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Testimonio de la vida carmelita - Mártires primitivos del Carmelo

Los mártires son los testigos por excelencia; la misma palabra griega de mártir ya lo indica (μαρτυς = testigo), término que desde los primeros siglos del cristianismo fue empleado para designar a la persona que da su vida en testimonio de su fe en Cristo, muy especialmente referido a los apóstoles.

Con el tiempo este testimoniopor Cristo Jesús, dado por cualquier cristiano y sellado con su muerte, fue considerado como el mártir por excelencia y sus reliquias siempre presidieron el ara de todo altar. Efectivamente, el mártir es testigo de Cristo no solamente por su confesión de fe, sino también por su sangre derramada, imitando así la obra y la muerte salvífica del Redentor.

No deja de ser sorprendente, y hasta cierto punto un misterio, que la historia de la Orden comienza por el martirio de sus principales personajes: el del propio legislador de la Orden San Alberto de Jerusalén (†1214) y el de San Ángelo de Sicilia, Padre de la Ordenjunto con San Alberto de Trapani, aparte de los carmelitas que la tradición nos dice sufrieron martirio en el mismo monasterio de Monte Carmelo y que con tanta devoción fueran evocados por la propia Santa Teresa.

Carecemos de noticias ciertas sobre los primitivos mártires del Carmelo, que según una antiquísima tradición, dieron su vida bajo el alfanje sarraceno ante el salvaje asalto del monasterio por parte del Islam. Nadie estuvo allí para que levantara acta de aquellos hechos, pero en ellos se fundamenta la famosa aparición de la Virgen a San Bertoldo y la no menos famosa promesa, luego repetida con San Pedro Tomás del “Dum fluet unda maris…, vivet Carmeli ordo candidus mihi”. Hoy se puede afirmar con toda certeza que el monasterio fue incendiado hasta tres veces, según las excavaciones arqueológicas realizadas no hace mucho tiempo; que se dieran mártires en aquellas circunstancias no nos consta, pero tampoco lo podemos descartar.

Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí. 

Todo esto lo vivimos bajo la protección, la inspiración y la guía de María, la Virgen del Carmen, a la que honramos como “nuestra Madre y hermana”.