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El Significado de Silencio

Camélia Augusta de Castro Cotta, C.D.P.

18. Generalmente, los diccionarios presentan el silencio únicamente bajo el aspecto físico: «Estado de quien se abstiene de hablar, interrupción del ruido... secreto... contención digna». No llegan a las definiciones, al significado denso del silencio que no es solo ausencia de palabras y ruidos,

ese vacío que se produce al cesar las actividades. Hoy la ciencia del lenguaje nos enseña que para indicar los valores de un término es necesario ver a qué otros términos se contrapone. Respecto al silencio, su «contrario» es la palabra, la comunicación, vistos, generalmente, solo bajo el aspecto más elemental de sus significados. Sin embargo, el silencio es mucho más, tiene su propia densidad: es el clima especial en el cual florece y se desarrolla la interioridad del hombre. Es raro, por no decir imposible, que un charlatán empedernido llegue a ser una persona de valor, de confianza, madura: hablar demasiado siempre se ha considerado signo de debilidad y de ligereza. «Quien habla mucho es como una vasija agujereada que no contiene los secretos del Rey», afirma san Ambrosio (PL 15, 1246). El hombre se constituye desde dentro hacia fuera. Se puede decir que, en el proceso de interiorización, el silencio es condición indispensable par recoger y purificar las imágenes, las impresiones, los sentimientos que poco a poco forman al hombre que será. Bien dice Psichari: «El silencio es el gran maestro de la verdad... el maestro del amor». De aquí sus efectos sobre el consciente y el inconsciente de la persona.

19. El silencio es lo que da sentido a la palabra, enriqueciéndola, autentificándola, dándole autoridad, haciéndola expresión auténtica del ser. Es la luz del diálogo; si tiene esta fuerza para todo hombre, la tendrá mucho más para quien busca como interlocutor de su diálogo al mismo ABSOLUTO. El silencio existe para ser lugar de la revelación, de la comunión, de la alianza: «Te guiará Yahvé de continuo, hartará en los sequedales tu alma, dará vigor a tus huesos, y serás como huerto regado, o como manantial cuyas aguas nunca faltan... yo te haré cabalgar sobre los altozanos de la tierra...» (Is 58, 11-12.14).

20. En la vida espiritual el silencio es el «comportamiento» indispensable para:

– escuchar y conocer a DIOS: «Oh Verbo eterno, Palabra de mi Dios, quiero pasar mi vida escuchándote» (Isabel de la Trinidad).

– Vivir en intimidad con DIOS: «El Padre ha dicho una sola Palabra, que es su Hijo, y la ha dicho en el silencio eterno», y en el silencio es donde se puede comunicar con ella (Cf. S. Juan de la Cruz).

21. Solo quien es capaz de silencio llega a sus propias raíces, y, partiendo de ellas, es purificado, unificado, y se conoce a sí mismo y la realidad, con posibilidad de penetrar en el centro de la vida, de donde entrará en la comunión de amor con DIOS. El silencio es esa indispensable «sustancia» que acompaña siempre al hombre en el crecimiento y en la madurez, hasta que llegue a ser verdaderamente según el corazón de DIOS. El corazón de todo hombre, sea cual sea su condición, necesita practicar el SILENCIO, que es dimensión indispensable de la vida humana, la dimensión reclamada con tanta evidencia en el pasado por los eremitas, hasta hacer decir a Psichari:

«En todo hombre vigilante está presente el eremita. Un eremita no necesita recurrir al desierto exterior, porque este LUGAR de PAZ SILENCIOSA lo tiene en él en la dimensión profunda, en su interior más secreto, transformado por él en habitación viva, no se distingue nada en el seno de la unidad en estas bodas del SILENCIO y de la PALABRA, de la ACCIÓN y de la CONTEMPLACIÓN».

22. Del propio modo de vivir es como cada uno puede formarse el concepto-experiencia del silencio, de este «estado» en el cual el ser está sumergido, con la posibilidad de ir siempre más allá, sin necesidad de sentimientos, de palabras, de gestos. Saboreando la comunión más plena, totalmente despierto, con una lucidez cada vez mayor, descubriendo la raíz de su propio ser y, a esta luz, hallarse en la realidad. Del descubrimiento de esta raíz, de la percepción de la vida en el centro de sí mismo, el hombre madurará cada vez más, va adelante, de «luz en luz», descubriendo y viviendo en la «verdad que libera». Sin rodear la vida en el silencio, es imposible, al menos en el camino común del crecimiento humano, conseguir esta mirada interior que permite al hombre vivir en la justicia, con la necesaria y justa relación consigo mismo, con la historia, con los hermanos, con la naturaleza y con DIOS.

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Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí. 

Todo esto lo vivimos bajo la protección, la inspiración y la guía de María, la Virgen del Carmen, a la que honramos como “nuestra Madre y hermana”.