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Un Sueño y una Imagen del Capítulo General

Anoche un buen amigo me pedía
Que relatara para él una experiencia
Y me asaltaron un millar de sensaciones
A clausurar en un par de indómitos papeles:
Un sueño y una imagen

Una imagen

Las puertas de la capilla principal de Sassone se encuentran cerradas; mientras tanto,  en su interior, decenas de figuras humanas, distribuidas por entre los rústicos bancos que definen y dan forma a

la parte baja de la amplia sala, sus cuerpos orientados hacia el altar, aguardan en respetuoso silencio el comienzo de la celebración a la que diariamente son invitados. La escasa luminosidad que penetra en el habitáculo basta, sin embargo, para distinguir los tonos marrones de los hábitos que inundan el lugar como láminas de agua de un océano embarrado. De pronto, algo llama la atención del observador, algo que tropieza con aquella imagen de uniformidad: una, dos, puede que hasta tres, quizás incluso cuatro manchas de colores escapan al colorido imperante. El observador no lo entiende, “¿de dónde han salido, qué pintan aquí?”; un interlocutor le responde, “ah, ellos, es que no son religiosos, son laicos”.

Son muchos los ojos que en la contemplación o lectura de esta imagen son capaces de apreciar al mismo tiempo algunos elementos adicionales: la separación entre laicos y religiosos en la Iglesia Católica, las costumbres desfasadas de un grupo perdido en el tiempo o el intrusismo de unos pocos en una casa que no les pertenece. Gracias a Dios, hace tiempo que un joven príncipe me persuadió para mirar con los ojos del corazón y, desde entonces, mis radiografías mentales suelen cobrar un nuevo significado. Sirva como prueba de esto el hecho de que al contemplar como participante la escena anterior sólo pude advertir una familia reunida para cenar.

Precisamente, en la Audiencia General con el Papa Francisco a la que acudimos todos los participantes en el Capítulo General durante la semana dedicada a la Familia Carmelita, aquél decidió orientar su discurso en torno a la imagen de la Iglesia como madre que se preocupa por sus hijos. Prolongando en el interior de mi cabeza las consideraciones del Pontífice, alcancé a razonar que si la Iglesia es la Madre de todos los cristianos, y no albergando ninguna duda de que Dios es nuestro Padre, entonces las relaciones entre todos sus hijos no pueden ser sino relaciones de fraternidad. Con semejante modelo como base, decidí aventurarme a tratar de comprender la manera en que los cristianos religiosos y laicos se definen o deberían definirse entre sí.

Tras desechar metáforas del tipo hermanos mayores y pequeños, o hermanos más y menos cumplidores, vislumbré una solución que me satisfizo y que, por ese motivo, me gustaría compartir en este artículo:

Los religiosos son los hijos que se han comprometido a trabajar en las mismas tierras que labra su padre, ayudándolo en su tarea y garantizando la supervivencia del en otro tiempo denominado oficio familiar.

Los laicos son los hijos que tras abandonar el hogar familiar buscan su futuro en otro oficio y en otra tierra, desligados por lo tanto materialmente de la figura paterna, pero unidos a él por los valores que desde pequeños les ha inculcado.

Me gustaría extender más esta metáfora para mostrar todo su potencial, pero baste como pensamiento final el siguiente: si el padre precisa de más manos para garantizar el fruto de sus tierras los hijos que abandonaron el hogar (los laicos) estarán dispuestos a asumir la tarea; de igual modo, si sobran trabajadores, algunos de esos hijos que permanecieron deberán pensar en aprovechar sus habilidades en otros ámbitos y espacios. Finalmente, debo confesar como laico, que la acogida por parte de mis hermanos en la casa del Padre fue tan calurosa como esta imagen de familia pretende transmitir.

Un sueño

Hace tiempo que vivo un sueño, y es justamente ese sueño el que me ha dado la oportunidad de tomar parte en este Capítulo General. El sueño comenzó hace ya más de tres años con la Peregrinación de la Esperanza (si no han oído hablar de ella, por favor no duden en preguntar), y fue cobrando forma cuando se creó, y fui invitado a participar en él,  el Comité Europeo para la Juventud Carmelita (CEYC). Desde entonces, comparto mi sueño con otras siete personas y, justamente ahora, tras el Capítulo, sé que ese sueño también ha llegado a los representantes de todas las Provincias carmelitas. Confío, además, en que por medio del presente artículo, si bien no veo posible transmitir al lector lo vívido de mi onírica experiencia, quizás sí pueda despertar en él ciertas ganas de averiguar más sobre ella:

Como cristiano y como carmelita, sueño con una Iglesia y con una Orden en la que los jóvenes tengan un papel importante. Hablo de jóvenes comprometidos con su fe y con su carisma, que conozcan el verdadero significado (teórico y vivencial) de estos términos y que sea precisamente por esa razón por la que desean incluirlos en su credo y en su vida. Sueño además con una Iglesia y con una Orden que tengan los brazos y los corazones abiertos a los jóvenes, que estén dispuestas a salir a los caminos para encontrarlos, conocerlos y dialogar con ellos, y sobre todo que se muestren receptivas a sus nuevos modos y sentires, a sus preocupaciones y a su manera peculiar de relación con el mundo.

Por este motivo, el Comité Europeo para la Juventud Carmelita ha soñado un proyecto cuya implementación se iniciará el próximo verano de 2014, y que pretende acoger durante una semana a líderes juveniles llegados de distintas Provincias de Europa para formarlos y animarlos en su tarea. Se trata, por lo tanto, de incentivar el trabajo con los jóvenes en las distintas partes de Europa de forma que se pueda ampliar la realidad, que ya opera en algunos países, de una juventud carmelita europea. Es hora de que ese sueño deje de ser meramente un sueño, es hora de despertar, es hora de Awakening (Para más información sobre el proyecto Awakening pueden visitar la página web de la Orden Carmelita o escribir a cualquiera de los miembros del Comité Europeo para la Juventud Carmelita (CEYC).

Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí. 

Todo esto lo vivimos bajo la protección, la inspiración y la guía de María, la Virgen del Carmen, a la que honramos como “nuestra Madre y hermana”.