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Encarnación y Eucaristía

P. Rómulo Cuartas Londoño, OCD

Habiéndose revelado Dios en la historia como amor y don total, que no parece saber otra cosa sino darse y amarnos, cuando contemplamos la Encarnación y la Eucaristía nos abismamos ante la mayor manifestación de la autodonación de Dios a la humanidad:

“tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). Es clásica y bien conocida la expresión de san Ireneo que afirma que en la Encarnación “Dios se hizo hombre para que el hombre pudiera llegar a ser Dios”. En perspectiva de cumplimiento, podemos afirmar con toda certeza que, efectivamente, en la Encarnación Dios ha asumido la condición humana de la manera más radical y profunda, haciéndose uno de tantos (Flp 2, 7), y que, al recibir dignamente la Eucaristía nos convertimos en Cristo mismo.

1. Desbordados por la magnitud del don

El hecho del don de Dios en su Hijo y de nuestra salvación y filiación divina en Él, supera nuestra inteligencia y desborda nuestra capacidad de captarlo en todo su significado: “Siempre desbordará toda comprensión el hecho de que el Dios absoluto y superior a toda contradicción se digne descender al nivel de su criatura. Más aun: que la ame y hasta la honre con un amor tal que toma sobre si todas sus culpas, que muere por ella en medio del dolor, las tinieblas y el pavoroso abandono divino y que se prodiga, en estado de «víctima», como comida y bebida del mundo entero”.

Por eso santa Teresa, que dada la calidad de su experiencia mística tiene una honda percepción del don que se nos ofrece, se abisma en la fe ante tal manifestación del amor misericordioso del Padre, y su única salida es pedirle a Dios que nunca se agoten sus misericordias a pesar de nuestra pequeñez e inconsciencia: “iOh, qué grandísima misericordia, y qué favor tan sin poderlo nosotros merecer! iY que todo esto olvidemos los mortales! Acordaos Vos, Dios mío, de tanta miseria, y mirad nuestra flaqueza, pues de todo sois sabedor” (E 7, 1).

San Juan de la Cruz, por su parte, presenta la Encarnación en relación con el matrimonio espiritual, afirmando que “en este alto estado...con gran facilidad y frecuencia descubre el Esposo al alma sus maravillosos secretos como su fiel consorte, porque el verdadero y entero amor no sabe tener nada encubierto al que ama”. Así “comunícala principalmente dulces misterios de su Encarnación y los modos y maneras de la redención humana, que es una de las más altas obras de Dios, y asi es más sabrosa para el alma” (CB 23, 1).

2. Humildad de Dios en su entrega

En la experiencia de fe de todo creyente que percibe, asi sea veladamente, la magnitud de este don de Dios en la Encarnación y en la Eucaristia, nos viene bien la consideración de los misticos que ven a Dios como el primer humilde y dechado de toda humildad. En efecto, para santa Teresa, Dios mismo es tan humilde en su amor al hombre que no solamente se hace uno de tantos y se humilla a si mismo hasta la muerte y muerte de cruz (Cf. Flp 2, 7-8; C 27, 3), sino que se queda con nosotros en la Eucaristia (Cf. C 35, 3) y, ademàs, quiere desposarse espiritualmente con las almas. Ante tal derroche de humildad, podemos exclamar con la misma Santa: “jBendita sea su misericordia, que tanto se quiere humillar!” (5M 4, 3). Verdaderamente “Su Majestad nunca se cansa de humillarse por nosotros” (F 3, 13).

Esta humildad con que Dios se nos entrega es, para san Juan de la Cruz, algo maravilloso y digno de “todo pavor y admiración”, que para engrandecernos se sujeta de tal manera a su criatura “como si él fuese su siervo y ella fuese su senor. Y està tan solicito en regalarnos “como si él fuese su esclavo y ella fuese su Dios”. Màs aun. “Comunicase Dios en esta interior unión al alma con tantas veras de amor, que no hay afición de madre que con tanta ternura acaricie a su hijo, ni amor de hermano ni amistad de amigo que se le compare”. Por eso el santo exclama en el colmo de la admiración: “jTan profunda es la humildad y dulzura de Dios!” (CB 27, 1).

3. Relación Encarnación y Eucaristia

Encarnación y Eucaristia se relacionan y se exigen mutuamente. El don fundante, es la Encarnación. Para san Juan de la Cruz, “es el màs principal de todos” (CB 23, 1). Sin la Encarnación no habria Eucaristia. En la experiencia creyente, es claro que en la Encarnación, por obra del Espiritu Santo, el Verbo toma carne en el vientre de Maria. Y En la Eucaristia, por la acción del mismo Espiritu, se realiza la conversión (transustanciación) de la sustancia del pan y del vino en la sustancia del Cuerpo y la Sangre del Senor. En el pan y en el vino està contenido Cristo en su totalidad, y se hace pan vivo, pan de vida y alimento. De modo que al comulgar “todo Cristo està en mi”. Renueva su entrega, muerte y resurrección para mi cada dia3. Por eso, san Cirilo de Jerusalén daba esta instrucción a los recién bautizados: “No veas en el pan y en el vino meros y naturales elementos porque el Senor ha dicho expresamente que son su cuerpo y su sangre. La fe te lo asegura, aunque tus sentidos te sugieran otra cosa”4 .

“En la realidad misma, independientemente de nuestro espiritu, el pan y el vino han dejado de existir después de la consagración, de suerte que el Cuerpo y la Sangre adorables de Cristo Jesus son los que estàn realmente delante de nosotros”5. Por lo tanto, en la experiencia de fe, es el mismo cuerpo y la misma sangre que tomó Cristo en el vientre de Maria; el mismo que fue crucificado y sepultado; el mismo que surgió glorioso de la tumba, el que se nos da en alimento en la Eucaristia. Se trata del mismo Jesus, que hecho hombre se ofreció a si mismo en la Cruz. Sólo es diverso el modo de ofrecerse6.

4. El Fiat de Maria y el Amén de quien comulga

Para Juan Pablo II, “hay una analogia profunda entre el fiat pronunciado por Maria a las palabras del Angel y el amén que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Senor”. En efecto, cuando la Virgen con su fiat ofreció su seno virginal para la Encarnación del Verbo de Dios, realizó como una anticipación profética de lo que sucede en el creyente cuando recibe el cuerpo y la sangre del Senor bajo las especies de pan y vino. Maria, creyendo en las palabras del àngel y aceptando lo que se le decia de parte de Dios (Lc 1, 36), concibió, por obra del Espiritu Santo, al Hijo de Dios. En el don de la Eucaristia se nos pide creer que el mismo Jesus, el Hijo de la Virgen, se hace presente y se nos entrega en las especies de pan y vino. Y nosotros expresamos nuestra fe, recibiéndolo y respondiendo Amén, como manifestación en fe de que nosotros como Maria, también aceptamos cuanto se nos ofrece de parte de Dios7.

Surge, entonces Maria, como la madre de nuestra fe, la que nos ensena el màs puro y confiando abandono a la palabra de Dios, y la que siempre nos està ensenando a hacer todo lo que lo que él nos diga (Jn 2, 5)8. Y lo que nos està diciendo Jesus, cuando nos dice: “Haced esto en memoria mia” (Lc 22, 19) es que en la humildad de la Eucaristia, el pan que él nos da es “su carne para la vida del mundo” (Jn 6,54) y que si comemos su carne y bebemos su sangre permanecemos en él y él en nosotros (Jn 6, 56).

En este contexto encuentra todo su sentido la conocida petición de la beata Isabel de la Trinidad al Espiritu Santo, expresada en la Elevación a la santisima Trinidad: “iOh Fuego devorador, Espiritu de Amor! «Ven a mi» [Lc1, 35] para que se produzca en mi alma una especie de Encarnación del Verbo: que yo sea para Él una humanidad suplementaria en la que Él pueda renovar todo su misterio”. En plena consonancia eucaristica, Isabel propone a todos este ideal y se pone ella en primera fila: Concretamente «yo le he pedido que se instale en mi como Adorador, como Redentor y como Salvador.» (C214). Y bien sabemos que en el transcurso de su experiencia, esta petición no expresa sólo un deseo, sino que es el testimonio de su progresiva y cada vez màs radical entrega fiel a Cristo y a la Iglesia.

5.    Santa Teresa: Divino y Humano junto

Entre asombro y asombro, en medio de una busqueda que la llevó a ser ella misma alcanzada por Cristo, en un creciente trato de amistad con quien ha salido a su encuentro y sabe que la ama bien, toda la experiencia teresiana confluye en la sacratisima Humanidad de Cristo.

La sacratisima Humanidad es, para Teresa, la persona misma de Jesucristo en la totalidad de su misterio: El Verbo o Palabra que existia desde el principio (Jn 1, 1); el que se Hizo carne (Jn 1, 14); el Hijo de Dios (Mc 1, 1; 15, 39); el Hijo de la Virgen (Lc 2, 7); el Maestro y el Profeta compasivo, ungido con el Espiritu Santo y con poder, que pasó su vida haciendo el bien y liberando a todos los oprimidos por el Diablo porque Dios estaba con Él (Hch 10, 38); El Crucificado (Jn 19, 18), Muerto (Jn 19, 30) y Resucitado (Lc 24, 6); el que està sentado a la derecha del Padre (Mc 16, 19), y vive para interceder siempre por nosotros (Hb 7, 25); el que permanece con nosotros todos los dias hasta el fin del mundo (Mt 28, 20), de manera singular en la Eucaristia.

Cristo Jesus, divino y humano junto (6M 7, 9), es todo nuestro bien, por quien nos vienen todos los bienes (V 22, 7). En Él Teresa ha recibido todo y, desde su experiencia, no quiere ningun bien «sino adquirido por quien nos vinieron todos los bienes» (6M 7, 15). Cristo, Hombre-Dios, es el bien absoluto del Padre, centro y meta de la mistica, unico camino y esencia de la vida cristiana.

La Eucaristia es el centro de todas las gracias misticas de Santa Teresa. Para ella, el misterio de la comunión eucaristica es participación en la vida divina, abierta a la experiencia trinitaria. Percibe la comunión eucaristica como la gracia de una unión consumada con el cuerpo de Cristo. Y esto significa tomar como propios los intereses de Cristo y participar decididamente en su misión y destino. Por eso, podemos decir, que para la Santa, la Eucaristia es la fuente de su conversión, la luz y fuerza de su camino, en ella vive su proceso de transformación interior para que viva una vida nueva, no para si, sino para Aquel hecho hombre se entregó por nosotros.

6.    Algunas consecuencias para nuestra vida

Espiritualidad

• Es cierto que también nosotros hoy, que nos preparamos una vez màs para celebrar el nacimiento de Jesus, tenemos una percepción y comprensión muy limitadas del contenido mismo de la Encarnación y de la Eucaristia. La fe nos asegura la verdad de cuanto hemos afirmado en esta reflexión, pero el conocimiento màs cierto y profundo es siempre fruto de la experiencia. Por eso, lo primero que podemos hacer es constatar y reconocer la experiencia que el mismo Senor nos ha dado en el proceso espiritual de nuestra vida interior.

Un examen humilde y sincero nos llevarà a reconocer la acción de Dios en nosotros y la eficacia de su permanente entrega actualizada todos los dias en la Eucaristia. Es muy provechoso para cada uno de nosotros constatar con san Pablo que la gracia de Dios no ha sido inutil en nosotros (Ga 2, 21). Reconocerlo no es vanagloria, sino acción de gracias y compromiso.

Antropologia

• Hasta donde percibimos, el propósito que Dios tiene al dàrsenos en la Encarnación y en la Eucaristia, es la intima unión de todos los creyentes con Cristo. Mediante la comunión le recibimos a él mismo, nos transformamos en él mismo. Y no de manera metafórica o figurativa, sino real9. Este reconocimiento de la eficacia del don de Dios, asi la percibamos de manera incipiente, nos lleva a valorarnos mejor a nosotros mismos en lo que somos, a reconocer la altisima dignidad que se nos ha concedido, a disfrutarla y a vivir en consecuencia.

También esta realidad, que es don ofrecido a todos, nos lleva a valorar mejor a las demàs personas y a tener como base y fundamento de la Comunidad humana y de la concordia entre los hombres al mismo Dios, que nos ha asumido a todos en la Encarnación y a todos se nos da en alimento en la Eucaristia.

Psicologia

• Distraidos por tantas ofertas consumistas, eficacistas, de imagen y de poder, uno de los mayores males que enfrentamos es que somos personas descentradas, que vivimos fuera de nosotros mismos y ponemos la seguridad màs en lo que nos viene de fuera que en lo que tenemos dentro. Vivimos “desparramados”, como dirla santa Teresa, mendigando la seguridad que nadie nos puede dar. La Eucaristia es un sacramento centrante y transformante. Nos centra en Cristo que viene a nosotros dàndosenos en alimento y nos transforma en quien recibimos.

El poder sanador de Cristo en la Eucaristia se manifiesta en que quiere y puede darnos la certeza de un amor incondicional por ser nosotros quienes somos. Al tomar conciencia de este don eucaristico y vivirlo, superamos las inseguridades, los temores y, sobre todo, salimos de nosotros mismos en un nuevo éxodo de libertad, para formar una comunidad de hermanos y entregar la vida a la causa del Reino.

Solidaridad

• Se ha dicho que la solidaridad “es la ternura de los pueblos” y que, en un mundo globalizado, es una virtud cristiana que hace posible que también la caridad sea globalizada10. Vivir una vida eucaristica es poner todo nuestro empeno en “pasar nuestra vida haciendo el bien” como Jesus y, en plena comunión con él, empenarnos en construir una verdadera comunidad de hermanos, familia de Dios, en igualdad y tolerancia, sabiendo que también los demàs han recibido lo mismo que nosotros.

Esta vida eucaristica no nos deja indiferentes ante el mal del mundo, el de cerca y el de lejos, en lo pequeno y en lo grande, en lo ecológico y en el cambio climàtico. La comunión con Cristo en la Eucaristia nos lleva a ver claro que el bienestar que nos ofrece la globalización neoliberal es egoista, enganoso y excluyente. Empezando porque quienes no producen ni consumen, no cuentan. Bien podemos preguntarnos: ^Cómo vivir eucaristicamente la Navidad, asumiendo pequenos signos que manifiesten nuestra solidaridad y preferencia con los pobres y excluidos? ^Qué estilo de celebración navidena nos sugiere el hecho de que los gastos en consumo navideno de un pais pueden superar el presupuesto de una nación como Haiti o Burkina Faso?

Testimonio de gratitud

• Nuestra Iglesia es una comunidad de personas agradecidas. Todo lo hemos recibido gratuitamente de Dios, desde la creación hasta la glorificación en Cristo. Y la Eucaristia es la acción de gracias por excelencia. La cultura de la Eucaristia, de la que hablaba Juan Pablo II11, es una manera de manifestar nuestra gratitud promoviendo una cultura del diàlogo, de la inclusión, del encuentro. Cristo, que en su Encarnación y en la cruz atrae a todos hacia si y que ha venido para reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos (Jn 11, 52) es nuestra acción de gracias. Cristificados por la comunión eucaristica, agradecemos en Jesus y como Jesus: entregando nuestra vida por el bien comun, movidos por el amor. Y “quien aprende a dar «gracias» a la manera de Cristo crucificado podrà ser una màrtir, pero jamàs serà un verdugo”.

7.    Textos para profundizar

De estar frente a Dios a la unión con Dios

«Si el mundo antiguo habia sonado que, en el fondo, el verdadero alimento del hombre - aquello por lo que el hombre vive - era el Logos, la sabiduria eterna, ahora este Logos se ha hecho para nosotros verdadera comida, como amor. La Eucaristia nos adentra en el acto oblativo de Jesus. No recibimos solamente de modo pasivo el Logos encarnado, sino que nos implicamos en la dinàmica de su entrega. La imagen de las nupcias entre Dios e Israel se hace realidad de un modo antes inconcebible: lo que antes era estar frente a Dios, se transforma ahora en unión por la participación en la entrega de Jesus, en su cuerpo y sangre. La “mistica” del sacramento, que se basa en el abajamiento de Dios hacia nosotros, tiene otra dimensión de gran alcance y que lleva mucho màs alto de lo que cualquier elevación mistica del hombre podria alcanzar.

La unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demàs a los que él se entrega. No puedo tener a Cristo sólo para mi; unicamente puedo pertenecerle en unión con todos los que son suyos o lo seràn. La comunión me hace salir de mi mismo para ir hacia Él y, por tanto, también hacia la unidad con todos los cristianos.» (Benedicto XVI, Dios es amor, 13-14).

El creyente que comulga, altar donde se ofrece Cristo

«Una vez, acabando de comulgar, se me dio a entender cómo este sacratisimo cuerpo de Cristo le recibe su Padre dentro de nuestra alma, como yo entiendo y he visto estàn estas divinas Personas, y cuàn agradable le es esta ofrenda de su Hijo; porque se deleita y goza con Él - digamos - acà en la tierra.y asi le es tan agradable y nos hace tan grandes mercedes...» (S. Teresa, Cuenta de Conciencia 43)

Ser para Él una humanidad suplementaria

«Yo le pido al Senor que le colme a usted con esa medida sin medida, es decir «conforme a la riqueza de su gloria» (Ef 3,16), y que el peso de su amor le arrastre hasta aquella feliz pérdida de la que hablaba el Apóstol cuando exclamaba: «Vivo yo, pero no soy yo: es Cristo quien vive en mi” (Ga 2, 20). Éste es el sueno de mi alma de carmelita, y creo que ése es también el de su alma de sacerdote. Y sobre todo, ése es el sueno de Cristo. Y a Él le pido que lo haga plena realidad en nuestras almas. Seamos para Él, en cierto modo, una humanidad suplementaria en la que Él pueda renovar todo su misterio. Yo le he pedido que se instale en mi como Adorador, como Reparador y como Salvador. Y no acierto a decirle qué paz produce en mi alma el pensar que Él suple mi impotencia y que, si caigo a cada momento que pasa, Él està alli para levantarme y para introducirme màs en Él, en lo hondo de esa esencia divina en la que habitamos ya por la gracia y donde quisiera sepultarme a tal profundidad que nada pudiese hacerme ya salir. Ahi mi alma se encuentra con la suya y, al unisono con ella, hago silencio para adorar a este Dios que nos ha amado de manera tan divina». Isabel de la Trinidad, carta al seminarista Andrés Chevignard, 29 noviembre 1904).

Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí. 

Todo esto lo vivimos bajo la protección, la inspiración y la guía de María, la Virgen del Carmen, a la que honramos como “nuestra Madre y hermana”.