Mensaje de Desiderio García Martínez, O. Carm., Prior General
«Todas las lágrimas llegan al Cielo»
Estimada familia carmelita: ¡Feliz fiesta del Carmen!
Un año más se acerca la Solemnidad de la Virgen del Carmen. Recordamos este año que Benedicto XIII, el 24 de septiembre de 1726, extendía la celebración de la festividad de la Virgen del Carmen a toda la cristiandad. Damos gracias a Dios por todos los beneficios que nuestra Orden ha recibido durante estos ocho siglos de historia, en especial por tener una Madre a la que dirigirnos y que nos cuida. Sta. Teresita del Niño Jesús, sorprendida, así lo reconocía: “Pues yo tengo, Virgen bendita, dos madres a las que dirigirme, una en la tierra y otra en el Cielo, mientras que Vos no tenéis una Madre en el Cielo a la que amar, pues sois Vos misma”.
1. María nos reviste de gratitud. María, en Belén, envolvió a su Hijo en pañales (cf. Lc 2,12). Ese gesto nos recuerda que Jesús, además, de ser verdadero Dios y verdadero hombre, desde su nacimiento, fue cuidado y amado. En la Sagrada Escritura “ser envuelto en pañales” es signo de protección y cariño maternal: “Al nacer […] lo primero que hice, como todos, fue llorar. Me criaron con mimos y entre pañales… (Sb 7,3-4); al contrario, la desnudez, el “no ser envuelto en pañales”, nos indica desprotección y desamparo: “Nadie se interesó por ella […] Nadie la bañó, ni la frotó con sal, ni la envolvió en pañales […] la abandonaron… (cf. Ez 16,4-5). ¡Solamente el que es capaz de reconocer con gratitud la propia vida como un milagro y un don inmerecido es capaz de cuidar la vida de los otros! Kierkegaard apuntó que la gratitud es, a parte del sentimiento más noble que puede brotar del corazón del hombre, la “respuesta espiritual más profunda ante el don de la propia existencia”. El agradecimiento es, de hecho, un buen termómetro para medir nuestra calidad humana y espiritual. Las personas agradecidas todo lo hacen fácil y bendicen; en lugar de quejarse de lo que les falta, valoran lo que tienen; alejan la crítica fácil y la murmuración... María, nuestra Madre, nos enseña a hacer de nuestra vida un Magníficat, un canto de acción de gracias.
2. María nos reviste de luz. El Carmelo nació en Tierra Santa, a finales del s. XII. Fuimos forzados, en medio de peligros, a emigrar Europa. ¿A quién recurrimos en medio de la adversidad y la tribulación? A la Madre. Ella nos defendió. Celebramos con satisfacción el 775º aniversario –según la tradición carmelita– de la entrega del Santo Escapulario a san Simón Stock. Este no es un amuleto que nos asegure la salvación, sino un sacramental que nos recuerda la responsabilidad de llevar el vestido bautismal. Un vestido muy especial, hecho de lino, que, según la Escritura, son las “buenas obras” de los santos (cf. Ap 19,8). El lino se extrae de una planta, la cual hay que golpear, una y otra vez, hasta suavizarla y extraer la blancura de sus hebras. El Santo Escapulario es una armadura que nos defiende de los golpes (como el lino) que recibimos en las batallas de esta vida. María nos defiende y muestra cómo perseverar en hacer siempre el bien... Como rezaba un epitafio hebreo: “Una obra buena hecha en la tierra, hace que nazca un hilo de luz en el cielo. Muchas obras buenas hechas en la tierra, hacen que nazcan muchos hilos de luz en el cielo. ¿Para qué? Para hilvanar y tejer un vestido. Un vestido de luz que dé gloria al Dueño de las obras”. María nos enseña con solicitud a revestiros de esta “armadura” (cf. Regla 19), confeccionada de muchos “hilos de luz”: la misericordia, la mansedumbre, la paz, la justicia, el perdón, la alegría, la esperanza, el amor, etc.
3. María nos reviste de humanidad. El día 25 de mayo se publicó la primera carta encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas, sobre la custodia de la dignidad de la persona en el tiempo de la inteligencia artificial. Nos ha pedido a toda la Iglesia que la leamos y meditemos. Frente al creciente vínculo entre tecnología, poder y violencia, se nos propone como alternativa una nueva civilización del amor. El papa León XIV nos invita a invocar a María, Madre de la Vida, que nos mira con misericordia. Se podrían citar muchos testimonios que nos obligarían a descalzarnos ante el sufrimiento de los inocentes: los que hacen malabarismos para encontrar un trabajo y llegar a final de mes; lo que emigran de sus países sin acceso a la educación y a la sanidad; la guerra, las hambrunas, el amor quebrantado… Baste el ejemplo de una figura importante de la cultura francesa, Emmanuel Mounier, el filósofo creyente, que sintió el peso de la enfermedad irreversible de su hija pequeña, que vivía en estado vegetativo:
«Al acercarme a esta cuna sin voz sentía que me acercaba a un altar, a un lugar sagrado donde Dios hablaba a través de un signo. Una tristeza penetrante y profunda; profunda, pero ligera y transfigurada. Y, en torno a ella, una adoración… no tengo otra palabra. Nunca he conocido tan intensamente lo que es la oración como cuando le decía cosas a esa frente que no respondía nada, cuando mis ojos se aventuraban hacia aquella mirada perdida que miraba hacia el infinito por detrás de mí. Misterio… y sólo puede serlo de bondad. Hay que osar decir: una gracia demasiado elevada, una hostia viva entre nosotros, muda como la Hostia, resplandeciente como Ella… – Mounier le dice a su mujer –: ¡Durante cuántos meses hemos deseado que se muriera si iba a quedarse así! Pero… ¿no es esto más que puro sentimentalismo burgués? ¿Qué quiere decir para ella ‘ser infeliz’? ¿Quién puede asegurarnos que ella lo sea? ¿Quién sabe si no se nos está pidiendo a nosotros que guardemos y adoremos esta hostia entre nosotros…? Mi pequeña Françoise, para mí eres la misma imagen de la fe [Carta a Paulette Mounier, 1964, 671)».
Estremece su testimonio... Vamos a implorar a la Madre y Hermosura del Carmelo que nos enseñe a ver la obra invisible de Dios y a mirar el mundo desde abajo, desde los más vulnerables. Los «Gozos a Ntra. Sra. del Carmen», poesías populares que se divulgaron a partir del s. XVII, compuestas, principalmente, para honrar a la Virgen María, recogen antiguas historias de la tradición carmelita. Recuerdo cuando era niño, que en mi pueblo, Onda (España), se cantaba una antífona mariana durante la novena del Carmen: «Pues sois de nuestro consuelo, el medio más poderoso. Sed nuestro amparo amoroso, Madre de Dios del Carmelo». El biblista Miguel Aiguani, O. Carm. (1320-1400) afirmaba que María es un “castillo inexpugnable”, un alcázar seguro donde refugiarse cuando sentimos que la vida está amenazada de muerte. S. Juan Crisóstomo insistía que “no hay maternidad sin lágrimas”. Las lágrimas hidratan el alma. Dios recoge esas lágrimas, como dice el salmista, en su “odre”. Ni una lágrima se pierde, todas van directas al corazón de Dios (cf. Sal 55). La lágrimas interceden para que la misión de la Iglesia sea más fecunda. Llorar por el dolor del prójimo o por el rechazo sufrido tiene un poder santificador y reparador.
Que la Virgen María, a la que proclamamos Mater et Decor Carmeli, nos proteja y nos obtenga por su intercesión celestial la fuerza, la esperanza y la alegría necesaria para que, reflejemos la bondad de Dios, sirviendo a la humanidad.
Fraternalmente en el Carmelo,