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Importancia de la Oración en El Carmelo

Mariano Cera, O.Carm.

En la vida de los Padres del Desierto se narra este episodio. Un día un joven monje preguntó a su viejo maestro: «¿Por qué estás siempre orando? ¿Es verdaderamente tan importante para ti la oración?» Entonces el buen maestro llevó al joven a la fuente, le cogió la cabeza y se la metió dentro del agua, sujetándolo mientras éste pateaba... Finalmente lo saca fuera medio asfixiado y le pregunta: «¿Qué es lo que deseabas más ardientemente mientras estabas bajo el agua?»

Respondió el joven: «Quería respirar». «Así me sucede a mí –concluyó el viejo maestro-. Orar se ha convertido en la respiración para mi vida».

1. Importancia de la oración

«La fórmula de nuestra existencia carece de algo, que nuestra ilusoria autosuficiencia no da; tiene necesidad de un suplemento de causalidad providencial; tiene necesidad de Dios, tiene necesidad de orarle, de encontrar en Él la seguridad, aquella plenitud que sólo nos puede venir de su concomitante bondad. Es necesario orar para vivir» (Pablo VI).

El hombre tiene necesidad de orar, porque tiene necesidad absoluta de Dios. Tiene necesidad de Dios para llenar de eternidad su vacío existencial y, así, atenuar su vehemente misteriosa nostalgia.

«Señor, enséñanos a orar»: no es una de las muchas peticiones que los apóstoles dirigieron al Maestro; con ella el hombre de todo tiempo y lugar expresa una profunda “necesidad” del corazón humano.

La oración te pone en contacto con Dios, crea una comunión, un cara a cara, un corazón a corazón, en el que la riqueza de Dios se vierte sobre la miseria de la criatura y la hace finalmente feliz. Por eso la oración ha sido siempre una necesidad fundamental del hombre de todo tiempo y lugar.

La oración es el fenómeno primario de la vida religiosa. Todo creyente siente la necesidad de comunicarse con Dios; por eso la oración se encuentra en todas las religiones teístas como un acto fundamental de la vida religiosa.

En las religiones primitivas, según F. Heiler, la oración es la expresión inmediata de experiencias profundas que tienen su origen en el sentimiento de necesidad, de gratitud. Es la libre efusión de un devoto, que en diálogo con otro, más o menos Absoluto, desahoga sus propios afanes, confiesa sus pecados, manifiesta sus propios deseos, da prueba de su dedicación o de su gratitud.

De los estudios de psicología religiosa sobre el fenómeno de la oración se demuestra que la actividad de orar es un acto de toda la persona humana que se dirige hacia un Absoluto. Esta actividad requiere entrar dentro de sí mismo y separarse de las cosas ordinarias y, al mismo tiempo, provoca un movimiento y una apertura hacia el Otro, que tiende hacia una explicitación dialógica[1].

En el mundo de hoy, en el que el hombre, agobiado por tantos reclamos y encadenado por miles de problemas, llega a sentirse sólo y a tener la experiencia de la incomunicación, precisamente en la oración puede romper su soledad y entablar un verdadero diálogo con Dios, vislumbrado, al menos, como Amigo.

Dios, con la oración, vuelve a ser la respuesta a los interrogantes existenciales, el significado para comprender la propia existencia, descubriéndonos como seres espirituales.

En este contexto de nueva religiosidad, la oración se convierte en el medio de unión, la respuesta dialógica, el punto de encuentro, el momento silencioso.

2. La respuesta del Carmelo

Ante esta necesidad y la creciente sed de oración y contemplación, nosotros los carmelitas no podemos permanecer indiferentes. Se nos lanza un desafío; debemos aceptarlo, vivir nuestra razón de ser permitiendo a Dios ser el Dios de nuestra vida y haciendo a los otros sensibles para descubrir su presencia en su propia vida, destruyendo los ídolos de una falsa religiosidad y los efectos negativos de un mundo secularizado. Esto implica la inmersión, que se convierte, a su vez, en fuente de contemplación, como de hecho ha sucedido, en la historia de la salvación llevada a cumplimiento por Cristo[2].

En la Regla carmelita la actualidad de la oración se basa en el Cristocentrismo, tan bien sintetizado en el «vivir en obsequio de Jesucristo».

Este compromiso a orientar nuestra vida hacia Cristo a través de la fe, destruye todo obstáculo que se levanta contra la dependencia de Él.

Cristo, «Señor del lugar», acentúa todos los demás momentos de la jornada. El culmen de esta centralidad es el «oratorio», hacia el que convergen los hermanos para hacer cotidianamente memoria del misterio pascual, fuente y forma de su obediencia a Cristo y de su comunión fraterna. Los eremitas interpretan en clave espiritual su misión histórica de servicio al Señor.

El ideal contemplativo de la Orden es establecido por un código fundamental: la Institución de los primeros monjes. «“Esta vida de perfección religiosa encierra dos fines: uno podemos nosotros con nuestro esfuerzo y el ejercicio de las virtudes, ayudados de la divina gracia, conseguirlo. Este fin consiste en ofrecer a Dios el corazón santo y limpio de toda actual mancha de pecado”. “El otro fin de la vida santa eremítica es don totalmente gratuito de Dios y que Él comunica al alma. Consiste en que no sólo después de la muerte, sino aún en esta vida mortal, da ya a gustar en el afecto del amor y en el gozo de la luz del entendimiento, algo sobrenatural del poder de la presencia de Dios y del deleite de la eterna gloria»[3].

Tal ideal ha sido considerado y vivido según el método “objetivo” proporcionado especialmente por la “lectio divina”, de la cual tenemos muchos indicios en la Institutione, en la Ignea sagitta de Nicolás Gálico y en otros documentos posteriores.

3. María y Elías

El Obsequio de Jesucristo, nuestros Padres, lo han leído en relación con la Virgen María, su patrona, en cuyo obsequio quieren vivir, ya que en Ella encuentran el modelo de una existencia consumada en Cristo.

«Nosotros, como carmelitas, miramos a María para comprender y vivir hasta el fondo su actitud de escucha y respuesta a la Palabra de Dios, evitando identificar la religiosidad con el pietismo alienante o con el secularismo que se cierra a la trascendencia. Como Ella queremos tender a una más íntima familiaridad de vida con Dios y a realizar, por lo mismo, profundas y vivificantes relaciones con los otros. Considerar a María como modelo inspirador de nuestra vida significa para nosotros, en último análisis, acercarnos a Cristo y conformarnos con él en una triple apertura: a Dios, a través de la escucha y de la oración; a nosotros mismos, a través de la encarnación de nuestra identidad; y a los demás, a través del servicio generoso, en especial a la gente humilde y abandonada»[4].

Los carmelitas, en el siglo XVII, elaboraron una doctrina mariana para llevar una vida según María (vita marieforme), conforme a su beneplácito y a su espíritu, y llegar a la plena unión con Dios y con Cristo, realizando así una vida deiforme y divina.

El obsequio de Jesucristo ha sido considerado también en relación con Elías. Nuestros Padres que habitaban «junto a la fuente» fueron atraídos por su oración y sus obras; viviendo en obsequio de Jesucristo, tenían presente la figura y la vida del gran profeta, el hombre que vive en la presencia del Señor y que quiere conducir a su pueblo hacia Él. Elías es el hombre que ha hablado cara a cara con Dios[5].

4. La Regla Carmelita

La nueva relectura de la Regla coloca en el centro a la comunidad, que apoya su vida en la Palabra vivida «día y noche»; nuestra comunidad, en el conjunto de su vida de oración y de trabajo, contempla día y noche el rostro de Dios.

Los carmelitas ejercitan comunitariamente la Palabra y la Oración. Por el hecho de estar juntos reunidos en el nombre del Señor, experimentan su presencia en medio de ellos.

La búsqueda de Dios y el ahondamiento en su presencia acontece también por medio de la palabra divina, que es leída comunitariamente, especialmente en la liturgia y «orada» en la reflexión comunitaria.

Las reuniones comunitarias son la ocasión para discutir juntos los signos de los tiempos y discernir las orientaciones que Dios quiere para sus vidas y sus obras.

Por eso, junto al proyecto comunitario de su vida, encontramos las líneas de apostolado para acercarse y llevar la salvación de Cristo a los hombres. De esta manera la oración no resulta desencarnada y fuera de la realidad, sino que se convierte en su parte final.

La oración auténtica lleva a la preocupación por el hermano, ya que la verdadera unión con Dios, realizada en la oración, nos lo hace percibir como el Dios Salvador[6].

E. Bianchi dice: «La comunidad, llamada, alimentada, edificada por la Palabra, debe transformarse en Palabra de Dios encarnada, hecha historia. Así ella pone su tienda entre los hombres. “Scripturae faciunt christianos”. La vida de los cristianos debe ser la palabra de Dios encarnada en la historia, en medio de los hombres. La Palabra debe hacerse carne en la comunidad, como se hizo Cristo en el seno de la Virgen María»[7].

Dice Santa Teresa del Niño Jesús: «¡Qué grande es el poder de la oración! Se diría que es como una reina, que en todo momento tiene acceso libre al rey y que puede alcanzar todo lo que pide»[8]

 

 


[1] Preparado por ANCILLI, E., (I-II) La preghiera. Bibbia, teologia, esperienze storiche I (Ed. Città Nuova; Roma 1988) 15. Advertimos que el presente estudio, en su primera parte, depende mucho de estos dos volúmenes que representan una gran riqueza sobre el tratado de la oración. A veces lo hemos tomado literalmente.

[2] Cf. Thuis F.J., Fascinados por el misterio de Dios, Contemplación: hilo conductor en la vida del Carmelo (Ed. Carmelitane; Roma 1983) 13

[3] 3 De Institutione primorum monchorum, c. 2.

[4] “Vuelta a las fuentes. Confrontación con la imagen bíblica de María y Elías en la Programación Capitular de la Orden” (V Consejo de las Provincias; Monte Carmelo 1979), en BOAGA, E., Peregrinos hacia la autenticidad (Ed. Carmelitanas; Madrid 1993) 89, nº 7. Véase BOAGA, E., Como piedras vivas... para leer la historia y la vida del Carmelo (Ed. Carmelitane; Roma 1997) 91-103.

[5] Ibid., 90-91, nn. 8-10. También BOAGA, E., Como piedras vivas, o.c., 91-103.

[6] Cf. Thuis F.J., o.c., 37-38

[7] BIANCHI, E., “La parola che costruisce la comunita”, en AA.VV., In principio la parola. Scrittura e sviluppo spirituale (Ed. Teresianum; Roma 1992) 195.

[8] STA. TERESITA DEL NIÑO JESÚS, Ms C-XI, 25rº.

Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí. 

Todo esto lo vivimos bajo la protección, la inspiración y la guía de María, la Virgen del Carmen, a la que honramos como “nuestra Madre y hermana”.