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La Muerte Ha Sido Vencida

Vivimos en un mundo de muerte. La noticia está a la orden del día. Los medios de comunicación nos bombardean continuamente. Unas veces son los accidentes. Otras las enfermedades incurables.

Con relativa frecuencia un terrorismo cruel que nos hiela la sangre. Además la vamos notando en nuestra propia carne. Nuestros tejidos se envejecen. Cada día nos vamos acercando a ese misterio insondable. La barrera de los cien años la superan pocos.

Pero hoy no quiero amargaros la vida. Levantad el corazón. La muerte ha sido vencida. Os hablo desde nuestra fe cristiana. ¡Cristo ha resucitado! No busquéis entre los muertos al que vive. Lo anunciaron los ángeles a María Magdalena y demás mujeres, que fueron corriendo al sepulcro el primer día de la semana (cf. Le 24,1.5-7). Cristo ha resucitado y es la prenda y garantía de nuestra propia resurrección. Por la fe y los sacramentos participamos la nueva vida de Dios en Cristo Jesús.

 

Hoy quiero entonad un cántico a la vida. Precisamente cuando la sociedad y el corazón humano, todos nosotros, estamos amenazados con el peligro de la muerte. La carta a los Hebreos dice que el Diablo tenía al hombre esclavizado por miedo a la muerte (cf. Hb 2,14). El misterio de la muerte, fruto del pecado, tenía herido al hombre en sus raíces más profundas, desde que diera sus primeros pasos en el Paraíso (Gn 3,3).

Es verdad que las personas llevamos tatuada en la piel del alma nuestra cronología biológica. Los años no pasan en balde. Tenemos una sensación de levedad y caducidad que la palpamos en nuestros huesos. Pero a nivel de fe y de gracia cambian las cosas. Llevamos injertada en nuestra naturaleza humana una vida nueva. La misma vida de Dios. Somos hijos en el Hijo por la fuerza infinita del Espíritu Santo. Jesús le dice a Nicodemo que hay que renacer de nuevo por el agua y el Espíritu Santo (cf. Jn 3,5).

La vida de Dios en nosotros cambia por completo el horizonte de nuestra existencia. Caminamos al Padre por Jesucristo en el Espíritu Santo. Veremos a Dios cara a cara. Pertenecemos a la Trinidad, que es nuestro hogar. Conoceremos y amaremos a Dios como Él mismo se conoce y se ama. Esta es nuestra vocación. Aspirar en Dios la misma aspiración de Amor que el Padre aspira en el Hijo, que es el Espíritu Santo, dijo genialmente el poeta y místico Juan de la Cruz (CE 39,3).

¡Felicidades, Hermanos!

Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí. 

Todo esto lo vivimos bajo la protección, la inspiración y la guía de María, la Virgen del Carmen, a la que honramos como “nuestra Madre y hermana”.