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María Nuestra Esperanza

Alfonso Moreno, O. Carm.

La esperanza es un grito que nos brota de los manantiales últimos de la persona humana. Todo el mundo vive de esperanza. Sin esperanza no se puede vivir. Se habla de los brotes verdes que anuncian un mundo nuevo. Todos oteamos horizontes infinitos de Bien, de Paz y de Felicidad con mayúscula. Nuestra esperanza apunta a Dios.

Litúrgicamente vivimos con fervor el santo tiempo de Adviento, que es un camino de esperan-za. Es una preparación espiritual alimentada con la Palabra de Dios, que nos facilitan los sentimientos que debemos abrigar en estos días tan alegres de cara a la Navidad.

Para nosotros los cristianos esta esperanza se encarna en la Virgen María, la pobre de Yahvé. Los pobres de Yahvé, bíblicamente hablando, eran el resto de Israel. Un grupo del Pueblo elegido, que consciente de su pobreza radical, esperaba la salvación sólo de Dios. María sobresalió entre los pobres que esperaban y recibieron la salvación (cf LG 55).

La pobreza del resto de Israel alcanza su máxima intensidad en la Virgen María. Llena de fe, esperanza y caridad levantó su mirada al cielo suplicando la salvación de la que continuamente se habla en la Sagrada Escritura, desde el pecado de nuestros primeros padres (Cf. Gen 3,15).

Esta actitud suplicante hizo posible el misterio de la Navidad. María recibió en su alma y en su cuerpo al Verbo Unigénito de Dios y nos entregó a Jesucristo (Cf LG 53). Jesucristo es el Hijo de Dios hecho hombre. Jesús cargando con nuestros pecados nos libró del pecado y de la muerte eterna.

Cristo muerto y resucitado es la garantía de nuestra salvación. Ilumina los graves interrogantes del corazón humano: el sentido profundo de la vida, del dolor, de la enfermedad, de la muerte y del más allá. Todos somos hijos en el Hijo muy amado. En consecuencia todos somos hermanos, por encima de nuestras diferencias. He aquí la raíz profunda del gozo incontenible de la Navidad.

Hoy rezo con todo mi amor de hijo: Santa María de la Navidad. Oh Mujer toda llena de de ternura y de fe. Hoy me acerco al portalico de Belén con toda mi pobreza a cuestas. Alcánzame de tu Hijo la Paz, el Perdón, la Santidad. Te lo suplico, Madre, con todo el fervor de mi corazón cansado. Amén.

*Escapulario del Carmen Diciembre 2013

Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí. 

Todo esto lo vivimos bajo la protección, la inspiración y la guía de María, la Virgen del Carmen, a la que honramos como “nuestra Madre y hermana”.