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Testimonio de la vida carmelita - Mártires españoles del siglo XVI

Se tiene constancia documental de dos carmelitas españoles, uno catalán y otro castellano, que en el siglo XVI sufrieron martirio en África; de uno de ellos al mismo P. Gracián le alcanza la noticia: “A fray Juan Vanegas…lo habían quemado vivo en Argel sólo por haber dicho que era primo de un Inquisidor, como me contó fray Juan Ruiz, carmelita y compañero suyo, que viniendo de Roma los capturaron juntos y estaba conmigo en el mismo baño (quiere decir mazmorra). También del catalán hay extensa noticia; se llamaba fray Bartolomé Garau. De ambos, aunque brevemente, haremos cabal memoria.

Sobre el P Bartolomé Garau (†1564) una vez más será el P. Garrido quien recoja todos los datos posibles de cuantas fuentes halló sobre este mártir carmelita. Hijo del convento de Barcelona (o de Vich), debió nacer hacia 1495; ya en el capítulo provincial de Gerona de 1520 se le nombra «magister_morum», es decir, maestro y formador de jóvenes carmelitas para el convento de la Ciudad Condal. En 1558 aparece como prior de Manresa; un año más tarde es electo prior y Regente de estudios en la ciudad de Vich. En el capítulo provincial de 1566 celebrado en Tárrega se le nombra con el mismo cargo de Regente para el Carmen de Barcelona, oficio que no llegó a desempeñar por hallarse ya cautivo en Argel donde sufriría cruel suplicio. “Premio, sin duda, de la santa vida del P. Garau fue el glorioso martirio con el cual, por gracia de Dios, pudo coronarla, y del cual poseemos, afortunadamente, una relación que, con buen fundamento, podemos considerar digna de fe”, nos dice el P. Garrido.

Respecto al martirio del diácono Fray Juan Vanegas (†1588) la primera noticia nos llega por medio del P. Gracián antes apuntada, pero una vez más será el P. Garrido quien nos complete esta historia que, con su buen olfato de investigador, halló documentada en la Biblioteca Nacional de Madrid. Era nuestro carmelita natural de Alcalá de Henares (Madrid); ingresó en la Orden del Carmen en la que profesó el 7 de junio de 1579. Llegó a ser ordenado de diácono. «Pasando en Roma fue preso por corsarios de Argel el año ochenta y dos, a los doce de mayo, y un muchacho que venía en el bajel donde [era] cautivo, dando falsa información, dijo el dicho religioso ser hombre de rescate en la cantidad que los turcos le pedían, que eran cinco mil ducados, y sobre esto fue molestado y maltratado con las osadas molestias y violencias que estos paganos acostumbran con los cristianos».

Y así se prolongó la agonía hasta su posterior martirio que tuvo lugar el día 26 de febrero de 1588. No existen fuentes directas, pero sí totalmente fiables según se nos dice. El martirio se produjo de esta manera: fue empalado y a su alrededor, a cierta distancia, dispusieron la leña para la lumbre a fin de que se fuese quemando poco a poco y el suplicio durara más. Tiempo tuvo el infortunado reo como para encomendarse a Dios y predicar a la multitud mientras se le atormentaba; nada menos que durante cuatro horas logró mantenerse enhiesto y sereno exhortando al arrepentimiento y la conversión. Al final fue alanceado: un venablo certero le atravesó el pecho de parte a parte. E “inclinando la cabeza, terminó su bienaventurada vida”. Escribe Garrido que el martirio del joven diácono despertó un gran fervor entre los carmelitas castellanos, alentando el interés por las misiones, como se cuenta del venerable P. Miguel de la Fuente.

Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí. 

Todo esto lo vivimos bajo la protección, la inspiración y la guía de María, la Virgen del Carmen, a la que honramos como “nuestra Madre y hermana”.