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El Monte Carmelo

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P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.

Por influencia de los y las carmelitas, en muchas ciudades del planeta hay barrios, escuelas, hospitales, casas de espiritualidad o calles que llevan este nombre; pero no podemos olvidar que el Carmelo es, ante todo, un lugar geográfico de Israel, una montaña que ha suscitado desde siempre la admiración de las personas sensibles. Quienes lo hemos visitado y hemos tenido la posibilidad de alojarnos sobre su cima, en el monasterio de los carmelitas descalzos, nunca podremos olvidar las preciosas vistas sobre la bahía de Haifa ni los olores de sus hierbas aromáticas. Los poetas lo han cantado muchas veces. Pedro Calderón de la Barca, por ejemplo, tiene unos romances titulados Descripción del Carmelo, que empiezan así: «En la apacible Samaria, / hacia donde el sol se pone, / en túmulo de esmeraldas / yace un gigante de flores. // Verde Atlante de los cielos, / tanto su beldad se opone, / que, siendo cielo en la tierra, / parece en el cielo monte…»

1. Geografía, flora y fauna

El Monte Carmelo (en hebreo Har HaKarmel), más que un monte es una cadena montañosa de unos 30 km. de largo, con forma triangular, situada en la Alta Galilea (al norte de Israel), que desciende desde Haifa, casi en paralelo al Mediterráneo y se va ensanchando a medida que se aleja de dicha ciudad, alcanzando entre 10 y 15 kilómetros de anchura. La franja costera (entre el monte y el mar) es la llanura de Sarón. Al otro lado de la montaña se encuentra el valle de Jezreel (o de Esdrelón). Estas son las tierras más fértiles y productivas de Israel.

El promontorio noroccidental (que forma el pico del triángulo) se adentra en el mar Mediterráneo como la proa de un barco. Los palestinos lo llaman en árabe anf el-jebej (la nariz de la montaña) y los judíos, en hebreo ro’sh hakkarmel (la cabeza del Carmelo). En su cima, a 170 metros de altura, dominando la bahía de Haifa (la antigua ciudad de Porfirio) se encuentra el santuario Stella Maris, en honor de la Virgen del Carmen, invocada como «Estrella del mar». En el extremo más alejado del mar, a 550 metros de altura, dominando el valle de Jezreel, se encuentra el Mu-Hra-Ka (lugar del sacrificio de Elías, con un santuario carmelitano en su honor). La montaña se halla perforada por varios vallecillos, a modo de gargantas o cañones, por los que discurre el agua de algunas fuentes y de los torrentes que se forman cuando llueve. Estos valles son llamados widian (que es el plural de wadi). Para nosotros el más importante es el wadi ‘ain es-Siah (o Nahal Siah), porque allí nació la Orden carmelitana.

A pesar de encontrarse en un país semidesértico y de que solo llueve en invierno, el Monte Carmelo se conserva verde todo el año. El rocío proveniente del mar se posa cada noche sobre la montaña, refrescando los pinos, algarrobos, higueras, olivos, laureles, romeros, retamas y rosales silvestres, que crecen abundantemente. (La UNESCO lo declaró reserva de la biosfera en 1996). Además, el torrente Quijón y otras fuentes permiten el cultivo de plantaciones de olivos, almendros, viñedos, cítricos y campos de cereales a sus pies.

Hoy la fauna se reduce a algunos corzos, felinos menores, roedores, reptiles, aves e insectos; pero en tiempos pasados había abundantes conejos, jabalíes, gamos, osos, lobos, leones y panteras. La presencia de fuentes y la posibilidad de alimentarse con los frutos de la tierra y la caza de animales, favoreció desde antiguo el establecimiento de grupos humanos en el Carmelo. La montaña contiene numerosas cuevas, algunas de ellas habitadas desde el Paleolítico. Distintas excavaciones en el wadi Murara han sacado a la luz restos de un homínido, que ha sido llamado homo carmelitanus y que, gracias al Carbono 14, se han datado hacia el 50-60.000 a.C.

El Carmelo está situado en el norte de Israel, a modo de frontera natural entre la tierra de Canaán (hoy Israel-Palestina) y la de los fenicios (el actual Líbano). Como sus laderas son escarpadas, la vegetación era muy espesa y las fieras abundantes, normalmente se atravesaba a través del paso natural de Meguido. Allí, las excavaciones arqueológicas han encontrado restos de veinte ciudades, sucesivamente destruidas y reconstruidas cada una sobre las ruinas de la anterior a lo largo de 5.000 años. Cada vez que un imperio surgía en la zona, era lugar de paso obligado para conquistar la estratégica Canaán (nexo de unión entre Europa, Asia y África) y expansionarse, tal como testimonia abundantemente la Biblia: «El faraón Necao, rey de Egipto, fue al encuentro del rey de Asiria hacia el río Eúfrates. Josías le salió al paso, pero el faraón le mató en Meguido» (2Re 23,29). Las guerras en las laderas del Carmelo fueron tantas y los muertos tan numerosos, que el Apocalipsis llega a identificar ese espacio con el lugar elegido por Dios para el combate y juicio finales: «Y reunieron a los reyes en el lugar que en hebreo llaman Harmaguedón» (Ap 16,16). La antiquísima fortaleza que defiende el paso por el Carmelo desde las tierras de Canaán hacia el Norte es indiferentemente llamada Meguido y Harmaguedón (deformación de Har Meguido, el Monte de Meguido, también transcrito como Armagedón, Argamedón y Hargamedón). Los evangélicos tienen una literatura abundante sobre el Harmaguedón, que ha inspirado numerosas novelas y películas de origen norteamericano sobre temas apocalípticos.

Tradicionalmente se ha hecho derivar la palabra «Carmelo» del hebreo Karem El, que significa «jardín de Dios» o «viña de Dios», aunque también se puede traducir sencillamente por «huerto» o «vergel». La Biblia lo describe como un paraje hermoso y rico de frutos. Las traducciones de la Biblia hebrea al griego (los LXX) y al latín (la Vulgata) conservan la palabra «Carmelo» en los pasajes que hablan de un lugar verde y ameno cultivado por el hombre, aunque las ediciones contemporáneas traduzcan por jardín, huerta, vergel… según el contexto. Se dice que su altura domina sobre el mar como símbolo de estabilidad, de fortaleza, del poder de Dios, que va a actuar a favor de su pueblo, venciendo sobre sus enemigos: «Por mi vida, dice el rey, cuyo nombre es Yhwh de los ejércitos, que va a venir alguien como el Carmelo que domina sobre el mar…» (Jer 46,18). En otros textos extrabíblicos antiguos, el Carmelo también sirve para evocar la belleza, la fecundidad, la fortaleza o la fidelidad de Dios: «Dijo el Santo –sea Él bendito– a Israel: tu cabeza es como el Carmelo, amo a tus pobres como a Elías cuando estaba en el Carmelo» (Cant Rabba VII,6,1).

2. Significado religioso del Monte

Al menos desde hace 3.000 años tenemos documentada la presencia ininterrumpida de santuarios en honor de las divinidades cananeas y fenicias en el Carmelo. De hecho, en inscripciones egipcias del tiempo de Tutmosis III es denominado Rusa gedes (que significa «cabo sagrado»). El filósofo sirio Jámblico (Iamblichus), del siglo IV, en su libro Vida de Pitágoras explica que este se retiró a vivir en la soledad del Carmelo antes de su viaje a Egipto. También escribió que el Monte Carmelo era «el más santo de todos los montes, por lo que el acceso está prohibido a la mayoría». Desde el siglo III a.C. fue un importante centro de culto en honor de Zeus (en el convento de Stella Maris se conserva un pie de mármol, exvoto a Zeus Carmelus Heliopolitanus). El historiador romano Tácito afirma que el año 66 d. C. Vespasiano acudió al Carmelo a consultar el oráculo de la montaña (Oraculum Carmeli Dei) antes de emprender su campaña contra Jerusalén. Son muy numerosos los testimonios arqueológicos y bibliográficos sobre la persistencia de cultos paganos en distintos lugares de la montaña.

Dada la presencia multisecular de estos centros de culto pagano, no es extraño que el profeta Elías retara allí a los profetas de los falsos dioses y eligiera esta montaña para afirmar la divinidad de Yhwh, el único Dios verdadero. Desde Elías, el Carmelo se convirtió en un punto de referencia para el judaísmo posterior, que veía en él un reclamo perenne a la pureza de la fe y a la práctica sincera de las cláusulas de la Alianza. La relación entre Elías y el Carmelo es tan fuerte, que los palestinos llaman a la montaña Jebel Mar Elías (montaña de san Elías en árabe) y numerosos lugares conservan en su nombre referencias al profeta («jardín de Elías», «cueva de Elías», «fuente de Elías», «lugar del sacrificio de Elías», etc.). Incluso unas plantas que crecen en la zona son llamadas «barbas de Elías» y unas piedras redondeadas y huecas, con cristales de cuarzo en su interior (las «geodas»), bastante comunes en la zona, son llamadas «melones de Elías» o «ciruelas de Elías», dependiendo del tamaño. La leyenda sobre la aparición de las geodas en el «jardín de Elías» es muy curiosa. Cuenta la tradición que el profeta subía desde el wadi ‘ain es-Siah a la cima del Carmelo un día de mucho calor. Al pasar junto a un campo de melones, pidió al dueño que le diera uno para mitigar la sed. El propietario, no queriendo compartirlos con Elías, dijo: «No son melones, sino piedras»; a lo que este respondió: «Está bien, que se conviertan en piedras». Por eso, también se conoce la zona como «campo de la maldición». Los recuerdos de la historia, las tradiciones y las leyendas locales han unido con tanta fuerza al Monte Carmelo y al profeta Elías, que ya no se pueden separar el uno del otro. En esto son concordes las tradiciones de judíos, cristianos, musulmanes y drusos.

La importancia religiosa de las gestas de Elías sobre el Carmelo, hizo que el pueblo mirara con especial simpatía todo el monte y lo asoció a significados nuevos, siempre positivos. A esto ayudó también la abundante flora y fauna. En una tierra tan árida, se convirtió en símbolo de la hermosura y de la fertilidad. Su belleza sirve para piropear a la esposa en el Cantar de los Cantares: «Tu cabeza es como el Carmelo, ¡qué hermosa eres!» (Cant 7,6-7), e incluso para cantar la belleza de la Jerusalén futura, a la que se dará la hermosura del Carmelo (cf. Is 35,1ss).

3. El Carmelo en la tradición bíblica

Con el pasar del tiempo, el Carmelo se convirtió en el arquetipo de toda la historia de la salvación: es la imagen del jardín que Dios plantó para el hombre, al principio de los tiempos, cargado de todo tipo de frutos apetitosos. Mientras Adán vivió en comunión con Dios, pudo habitar en el jardín y comer sus frutos. Cuando rompió la comunión, fue expulsado del jardín y se le vedaron sus frutos. Lo mismo que sucedió entonces, sigue sucediendo hasta el presente: si el hombre obedece a Dios, el Carmelo florece y le regala sus frutos. Por el contrario, si el hombre peca, el Carmelo se seca y se transforma en desierto.

Nos puede servir de ejemplo un texto del profeta Jeremías, en el que Dios llama a juicio a su pueblo, recordándole las gestas de su amor: lo ha sacado de la esclavitud de Egipto y lo ha conducido a través del desierto para introducirlo en la Tierra prometida, a la que él llama «la tierra del Carmelo». Allí se concretizan las promesas que Dios hizo a Moisés: «Os daré una tierra buena, tierra de torrentes y de fuentes, que produce trigo y cebada, viñas, higueras y ganados…» (Dt 8,7ss). Pero Israel ha traicionado a Yhwh, adorando a los dioses falsos, aliándose a los pueblos poderosos y actuando como ellos, abandonando la Alianza, profanando el jardín de Dios (el Carmelo), que ya no puede ofrecer sus frutos al pueblo traidor: «Yo os traje a la tierra del Carmelo (la versión griega traduce «al Carmelo» sin más) y os di a comer sus frutos y sus bienes, pero vosotros profanasteis mi tierra y la habéis convertido en un lugar aborrecible» (Jer 2,7). Por eso, los profetas anuncian en numerosas ocasiones la devastación del Carmelo como castigo por las infidelidades de Israel, como llamada apremiante a volver al Señor: «Oíd cómo lloran amargamente […]. La tierra está de luto, el Carmelo está pelado…» (Is 33,9); «Por las maldades de su corazón […], el Carmelo se ha convertido en un desierto» (Jer 4,26); «Ruge el Señor desde Sión; los campos de pastoreo están desolados y reseca la cumbre del Carmelo» (Am 1,2); «El Señor se venga de sus enemigos […]. El Carmelo languidece» (Nah 1,4).

Si el hombre persiste en sus pecados y pone su confianza en sus propias fuerzas y no en Dios, el Carmelo no puede ofrecerle sus frutos ni ser para él lugar de descanso. La devastación del Carmelo es la mejor imagen para explicar las graves consecuencias del pecado del hombre. Por el contrario, cuando este se arrepiente de sus faltas, Dios envía su lluvia fecunda sobre el Carmelo, que vuelve a ser lugar de bendición y de promesa de plenitud para el creyente. El Carmelo florecido es la mejor imagen para explicar la bendición de Dios.

Los profetas anuncian el reverdecer del Carmelo, o la transformación del desierto en un gran «Carmelo» (vergel), como imagen del perdón de Dios y de los tiempos mesiánicos: «Dentro de muy poco tiempo el Líbano se convertirá en Carmelo y el Carmelo será un bosque, los sordos oirán, los ciegos verán, los humildes se alegrarán con Yhwh y los pobres serán felices…» (Is 29,17). Este Carmelo transfigurado por el poder de Dios, donde reinará la paz y la justicia, será el gran regalo de Dios a su pueblo, que está invitado a poner la confianza solo en Él. Los dones de la salvación definitiva y del Espíritu Santo también van unidos al Carmelo: «El derecho habitará en la soledad y la justicia en el Carmelo. La paz será obra de la justicia […]. Mi pueblo descansará en la hermosura de la paz y de la confianza» (Is 32,16-18). Después de cumplir su condena, los desterrados de Israel podrán regresar a una Sión renovada y embellecida con la gloria del Carmelo: «Se alegrará el desierto y la tierra árida, la estepa se regocijará y florecerá como un narciso, dará gritos de alegría, porque le darán la gloria del Líbano y la hermosura del Carmelo y del Sarón; y verán la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios...» (Is 35,1ss). El regreso de la esclavitud desde Babilonia a la Tierra Prometida se identifica con el regreso al Carmelo, donde se disfrutará de sus frutos: «Haré volver a Israel a su pradera y pacerá hasta saciarse en el Carmelo» (Jer 50,19).

Aunque se hace referencia al Monte Carmelo también en otros textos (Jos 12,22; 19,26; Jdt 1,8; 2Cron 26,10; Miq 7,14; Is 10,18; 16,10; Jer 48,32…), para nosotros, el principal es el que recoge la historia del profeta Elías (1Re 17 - 2Re 2), especialmente el episodio de la victoria sobre los falsos profetas de Baal (1Re 18,41-46) y el de la nubecilla (1Re 18,41-45), así como la historia de su sucesor, el profeta Eliseo (2Re 2-13). La presencia y la actividad de estos profetas hacen que este monte adquiera un significado mucho más profundo que el geográfico.

4. El Carmelo en la tradición cristiana

Como vemos, en el Carmelo se reúnen las tradiciones bíblicas sobre la Creación, la Alianza, el pecado del pueblo, el Exilio, las promesas de los profetas… hasta la llegada del Mesías. Todo este bagaje espiritual fue recogido y desarrollado por los Santos Padres, que ven en su hermosura una pregustación de la armonía final. Un apócrifo del s. IV cuenta que María fue llevada en sueños hasta la gruta del profeta Elías en el Carmelo. Desde allí vio el mar, la montaña, las fértiles huertas… Al contemplar la belleza del lugar, se dijo: «Estoy en el Paraíso». Entonces, el Ángel del Señor le respondió: «No estás en el Paraíso, pero si quieres colaborar con Dios, ofreciéndole tu vida, la tierra entera se convertirá en un Paraíso».

Al leer el Cantar de los Cantares, que hablan de la belleza de la esposa, a la que se ha dado «la hermosura del Carmelo», los Padres lo aplican a María y a la Iglesia, embellecidas por la gracia de Cristo. Un autor desconocido del s. IV escribe: «Con justicia se compara la cabeza de la Iglesia con el Carmelo. De hecho, la palabra Carmelo significa “ciencia de la circuncisión” y Cristo concluyó con la circuncisión del cuerpo e inauguró la circuncisión del corazón». Esta extraña etimología se repite entre los Padres griegos y pasó después a los escritores latinos: «Carmelo significa “ciencia de la circuncisión”; por eso la Virgen es llamada Carmelo, porque no estuvo sometida a los deseos carnales y su hijo no fue concebido por el querer humano, sino solo por la obra de Dios» (Felipe de Harveng. S. XII).

Pero serán los autores carmelitas los que más desarrollen el significado espiritual del monte y sus relaciones con el profeta Elías y la Virgen María, «reina y hermosura del Carmelo». Especialmente san Juan de la Cruz, con su obra Subida al Monte Carmelo, ha unido el nombre de la santa montaña al esfuerzo espiritual del cristiano que quiere unirse con Cristo.

5. Benedicto XVI habla del Carmelo

El Carmelo, alto promontorio que se yergue en la costa oriental del Mar Mediterráneo, a la altura de Galilea, tiene en sus faldas numerosas grutas naturales, predilectas de los eremitas. El más célebre de estos hombres de Dios fue el gran profeta Elías, quien en el siglo IX antes de Cristo defendió valientemente de la contaminación de los cultos idolátricos la pureza de la fe en el Dios único y verdadero. Inspirándose en la figura de Elías, surgió la Orden contemplativa de los «carmelitas», familia religiosa que cuenta entre sus miembros con grandes santos, como Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Teresa del Niño Jesús y Teresa Benedicta de la Cruz (en el siglo, Edith Stein). Los carmelitas han difundido en el pueblo cristiano la devoción a la santísima Virgen del Monte Carmelo, señalándola como modelo de oración, de contemplación y de dedicación a Dios. María, en efecto, antes y de modo insuperable, creyó y experimentó que Jesús, Verbo encarnado, es el culmen, la cumbre del encuentro del hombre con Dios. Acogiendo plenamente la Palabra, llegó felizmente a la santa montaña, y vive para siempre, en alma y cuerpo, con el Señor. A la reina del Monte Carmelo deseo hoy confiar todas las comunidades de vida contemplativa esparcidas por el mundo, de manera especial las de la Orden Carmelitana. Que María ayude a cada cristiano a encontrar a Dios en el silencio de la oración. (Ángelus, 16-07-2006).

6. Juan Pablo II habla del Carmelo

Ya desde los primeros ermitaños que se establecieron en el monte Carmelo y que habían ido como peregrinos a la tierra del Señor Jesús, la vida se suele representar como una ascesis hasta llegar a Cristo nuestro Señor, monte de salvación. Orientan esa peregrinación interior dos iconos bíblicos muy apreciados por la tradición carmelitana: el del profeta Elías y el de la Virgen María. El profeta Elías arde en celo por el Señor […]. Contemplando su ejemplo, los Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo comprenden que solo quien se mantiene entrenado para escuchar a Dios e interpretar los signos de los tiempos es capaz de encontrar al Señor y reconocerlo en los acontecimientos diarios. […] El otro icono es el de la Virgen María, a quien veneráis bajo el título de Hermana y Belleza del Carmelo. […] Vuestro viaje espiritual continúa en el mundo de hoy. Estáis llamados a releer vuestra rica herencia espiritual a la luz de los desafíos actuales, a fin de que el gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, especialmente de los pobres y de todos los afligidos, sean también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo, y, de manera singular, de todo carmelita. (Mensaje, 08-09-2001).

Al contemplar estas montañas, mi pensamiento va hoy al monte Carmelo, cantado en la Biblia por su belleza. En aquel monte, que se encuentra en Israel, cerca de Haifa, el santo profeta Elías defendió valientemente la integridad y la pureza de la fe del pueblo elegido en el Dios vivo. En ese mismo monte, en el siglo XII d. C., se reunieron algunos ermitaños para dedicarse a la contemplación y a la penitencia. De su experiencia espiritual surgió la orden de los carmelitas. Caminando con la Virgen, modelo de fidelidad plena al Señor, no temeremos los obstáculos ni las dificultades. Sostenidos por su intercesión materna, podremos realizar plenamente, como Elías, nuestra vocación de auténticos “profetas” del Evangelio en nuestro tiempo. (Ángelus, 16-07-2000).

Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí. 

Todo esto lo vivimos bajo la protección, la inspiración y la guía de María, la Virgen del Carmen, a la que honramos como “nuestra Madre y hermana”.



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