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Alegría en la comunidad contemplativa - Me alegro en la esperanza contemplativa de la oración y la alabanza

por Alegría en la comunidad contemplativa

Que nuestra común oración llene de alegría los corazones y afiance el camino de la fe

Escuchar la Escritura

Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que lo adoran, deben adorar en espíritu y verdad. (Jn 4,23-24).

Y que la paz de Cristo reine en vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados formando un solo cuerpo. Y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría, cantando a Dios, de corazón y agradecidos, salmos, himnos y cánticos inspirados. Todo cuanto hagáis, de palabra y de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él. (Col 3,15-17).

Escuchar la Tradición Carmelitana

La liturgia es la oración común de la Iglesia; es, además, el signo visible de la Orden en oración. Las personas se forman y crecen en la fe a través de una liturgia bien celebrada. La presencia del Dios viviente en la Palabra, en los sacramentos, en el ritual, en el silencio, en el gesto o en el canto es transformante: cambia la naturaleza de nuestro ser como comunidad. La palabra se dirige a nosotros, no sólo individualmente, como en la lectio divina, sino también “como comunidad”, donde el pan es partido y compartido, no sólo simbólicamente, sino como signo de la participación en el misterio de Dios y en el de la comunidad de los necesitados. (RIVC, 39).

Escuchar la Tradición de la Iglesia

En la liturgia, el Espíritu Santo es el pedagogo de la fe del Pueblo de Dios, el artífice de las “obras de Dios” que son los sacramentos de la Nueva Alianza. El deseo y la obra del Espíritu en el corazón de la Iglesia es que vivamos de la vida de Cristo resucitado. Cuando encuentra en nosotros la respuesta de fe que él ha suscitado, entonces se realiza una verdadera cooperación. Por ella, la Liturgia viene a ser la obra común del Espíritu Santo y de la Iglesia” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1091).

La Eucaristía no es sólo la fuente y el culmen de la vida de la Iglesia; también lo es de su misión: “Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera”. También nosotros hemos de poder decir a nuestros hermanos con convicción: “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros”. (1Jn, 1,3). «Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él». Esta afirmación asume una mayor intensidad si pensamos en el Misterio eucarístico. En efecto, no podemos guardar para nosotros el amor que celebramos en el Sacramento. Éste exige por su naturaleza que sea comunicado a todos. Lo que el mundo necesita es el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en Él. Por eso la Eucaristía no es sólo fuente y culmen de la vida de la Iglesia; lo es también de su misión: «Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera». También nosotros podemos decir a nuestros hermanos con convicción: «Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos para que estéis unidos con nosotros» (1 Jn 1,3). Verdaderamente, nada hay más hermoso que encontrar a Cristo y comunicarlo a todos. Además, la institución misma de la Eucaristía anticipa lo que es el centro de la misión de Jesús: Él es el enviado del Padre para la redención del mundo (cf. Jn 3,16-17; Rm 8,32). En la última Cena Jesús confía a sus discípulos el Sacramento que actualiza el sacrificio que Él ha hecho de sí mismo en obediencia al Padre para la salvación de todos nosotros. No podemos acercarnos a la Mesa eucarística sin dejarnos llevar por ese movimiento de la misión que, partiendo del corazón mismo de Dios, tiende a llegar a todos los hombres. Así pues, el impulso misionero es parte constitutiva de la forma eucarística de la vida cristiana. (Sacramentum Caritatis, 84).

Para reflexionar  

¿Vivimos la liturgia como fuente viva de contemplación? ¿Hasta qué punto, en el día a día, experimentamos la profunda conexión entre oración, liturgia y misión?

Salmodia (del Salmo 95)

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la roca que nos salva.

Entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

Entrad, postrémonos por tierra,

       bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios y nosotros su pueblo,

       el rebaño que él guía.

Oración

       Tú, oh Padre, nos has reunido en tu Iglesia para que seamos una sola cosa contigo, una sola cosa con tu Hijo y con el Espíritu Santo. Nos has llamado a ser tu pueblo, para que alabemos tu sabiduría en todas tus obras. Tú nos haces cuerpo de Cristo y templos vivos del Espíritu Santo, para gloria de tu santo nombre.

Doxología

La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría, cantando a Dios, de corazón y agradecidos, salmos, himnos y cánticos inspirados. Todo cuanto hagáis, de palabra y de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él. (Col 3,16-17).

Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí. 

Todo esto lo vivimos bajo la protección, la inspiración y la guía de María, la Virgen del Carmen, a la que honramos como “nuestra Madre y hermana”.