Pasar al contenido principal

Teresa de Jesús, Doctora de la Iglesia Entre Dios y el Mundo

El mes pasado vimos como nuestra Santa entró con inmenso gozo en el monasterio carmelita de la Encarnación de Ávila, donde vivió con 'gran contento de tener aquel estado” (Vida, 4,2). Sin embargo, a la vez que se sentía bien dentro del claustro, la penuria económica del convento y la necesidad personal de Teresa de relacionarse con los demás, harán que viva un conflicto interior.

Para poder mantener a las monjas, Teresa recibía innumerables visitas de damas y caballeros que, fascinados por su juventud, belleza, simpatía y fervor religioso, dejaban limosnas para el convento. Pero cuando Teresa volvía a la intimidad de la oración, sentía que había traicionado a su Divino Esposo por no haberse entregado a Él por completo: “Pues así comencé, de pasatiempo en pasatiempo, de vanidad en vanidad, de ocasión en ocasión, a meterme tanto en muy grandes ocasiones y andar tan estragada mi alma en muchas vanidades, que ya yo tenía vergüenza de en tan particular amistad como es tratar de oración tomarme a llegar a Dios. Y ayudóme a esto que, como crecieron los pe-cados, comenzóme a faltar el gusto y regalo en las cosas de virtud. Veía yo muy claro, Señor mío, que me faltaba esto a mí por faltaras yo a Vos”(Vida 7,1).

Cuenta Santa Teresa que pasó en “este mar tempestuoso casi veinte años” y “en vida tan baja de perfección, que ningún caso casi hacía de pecados veniales” (Vida 8,2). Aunque añade que también es verdad que “en estos años hubo muchos meses, y creo alguna vez año, que me guardaba de ofender al Señor y me daba mucho a la oración y hacía algunas y hartas diligencias para no le venir a ofender. Porque va todo lo que escribo dicho con toda verdad, trato ahora esto. Mas acuérdaseme poco de estos días buenos, y así debían ser pocos, y mucho de los ruines. Ratos grandes de oración pocos días se pasaban sin tenerlos, si no era estar muy mala o muy ocupada.” (Vida 8,2)

Describe así su situación interior: “Sé decir que es una de las vidas penosas que me parece se puede imaginar; porque ni yo gozaba de Dios ni traía contento en el mundo. Cuando estaba en los contentos del mundo, en acordarme lo que debía a Dios era con pena; cuando estaba con Dios, las aficiones del mundo me desasosegaban. Ello es una guerra tan penosa, que no sé cómo un mes la pude sufrir, cuánto más tantos años” (Vida 8,2).

Pero, como pronto veremos, el Señor saldrá a su encuentro y la rescatará de este estado, elevándola a lo más íntimo de su Corazón.

Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí. 

Todo esto lo vivimos bajo la protección, la inspiración y la guía de María, la Virgen del Carmen, a la que honramos como “nuestra Madre y hermana”.