desde la escuela. Pido nos pongamos en pie y hagamos un minuto de silencio.

Las reflexiones que deseo compartir con ustedes intentan convertirse en una PROVOCACIÓN a poder sistematizar, profundizar y hacer más significativa nuestra praxis educativa. Los 150 años de itinerario educativo carmelita en el mundo nos dan la posibilidad hoy de hablar de un estilo propio de educar. Pretenderé a continuación delinear los primeros trazos de este particular estilo, al que llamaremos: PEDAGOGÍA CARMELITA

Es bien sabido por todos, que todo proyecto educativo para ser tal, necesita tener al menos tres componentes esenciales: intencionalidad, optimismo antropológico y credibilidad. Espero puedan compartir conmigo el hecho que en nuestras escuelas estos componentes están claramente presentes y definidos. 

  • Intencionalidad: en los procesos educativos no cuenta tanto lo que hacemos o cuanto hacemos sino para qué lo hacemos.  La vida de nuestros estudiantes queda marcada por la intencionalidad de toda nuestra acción educativa, y no necesariamente por las actividades, conocimientos, materiales, logros o fracasos escolares. La educación tiene como objetivo sembrar intenciones vitales en los niños y jóvenes. Tiene la intención de aprender a orientar, ordenar y dirigir la vida en base a propósitos. Sin temor a equivocarme, puedo afirmar que muchas familias buscan nuestras escuelas carmelitas por la intencionalidad de su acción educativa, para ello, utilizan diversos términos, tales como: educación en valores, educación religiosa – moral, calidad humana, calidad educativa, etc.
  • Optimismo antropológico: cualquier esfuerzo formativo asume a la persona como educable, es decir, como proyecto y tarea de realización humana; de ahí que su propósito sea ayudarlo y orientarlo para que se haga efectivamente educando, y llegado el momento también educador. Todo proceso educativo parte de la premisa: todos somos capaces de aprender a ser excelentes personas. Quien no es capaz de tener una visión optimista de la persona siempre encontrará un motivo para denigrarlo, explotarlo y dominarlo. Pero dicho optimismo, no es ingenuo, parte de una verificación primaria: el ser humano es una realidad compleja y problemática. No solo en el sentido de que siempre esté planteando problemas a todo o en el que buena parte de su vida transcurra lidiando con problemas, a veces con acierto y otra tantas con poco éxito; pero sobre todo porque él, en cuanto tal, es un enigma y un misterio.
  • Credibilidad: la base sobre la que se sostiene el proceso educativo se llama CONFIANZA, esta confianza es la que articula y estructura las intenciones, los conocimientos, los resultados y los instrumentos educativos. En educación, la confianza solo se desarrolla a través de lo que conocemos como la RELACIÓN EDUCATIVA, que no es otra cosa que la disposición de atención por el otro. Nuestras instituciones educativas son creíbles por las personas que las integran, son creíbles por la sincronía, armonía y reciprocidad que se generan en el trato del día a día. Son las personas las que logran alcanzar estándares, las que desarrollan productos, las que adquieren logros, y cada vez que lo hacen son conscientes que no es un logro individual sino un mérito compartido.

En nuestra praxis pedagógica podemos vislumbrar cuánto hemos madurado en consolidar estos elementos, podemos proyectar cómo podemos seguir fortaleciendo su impacto, pero no podemos dudar de su presencia. Urge poder sistematizar el modo en el que cada comunidad educativa carmelita viene priorizando estos elementos. Así mismo, se convierte en una exigencia el ayudarnos a reflexionar nuestro quehacer educativo desde las fuentes de nuestra rica tradición espiritual. Cumplir con esta tarea no es otra cosa que aprender a mirar lo que es realmente esencial en el proceso educativo.

 

FIDELIDAD CREATIVA

Entre las abundantes riquezas del Carmelo encontramos  su capacidad para dar respuesta desde el evangelio a diversas circunstancias. Dicha respuesta puede catalogarse como FIDELIDAD CREATIVA. Este concepto refleja parte esencial lo que es y ha sido el itinerario espiritual carmelitano. Nuestra familia ha dado respuesta a los tiempos y a las demandas de la Iglesia de manera original y enriquecedora, a tal punto que no han sido pocos los que han reconocido en nuestra tradición espiritual una fuente inagotable de santidad, de inspiración para la evangelización y de impulso para la transformación de nuestro mundo. (No son pocas las comunidades religiosas, laicales, ONG´s y otras las que valoran e impulsan su acción bajo la inspiración del Carmelo).

Es precisamente esta fidelidad creativa la que llevó a la familia carmelita a asumir el grave reto y responsabilidad de incursionar en el mundo educativo. El tener la capacidad de contemplar la presencia operante de Dios en la historia inspiró a nuestra familia a estar atenta a las necesidades de las comunidades en las que se encontraban inmersas. Les impulsó a dar una respuesta evangélica y no sólo una respuesta que subsanara una necesidad circunstancial.

Bajo esta perspectiva, esencialmente carmelita, podemos comprender que el concepto de fidelidad no consiste en mantenerse firme o inalterable en una opción. Fidelidad significa purificar las intenciones, haciendo más evangélicas las opciones y decisiones. Significa responder con novedad evangélica las demandas históricas. Eso es Fidelidad creativa.

Esta fidelidad creativa es la que ha ido consolidando nuestra acción educativa hasta convertirla en un estilo propio. Es decir, no brindamos servicios educativos animados por la espiritualidad carmelita. Desarrollamos  nuestra identidad carmelita a través de un ministerio educativo.

 

ESTILO PROPIO DE EDUCAR

El estilo educativo está determinado por la intencionalidad que lo sostiene, articula y  promueve. Esto le  da valor a todo el proceso educativo, es lo que define el rumbo de dicho proceso. En el caso de nuestra familia carmelita, lo que define el rumbo vital de nuestra espiritualidad, el Propositum es: “Vivir en Obsequio de Jesucristo”. Pero este propósito no es patrimonio exclusivo del Carmelo, sino que más bien es un patrimonio compartido por toda la Iglesia, y es precisamente, esta configuración con la Iglesia de Cristo la que le da soporte, sentido y valor.

De igual modo sucede en nuestro quehacer educativo. Nuestra propuesta educativa tiene un estilo propio, el de Cristo. Las diversas obras, acciones y proyectos educativos asumidos por la familia carmelita responden a una única finalidad: ser medios de evangelización.

Visto de esta manera, lo primero que define nuestro estilo educativo es su ser evangelizador. Es precisamente, en esto donde debemos orientar todas nuestras energías: en que cada acto educativo sea evangelizador. Para nosotros debe estar muy claro que nuestras intervenciones educativas no solo quieren aportar mejores ciudadanos, hombres y mujeres capaces de resolver problemas cruciales, o personas que saben integrarse a una cultura global, lo que constituye ya para nosotros una obligación primaria, pero no necesariamente esencial. Para nosotros lo crucial es acompañar a las personas que nos han sido encomendadas, niños y jóvenes, a que puedan vivir en Obsequio de Jesucristo.

Nuestra tarea educativa tampoco se reduce, por tanto en crear exclusivamente espacios para la oración, las acciones de voluntariado o para la enseñanza religiosa. Nuestra acción es mucho más ambiciosa.

No podemos dejar de mencionar que nuestra tarea hoy se torna más complicada, compleja, difícil y azarosa debido a los cambios, crisis y ansías en las que nos encontramos inmersos. Todos somos conscientes, que la escuela, y de modo particular la escuela católica, jamás encontró tanta resistencia y rechazo como el día de hoy. Todos somos conscientes de estar asistiendo a un cambio paradigmático. Cambio que genera una serie de crisis y oportunidades. Las mismas que afectan directamente nuestras concepciones y tradiciones sobre educación y escuela.

Hoy vivimos el auge de la educación, pero la crisis de la escuela, al menos tal como la conocemos hasta ahora. Nuestras sociedades son conscientes que sin educación no hay futuro, ni oportunidades de desarrollo. Pero no todas están convencidas del valor de la escuela, menos de la escuela católica. Es más, a nivel de Escuela católica, sabemos que el modelo moderno de escuela ha llegado a su fin. La escuela Católica de la modernidad surgió con tres objetivos muy claros:

  • Uno: convertirse en una acción pastoral dirigida por religiosos. Las estructuras, organizaciones y reglamentos buscaban cimentar la presencia de los religiosos en las escuelas.
  • Dos: convertirse en un campo de acción pastoral para los religiosos. Un campo propicio para la prédica, la administración de  los sacramentos y la instrucción catequética.
  • Tres: convertirse en una respuesta evidente a las exigencias del evangelio, sobre todo, de atención a los más pobres.

Hoy en día, estas situaciones han cambiado y exigen de nosotros respuestas fielmente creativas. Hoy no se nos exige asistencia, sino presencia significativa. Hoy no se exige facilitación o instrucción, se exige convicción y credibilidad. Hoy se nos exige situarnos en un mundo pluralista y secularizado. Hoy se nos exige no enseñanza de la fe sino acompañar y orientar proyectos de vida empapados por una fe asumida como opción personal y/o comunitaria. Quizá sean mucho más claras y directas las palabras de nuestros superiores mayores en su carta Fraternidades Orantes al Servicio del Pueblo:

 “En todo el mundo existe una enorme necesidad y fuerte deseo de nueva espiritualidad. Signos tradicionales de la presencia de Dios ya no consiguen comunicar su mensaje. La humanidad ha entrado en un Noche Oscura que, de manera diferente según diversos continentes nos lanza una pregunta angustiosa: “¿Dónde está tu Dios?”

Este es el desafío. Llamados a redescubrir el corazón del hombre como verdadera morada del Dios-con-nosotros, tenemos que abrirnos a una nueva experiencia de Dios. Esta nos dará ojos nuevos para leer nuestro carisma y discernir los signos de la presencia de Dios en el mundo de hoy. Sin esta experiencia personal y comunitaria de Dios, no sería posible releer nuestro carisma y, por consiguiente, no seremos capaces de  realizar nuestra misión como carmelitas en la Iglesia y en el mundo de hoy”[1].

El desafío que tenemos entre manos, no se solucionará con imposiciones o uniformización de criterios. Tampoco se resolverá con el surgimiento de caudillos solitarios. Menos aún encontrará una solución espiritual, psicológica, cultural o económica.

En nuestras comunidades educativas las palabras del Prólogo de la Regla: “Han de vivir en Obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia”[2]. Tienen una resonancia educativa muy fuerte. Pues se convierten en las líneas directrices y orientadoras de nuestra intencionalidad educativa.

  • Han de vivir en Obsequio de Jesucristo: La única forma de educar es educando, es decir es vivir dando testimonio, de manera natural y cotidiana, sobre lo que significa vivir como persona, como hijo o hija de Dios[3]. Nuestra acción educativa se funda en la contemplación de la acción de Dios en nuestra historia. Se funda en contemplar el rostro de Dios en sus hermanos más pequeños. No hay educación, si no somos capaces de reconocer y acompañar al otro en su proceso por realizar la vocación a la que Dios le llama. Aquí hunde sus raíces la novedad de la pedagogía Carmelita: orientar los procesos educativos hacia la formulación y realización de un proyecto de vida, cuyo centro sea Jesucristo. No sólo nos basta orientar, queremos asumir el compromiso de acompañar y animar a la vivencia del mismo proyecto. De aquí que nuestra labor deba caracterizarse por mantener equilibrio y credibilidad por su carácter de acogida, escucha, fraternidad y el diálogo con exigencia, criticidad e innovación. 
  • Corazón puro: nuestro quehacer educativo busca acompañar a las personas que conforman la comunidad educativa en su proceso de discernimiento por descubrir la vocación y dignidad a la que Dios llama en medio de nuestra lábil condición humana. Para ello debe promover una visión sana, equilibrada y real sobre quiénes somos realmente; debe desarrollar una visión crítica y profética sobre la sociedad en la que vivimos; debe promover una visión valiente y esperanzadora de la realidad en la que vivimos. Nuestra tarea educativa debe ayudar a percibir con meridiana claridad lo que es de Dios de aquello que no lo es.  Debe priorizar la formación de  la conciencia moral para distinguir y actuar con propiedad frente aquello que nos constituye como personas dignas de aquello que nos denigra.
  • Conciencia serena: nuestros esfuerzos educativos se orientan a acompañar y animar, de manera progresiva, sana y sincera el proceso de madurez humana de  salir del propio ego para poder ofrecerse como ofrenda viva a Dios, a través del servicio y fraternidad a los hermanos. Para ello debemos cuidar con detalle que los contenidos, las estrategias, metodologías y recurso educativos, científicos o tecnológicos empleados permitan un acercamiento, cada vez y de de mejor manera, a la verdad. De tal manera que tengan todos las mejores oportunidades de aprendizaje que les permitan crean más y mejores oportunidades de desarrollo humano a todos.

Estas líneas directrices establecen principios pedagógicos muy explícitos:

  • Educar para el activo y creador arraigo en la realidad. La vida humana, no consiste en aceptarla y adaptarse a las circunstancias que a uno le toca vivir. La vida nos es dada para convertirla en un proyecto, y con él crear una realidad única y extraordinaria. Por tanto, la vida no está limitada al cumplimiento de objetivos y/o proyectos preestablecidos, por muy generosos y espirituales que puedan parecer. La naturaleza humana es esencialmente apertura no solo al intercambio de información sino sobre todo a la realidad. Realidad que lo relega, lo posibilita y lo impulsa siempre a realizarse como persona. Todo lo que constituya un acomodarse exclusivamente al contexto puede convertirte en un mero funcionalismo. Este es un riesgo permanente del que debemos, como comunidades educativas, superar, pues convierte la tarea educativa en adoctrinamiento e instrumentalización[4].

Bajo esta perspectiva las palabras de Comenio en Didáctica Magna, adquieren todo su valor: “Demos al discípulo las cosas mismas, y no las sombras de las cosas”. Es decir, necesitamos acercar al estudiante a la realidad, en la cual está inserto, pero no necesariamente consciente de ello. Necesitamos ayudar a comprender la realidad como un todo y no como la suma fragmentaria de sucesos, caprichos o imposiciones, que al individuo le toca vivir. Imagen muy presente en la cultura juvenil actual. Nuestras intervenciones educativas deben cultivar ideales de vida y no solo la aceptación pasiva o fatalista de la misma, en la que parece que está inserta nuestra cultura contemporánea. Necesitamos educar y acompañar desde la realidad vital de la persona y no solo desde la realidad marcada por los linderos de nuestras escuelas. Cuando asumimos el reto de educar sabemos muy bien que estamos optando por acompañar vidas insertas en una realidad compleja, incierta, y en muchos aspectos hasta impredecible, y sabemos  también que la única forma de acompañar es con una exigente cultura de trabajo, la misma que nos permita potencializar las capacidades de nuestros estudiantes, para que ellos puedan aprender a aprender en una realidad que todavía no existe pero que será[5].

Como familia carmelita, herederos de una gran tradición espiritual, sabemos muy bien que nuestra fortaleza educativa se ubica en provocar una mirada crítica y esperanzadora sobre la realidad en la que nos encontramos inmersos. Para ello, sabemos bien que es necesario poner mucha energía al proceso vital de aprender a estar y trascender la realidad (es necesaria una revisión y actualización permanente de los procesos de iniciación, inducción, convivencia y disciplina existentes en nuestras comunidades educativas para que cada vez más se conviertan en una de las principales motivaciones educativas: estar juntos)[6].

De la misma forma, urge orientar nuestros esfuerzos educativos en aprender a enfrentar la realidad de manera asertiva, propositiva, ecológica e integral para no dejarnos aplastar por la rutina ni las exigencias estrictamente coyunturales que puedan restarnos valor y dignidad.

  • Educar en la libertad y la alegría: Todo esfuerzo educativo pretende acompañar a las personas en un proceso gradual de autoposesión. Dicho proceso no consiste solamente en poseer y trascender la realidad, incluyendo la propia, sino sobre todo consisten en dar sentido y valor a lo que uno mismo es. Este proceso, como es obvio solo puede desarrollarse desde el ejercicio educativo de aprender a ser libre. Pero dicho ejercicio solo es posible en la medida en que la persona pueda actuar con autentica y plena inteligencia, voluntad e intención.  

No hay educación cuando los móviles que conducen y orientan la acción educativa son el capricho, la imposición, la apatía, el egoísmo, la resignación, el lucro o la necesidad. Un proceso educativo adquiere todo su sentido cuando es asumido como un proyecto personal, que nutre el propio vivir de una alegría que libera y transforma. Dicho en término sencillos: la educación es un proceso que conduce a una realización no sólo plena sino sobre todo dichosa.

Este ideal educativo exige desarrollar dos líneas directrices muy claras:

  • Una sólida propuesta axiológica, que empape todo el proceso con un sentir, actuar, valorar y proceder muy carmelita. Dicha propuesta debe estar claramente definida en las políticas educativas, organizacionales, financieras y operativas de  toda institución carmelita.
  • Una sólida propuesta ministerial de acompañamiento, formación, maduración y provocación de la vivencia carmelita. La presencia e intervención de una comunidad animadora de la espiritualidad carmelita en la escuela, conformada por laicos y religiosos, se convierte en una exigencia y urgencia educativa. No basta con que nos vean como educadores, administrativos o representantes de una familia espiritual, es necesario que nos sientan HERMANOS CARMELITAS. Es necesario hacernos sentir como hermanos entre los hermanos.

 

  • Educar promoviendo la dignidad humana: Todo proceso educativo tiene como parte esencial de su acción una dimensión profética y liberadora, que beneficia a toda persona como a toda la humanidad. Educar significa enseñar a ser más humano, significa optar por lo que dignifica y plenifica nuestra naturaleza. Pero dicha opción para ser tal no puede ser planificada de manera administrativa o curricular sino más bien debe hacerse explícita en la cultura organizativa a través del trato humano, como a través de las diversas oportunidades de aprendizaje, las misma que explícitamente deben cumplir esa función[7].  

Como comunidades educativas carmelitas asumimos la grave responsabilidad de dirigir nuestro procesos educativos con una mirada profética, crítica y evangélica de la realidad, pero no solo de la realidad lejana o ajena, en muchos casos a nosotros, sino que nuestra mirada profética debe ser cercana y continua. Necesitamos revisar y convertir nuestros estilos de vida educativos, pero también necesitamos revisar nuestras opciones y compromisos no sólo para ser más efectivos y eficientes sino también más solidarios. Es necesario ir haciéndonos más consientes de la responsabilidad social[8] que asumimos como educadores.

  • Educar para dar razón con ardor y rigor: Durante mucho tiempo se ha entendido que lo propio de la educación ha sido poner en contacto con el conocimiento para generar cultura, la misma que se cimenta en un marco de racionalidad universal. Hoy, vivimos en un mundo plural, diversos y cambiante, tan cambiante que muchos afirman que la única certeza es el cambio, y que en consecuencia, debemos aceptar el predominio del relativismo y pragmatismo.

La educación desde sus orígenes ha intentado ser un esfuerzo responsable por formar personas responsables, es decir con personas que dan razón de sus motivaciones, convicciones, acciones y emociones. Este ser responsable implica desarrollar con rigor y exigencia competencias cognitivas, procedimentales, afectivas y volitivas diversas. Este es  precisamente el marco sobre el que se deben articular los esfuerzos pedagógicos de nuestras comunidades educativas carmelitas. Dicha exigencia nos exige saber articular la provocación por la verdad con la exigencia del conocimiento. Nos exige saber articular el amor exigente con la aceptación de las propias condiciones.

DIMENSIONES EDUCATIVAS DE LA PEDAGOGÍA CARMELITA

De la misma forma, la dinámica de la espiritualidad carmelita nos muestra seis características esenciales que iluminan nuestro quehacer educativo.

  • Oración: entendida como el encuentro profundo y vital con Dios que lleva a la persona a aceptar su voluntad en nosotros. Es el elemento definitivo de la identidad educativa carmelita. La práctica asidua y profunda no sólo está presente en todas las actividades educativas sino que sobretodo infunde de sentido evangélico a nuestra labor. 
  • Fraternidad: La educación es esencialmente una tarea comunitaria. La fraternidad carmelita no se limita a un buen clima institucional o a un sincronizado trabajo en equipo. La fraternidad educativa es una opción y consecuencia de ser y/o pertenecer a una escuela carmelita. La fraternidad es una demostración honesta de aceptación, defensa y promoción de la dignidad humana asumidas por nuestras comunidades educativas. Constituye un criterio básico para medir la calidad de los servicios educativos que brindamos.
  • Servicio: es un elemento decisivo en la acción educativa. Marca la profundidad e impacto de los esfuerzos educativos que realizamos. El servicio dista de convertirse en un feroz activismo para situarse como la demostración más clara de una actitud profética liberadora y constructora de una cultura de justicia y paz.
  • Ternura: Es un elemento esencialmente pedagógico pues acoge, transmite y contagia la esencia de la comunidad educativa a sus estudiantes. La ternura carmelita es el medio privilegiado para provocar y convocar a todos los actores de la comunidad educativa a asumir un compromiso real con la persona y con la comunidad.
  • Mística: Es el reflejo más claro del ardor carmelita por provocar una vivencia profunda y coherente de la fraternidad y la santidad. A nivel educativo marca el nivel de compromiso e identificación con los valores y propuesta de vida planteada por la acción educativa.
  • Solidaridad: es el rostro creíble y medible de la validez de nuestro quehacer educativo. La solidaridad responde a un intento de coherencia entre oración y servicio. Para nosotros como educadores carmelitas la solidaridad es la fuerza que nos impulsa a asumir la tarea educativa como una acción de coherencia y credibilidad frente a nuestros estudiantes y frente a la realidad que nos circunda.

IDENTIDAD PEDAGÓGICA CARMELITA

La identidad sólo existe cuando hay compromiso. El compromiso es la mejor evidencia de la existencia de una identidad determinada. Cuando intentamos establecer lineamientos generales para una pedagogía carmelita debemos tener muy presente que esto demanda asumir determinadas tareas, retos y responsabilidad, entre ellos:

  • Recoger, formular y sistematizar los elementos más significativos de la acción educativa de nuestras comunidades educativas.
  • Establecer un proyecto educativo común que establezca los lineamientos básicos para el desarrollo de itinerarios formativos comunes.
  • Establecer procesos formativos para todos los integrantes de la comunidad educativa que les permita asimilar y encarnar la espiritualidad carmelita.
  • Determinar políticas educativas que aseguren la implementación de una pedagogía carmelita en nuestras comunidades educativas.

Celebrar 150 años de labor educativa nos hace más conscientes del nuevo contexto educativo en el que nos encontramos. Nos hace conscientes que nuestra acción educativa está en la obligación ser más misionera, profética y espiritual que otras épocas. Estamos seguros que en la medida en que intentemos ser fieles a Dios podremos responder con mayor fidelidad a la tarea educativa de acompañar personas a subir al Monte y encontrarse con Dios.

Muchas gracias.

 

 

 

 

 


[1] Fraternidades orantes al Servicio del Pueblo. O. Carm – O. C.D. 20 -21

[2] El texto como las ideas que se desprenden han sido tomadas de: MESTERS, Carlos. Junto a la fuente. Círculos de oración y meditación sobre la Regla del Carmen. 49 - 61

[3] El P. Fernando Millán decía a nuestros estudiantes en Lima: La gente debe notar que somos contemplativos porque nos ven felices. Nuestra felicidad debe ser nuestra carta de presentación como carmelitas. Nuestra felicidad debe reflejar la riqueza espiritual que llevamos dentro. Apunte personal de la visita realiza al Colegio Nuestra Señora del Carmen 2008.

[4]Para el filósofo español Xavier Zubiri la realidad del hombre tiene dos propiedades esenciales, las mismas que son compartidas por todo el cosmos: “evolución y elevación”. Cf. ZUBIRI, Xavier. Sobre el hombre. Madrid: Alianza, 1986. P. 4772.

[5] No son pocas las voces que afirman la actual tarea de los educadores no consisten en enseñar lo que ya pasó sino en enseñar lo que va a venir. No tenemos la obligación de enseñar las respuestas dadas sino a formular preguntas las mismas que deben ayudarnos a configurar las nuevas realidades.

[6] Creo que el slogan de la comunidad educativa  de Mount Carmel High School explicita muy bien lo que venimos afirmando:  “You came to Carmel as a boy. If you care to struggle and work at it, you will leave as a man”

 

[7] Muchas comunidades educativas carmelitas desarrollan un ministerio pastoral de asistencia, caridad, voluntariado o solidaridad  para con los más necesitados.

[8] Hoy en día a nivel empresarial el Concepto de Responsabilidad Social adquiere una dimensión social y económica importante. No son pocos los que afirman que gracias a este concepto hoy las empresas son más conscientes que invertir y trabajar en base a valores es muy rentable. Este mismo concepto se hace cada vez más importante a nivel de universidades. Poco a poco empieza a incursionar en educación.



Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí. 

Todo esto lo vivimos bajo la protección, la inspiración y la guía de María, la Virgen del Carmen, a la que honramos como “nuestra Madre y hermana”.



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