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Carta del Prior General en la Fiesta de Nuestra Señora del Monte Carmelo 2020

Carta del Prior General

Carta a los frailes, monjas, hermanas y hermanos de congregaciones de vida apostólica, miembros de la Tercera Orden del Carmen, laicos carmelitas en general y todos  los que celebran la fiesta de nuestra Señora del Monte Carmelo con especial devoción.
María conservaba  todas  estas  cosas  meditándolas  en su corazón (Lc 2, 52). 

Queridas hermanas y hermanos en el Carmelo
En este día de fiesta, en el que nos alegramos de ser hermanos y hermanas de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, me dirijo a cada uno de vosotros con el vínculo del amor. En estos días estamos pensando mucho, reflexionando, como María, sobre todo lo que está sucediendo en nuestro mundo. María conservaba todas estas cosas en su corazón (Lc 2, 19), y, considerando lo que acontecía en su mundo, encontró la voluntad de Dios. María la contemplativa, María llena de gracia, llena de Dios, llena de Evangelio: ese es el tipo de persona que puede responder a lo que está sucediendo en el mundo de hoy.
En nuestro tiempo de confinamiento, es posible que nosotros, como personas que creemos en Dios, capaces de reflexionar, encontremos en estas nuevas condiciones nuevas oportunidades para la solidaridad y para la evangelización del mundo. Aquí hay nuevas manifestaciones de la voluntad de Dios, que nos ayudan a crecer y madurar como custodios de nuestro mundo y unos de otros.
Nosotros hemos crecido juntos en nuestras comunidades. Obligados a quedarnos en casa, reflexionando a solas o con otros, hemos descubierto mucho sobre las verdades de nuestra fe y de nuestra vocación carmelita. Mientras algunos hemos celebrado la Eucaristía incesantemente, otros tuvieron que recurrir a internet y hacer la comunión espiritual. Esto suscitó preguntas sobre cómo valoramos la Eucaristía. A las personas que la celebran diariamente, les resultó difícil adaptarse a estar privadas de ella. A las personas que eran fieles a la Eucaristía dominical, les resultó muy novedoso que les dijeran que no tenían que ir a Misa. Cuando volvamos a la celebración normal de la Eucaristía, quizá la celebraremos con mayor convicción y comprensión, después de aquel ayuno eucarístico.
Hemos vivido con restricciones y con miedo durante muchos meses. Hay familias en duelo. Los hospitales todavía están atendiendo a víctimas del coronavirus. Los médicos, las enfermeras y el personal sanitario han mostrado toda su entrega, profesionalidad y celo más allá de su deber. La gente ha hecho sacrificios para asegurarse de que había pan en nuestra mesa, y en todas partes se evalúan los daños producidos por la pandemia en seres queridos muertos, enfermedades, desempleo y la falta de recursos económicos. Podemos decir que estamos viendo una explosión de humanidad.
Si todo eso quedó atrás, pudríamos asumir una visión diferente, pero ahora que estamos aprendiendo a convivir con el virus y tratamos de no ceder al miedo de lo que ha de venir más adelante, todos tenemos que preguntarnos cómo hemos de cuidarnos unos de otros, cómo hemos de actuar en el futuro, para reducir los efectos negativos del virus y para crear una sociedad en la que no nos atenace el miedo y no se abandone a ningún necesitado. Simplemente, podría ser cuestión de atender y de compartir. 
Me consumo de celo por el Señor (1R 19, 10)
Engendrar, cuidar y proteger son algunos de los carismas que vemos en María, la Madre de Dios y Madre nuestra. Cuando pienso en las diversas comunidades carmelitas de varones y mujeres en todo el mundo, me impresiona lo importante que es esta fiesta para todos nosotros. En algunos lugares dura un solo día; en otros lugares son tres días de reflexión y oración, y en otros son nueve días de novena. Las celebraciones están imbuidas de fervor y devoción, y con la convicción que nos hace pensar que quizá este es un momento en el que nosotros como carmelitas somos más celosos. 
El mundo de hoy nos está pidiendo ser celosos. A lo largo de los siglos, los carmelitas han repetido las palabras del profeta Elías: “Me consumo de celo por el Señor Dios de los ejércitos” (1R 19, 10). Nuestra celebración de la fiesta de Nuestra Señora del Monte Carmelo puede ser un momento muy apropiado para renovar, revivir y dirigir nuestro celo. Cuatro días después, tendremos otra oportunidad, cuando celebremos la fiesta del profeta Elías. 
El celo es un don. Por eso hemos de pedirlo en la oración. Tenemos que pedirle a Dios que nos dé el celo para ser lo que decimos que somos. Pero la palabra “celo” no siempre es atractiva. A veces sugiere extremismo. No sentimos automáticamente que deseamos este celo. Recuerdo el celo de Juan el Bautista, la voz que grita en el desierto, que vivía de langostas y miel silvestre (Mc 1, 7), y lo comparo con la calma de Jesús hablando a la gente en la sinagoga (Lc 4, 21-22). Pienso en el Evangelio, donde vemos a Cristo en la Cruz y a María y a Juan al pie de ella. Todos estos son momentos de celo, si por celo entendemos un corazón que arde en deseos de todo lo que es bueno y un espíritu que se esforzará y se sacrificará por conseguirlo. La globalización del celo puede ser el antídoto a la globalización de la indiferencia, de la que el papa Francisco habla tan a menudo.
Y a nadie se le abandonaba en su necesidad (He 2, 45)
Cuando tomamos conciencia de nuestras necesidades recíprocas, comenzamos una nueva era de compartir. Dentro de nuestra familia, sabemos que algunas comunidades han perdido las entradas de sus recursos económicos. Entre los laicos carmelitas, hay quienes han perdido su empleo y cuyos hogares pueden estar amenazados por la pobreza. Los nuevos proyectos de nuestra familia siempre necesitarán recursos. A la vista de las necesidades que están emergiendo, hemos de volver a mirar al modelo de la primitiva comunidad cristiana, una imagen y una realidad que inspiró nuestra Regla carmelita. Esa comunidad estaba edificada sobre la oración, el escrute de las Escrituras, la fracción del pan y el compartir de todos los que tenían bienes para no abandonar a nadie en su necesidad (He 2, 42-45). Cuando somos conscientes de nuestras necesidades mutuas, podemos ayudarnos recíprocamente y así ser un ejemplo para otros del tipo de compartición que se necesitará en nuestra sociedad en el futuro, si no se ha de abandonar a ningún necesitado. Nos viene a la mente el diálogo del evangelio de san Juan (Jn 6, 9-10) en el que Andrés dice: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco hogazas de cebada y dos peces, pero ¿qué es eso para tanta gente?”. Al final, hubo comida para todos. En nuestro celo por las cosas del Evangelio, aceptaremos el reto de María en las bodas de Caná: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2, 5). 
La celebración de este año será diferente de la de otros años. Como familia, nos hemos salvado de muchas maneras, pero no olvidamos a los que han muerto en Holanda y en Italia. Que nuestra celebración de hogaño esté marcada por nuestra oración por las personas, las familias y comunidades que han sufrido los peores efectos del Covid-19.
En esta fiesta, que cada uno de nosotros escuche las palabras que proceden de la cruz: “He ahí a tu hijo – He ahí a tu madre” (Jn 19, 26-27) y sepa que igual que nuestro Salvador nos mandó amarnos mutuamente y amar a María, sepamos cómo cuidarnos recíprocamente en la casa común bendecida por la presencia de María, nuestra Madre y Hermana. 

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Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí. 

Todo esto lo vivimos bajo la protección, la inspiración y la guía de María, la Virgen del Carmen, a la que honramos como “nuestra Madre y hermana”.