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La Fe Ensancha el Corazón

Alfonso Moreno, O.Carm.

El mundo de hoy nos resulta pequeño. Los medios de comunicación lo han puesto al alcance de la mano. Basta ojear los periódicos o ver la televisión. En un instante conocemos lo que ocurre en cualquier rincón de la tierra. Se diría que es un pañuelo. Como si los acontecimientos tuvieran lugar detrás de la esquina.

Hay noticias que nos encogen el corazón. Pensemos en las injusticias. En las guerras siempre dolorosas y a veces muy complejas. En toda clase de corrupciones. A veces nos revelamos. ¿Cómo es posible? Recordamos la dignidad de la persona. Las leyes de los distintos países. Los acuerdos internacionales. Está muy bien.

Todos tenemos derechos inalienables. Pero las personas que están a nuestro lado ostentan también su propia dignidad. No todo el mundo gira a nuestro alrededor.

Sino que formamos parte de una sociedad o familia en la que debe existir el respeto, el diálogo y la solidaridad. ¿Cómo librarnos de nuestro egoísmo tan ciego?

Aquí hay una fuerza interior que nos debe ayudar. Todas las leyes del mundo no bastan para caminar con justicia y respeto a los demás. ¿Cómo vamos a respetar al prójimo, si hemos roto con Dios? El ateísmo teórico y práctico en que vivimos nos hace un daño irreparable. Sin Dios nuestros horizontes se achican. Todo nos parece permitido.

Dios es un Padre que nos ama a la medida de su corazón infinito. Todos somos hijos en su Hijo Jesucristo. En consecuencia somos hermanos. Una gran familia en la que debe existir la ley del amor. Toda persona es sagrada. Por encima de todas nuestras diferencias raciales, sociales, culturales económicas y políticas.

"Al atardecer de la vida seremos examinados en el amor". Así lo dijo lapidariamente el eximio poeta del Carmelo san Juan de la Cruz. Todos daremos cuenta de nuestras vidas. La conciencia grita y es la ley escrita a fuego en nuestro ser más profundo. Nuestra visión inmanente de la historia, de tejas para abajo, nos empobrece radicalmente. Sin LEY DE DIOS todas las leyes humanas apenas nos incentivan.

Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí. 

Todo esto lo vivimos bajo la protección, la inspiración y la guía de María, la Virgen del Carmen, a la que honramos como “nuestra Madre y hermana”.