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Variedad de la oración

Mariano Cera, O.Carm.

Hablando de las diversas formas de oración, podemos distinguir la oración pública o litúrgica y la oración privada. Considerada en según su ‘expresión’, la oración puede ser mental o vocal.

a. La oración litúrgica

Ésta ha sido reconocida siempre como la oración por excelencia, la acción sagrada de la Iglesia conectada con la Historia de la Salvación. Es en la acción litúrgica donde la Palabra de Dios está presente en todo su misterio de fuerza creadora, redentora, santificadora: ésta es la fe.

En la acción litúrgica se anuncia constantemente la venida de Cristo y el cumplimiento de todas las promesas: ésta es nuestra esperanza.

Finalmente, en la liturgia, el misterio del amor de Jesús está presente en el sacrificio eucarístico: esto es la caridad[1].

La colaboración de la Iglesia en Cristo se efectúa en las tres grandes acciones litúrgicas: la Eucaristía, la administración de los Sacramentos, y el rezo de la Oración de las Horas.

Todo cristiano está llamado a participar en estas acciones litúrgicas para dar a su oración, no sólo un carácter privado, sino una dimensión social, comunitaria, eclesial, que será fructuosa en la medida del empeño personal[2].

b. La oración individual

La participación en la acción litúrgica de la Iglesia, para que dé frutos, exige una intervención “personal”, una verdadera actividad humana, con la cual se percata uno del sentido de las acciones litúrgicas y se predispone a obtener el fruto mejor.

La Iglesia insiste en la importancia de las prácticas más personales ‘de piedad’, como la oración de la mañana y de la tarde, el rosario, etc...15[3]

c. La oración vocal y mental

No es necesario entender esta distinción como si se trataran de dos especies de oración claramente diferenciadas, sino en el sentido de que el hombre puede ocuparse de Dios y de las verdades divinas mentalmente y en perfecto silencio, y también expresarlo con palabras y pronunciar de viva voz estas cosas que siente interiormente.

El hombre, para que sea perfecto en su vida espiritual, tiene necesidad de ambas formas de oración.[4]

Santa Teresa especifica mejor esto diciendo que la oración no se llama vocal o mental por el hecho de tener la boca abierta o cerrada, pues la oración mental puede también desembocar en un coloquio. Por eso sería mejor decir que la oración vocal es la que se hace empleando una fórmula establecida, mientras que la mental es la que se hace espontáneamente, manifestando sentimientos que brotan del corazón[5].

La más bella de todas las oraciones vocales es el Padrenuestro, que fluye de la ternura del corazón del Señor. “A veces, cuando mi espíritu está tan seco que me es imposible sacar un solo pensamiento para unirme a Dios, rezo muy despacio un “Padrenuestro”, y luego la salutación angélica. Entonces, esas oraciones me encantan y alimentan mi alma mucho más que si las rezase precipitadamente un centenar de veces...”[6].

Brenninger nos dice que el valor y la eficacia de la oración vocal depende sobre todo de la devoción interna, pero puede aumentar:

  • por el origen de la oración: el Padrenuestro, que nos enseñó el mismo Jesús supera en eficacia y en dignidad a todas las demás.
  • por la santidad del que hace la oración: cuanto más santo es uno, tanto más preciosa es su oración ante la presencia de Dios.
  • por la compañía de los otros: el Señor nos ha dicho: “donde están dos o más reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos” (Mt 18,20)[7].

Como oración mental entendemos aquélla que se hace espontáneamente, no encerrándose en fórmulas establecidas; es la oración más personal, en la que se afirman mucho más las características, las tendencias, las necesidades de la persona. Santa Teresa insiste en el carácter afectivo de esta oración, e indica que a lo que debe mirar la inteligencia es a la comprensión del amor de Dios por parte del alma, y que la respuesta a este amor debe ser un hablar íntimamente con Él[8].

La oración mental se puede practicar de una manera más difusa durante las ocupaciones cotidianas. Entonces coincide más o menos con la práctica de la “presencia de Dios” (ver p. ?)

La “presencia de Dios” es un ejercicio absolutamente fundamental, porque éste pone conscientemente al alma en unión con Dios; un ejercicio que es a la vez recogimiento interior y ruptura con las cosas del mundo, que nos distraen. La presencia de Dios constituye la esencia de toda oración verdadera, es la oración misma extendida y virtualmente operante en toda la vidi[9].

d. La oración contemplativa

Los místicos nos enseñan que en esta etapa de la vida de oración, el cristiano es transformado interiormente por el amor de Dios, que lo habita. Los sentidos, la mente, todas las facultades son purificadas en el fuego del amor.

Todas las cosas revelan, en su transparencia, la presencia divina.

El precio de la contemplación es la noche oscura de los sentidos y la del espíritu. Somos trasformados en Dios. Ya no se ora, sino que toda nuestra vida es un acto de oración, es sacramento de la acción de Dios en la historia humana.

La luz de su Palabra nos penetra sin encontrar resistencia. Aún ocupados en la complejidad de nuestros trabajos pastorales, no podemos vivir sino para amar, por amor y en el amor. Todo es don de Dios[10].

e. La oración como vida

Todo movimiento hacia Dios –aspiración, gemido, deseo, alegría, preocupación- es siempre una oración[11]. La oración es ante todo asunto del corazón. Consiste en querer siempre y en todo lugar la voluntad de Dios. El verdadero camino de la oración es la vida. Una oración continua es una vida enteramente entregada al servicio de Dios.

Es el amor el que da consistencia y unidad a la vida. Acción y contemplación no son sino dos momentos de un mismo amor.

“Señor, que mi vida sea una oración continua. Que nada, absolutamente nada, pueda distraerme de ti, ni las ocupaciones, ni los placeres, ni los sufrimientos... ¡Que Isabel desaparezca, que no quede más que Jesús”[12].

La oración es continua cuando el amor es continuo. El amor es continuo cuando es único y total. Entendida así, la oración es siempre posible en cualquier circunstancia y en medio de cualquier ocupación. Es más, para el cristiano que ama verdaderamente al Señor, sería imposible interrumpirla, como sería imposible interrumpir la respiración. Así se entiende como todos, incluso los que viven entre las ocupaciones del mundo, puedan cumplir la palabra del Evangelio: “es necesario orar siempre”.

El cristiano no ora sólo cuando directa e inmediatamente se dirige a Dios con sus ejercicios de devoción, sino cada vez que, por amor a Él, cualquiera que sea el cuadro de sus ocupaciones, ejercita el bien con alguna obra de celo, de caridad, de penitencia, de humilde y escondido servicio.

Vista así la oración, no se presenta como una fórmula exterior, una acción hacia fuera o superpuesta a la vida, ni como un acto intermitente, sino que se revela como el hábito más necesario de la persona. Por consiguiente, cuando el Señor invitaba a los apóstoles a orar incesantemente, daba ya una clara indicación sobre la naturaleza de la oración, cuya esencia, para un cristiano, se identifica con la esencia misma de la vida.

Cuando la vida es un canto de amor, no termina nunca nuestra oración[13].

“La vida de una carmelita es una comunión ininterrumpida con Dios desde la mañana hasta la noche y desde la noche hasta la mañana. Si Él no llenase nuestras celdas y nuestros claustros qué vacíos estarían”[14].

 


[1]  Cf. CALATI, B., “Il metodo monastico della preghiera”, en ANCILLI, E., o.c., I, 245-249.

[2] Cf. AA.VV., La preghiera liturgica (Ed. Teresianum; Roma 1964).

[3] Cf. ANCILLI, E., o.c., I, 31-32.

[4] Cf. BRENNINGER, J., Directorio carmelita de vida espiritual (Ed. Carmelitanas; Madrid 1966) 540-541.

[5]  Cf. SANTA TERESA DE JESÚS, C (Códice de Valladolid) 22, 24, 25; M I, 1, 7.

[6] STA. TERESITA DEL NIÑO JESÚS, Ms C-XI, 25vº.

[7]  Cf. BRENNINGER, J., o.c., 542-543.

[8] Cf. ANCILLI, E., o.c., I, 33-34.

[9] Ibid., I, 34.

[10] BETTO, F., La preghiera nell’azione (EDB; Bologna 1977) 66­ 68. BETTO, F., La oración en la acción (Ed. La Aurora; Buenos Aires 1982).

[11] Cf. ANCILLI, E., o.c., I, 34-35. También VALABEK, R.Mª., Sarete raggianti. Vita di preghiera nel Carmelo (Ed. Carmelitane; Roma 1993) 31-33. BETTO, F., o.c., 20-29

[12]   SOR ISABEL DE LA TRINIDAD, Diario 1899-1900, Sábado-noche, 27 enero [de 1990] 156.

[13] Cf. ANCILLI, E., o.c., I, 35.

[14] SOR ISABEL DE LA TRINIDAD, Cta 189.

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Como Carmelitas, Vivimos nuestra vida en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia a través de un comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la oración, en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo. Estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que  están estrechamente ligados entre sí. 

Todo esto lo vivimos bajo la protección, la inspiración y la guía de María, la Virgen del Carmen, a la que honramos como “nuestra Madre y hermana”.