Peregrinos de Esperanza en una Iglesia Peregrina
¡Bienvenido, Peregrino!
La Iglesia Católica se ve a sí misma como una “iglesia peregrina” (Cfr. L.G. VII). Es una iglesia que está en camino, creando su propia historia. Es la historia de personas a través del tiempo, encontrando en su mensaje un reto para vivir una vida plena, para encontrar semillas de vida eterna ya presentes en esta vida. Es una iglesia de compañerismo que nos brinda la historia de dos discípulos en camino de Jerusalén hacia Jericó, entablando una conversación,
y viendo sus vidas transformarse por el “extraño” que los acompaña en el camino (Cfr. Lc 24, 13-35), o la mujer que al ir por agua, se encuentra con este mismo “extraño” en el pozo, quien le comienza a hablar sobre su vida y encuentra en él a alguien que le ha dicho todo sobre ella (Cfr. Jn 4, 1-42). La gente se reúne en esta iglesia peregrina como miembros de una comunidad de peregrinos, viajando juntos, nutridos por la gracia que llega en diferentes formas, en diferentes momentos, y por diferentes direcciones, pero siempre de la misma fuente: el amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones (Cfr. Rm 5,5).
Eres un peregrino, con el corazón lleno de anhelos y los ojos abiertos. Estás abierto a lo que la vida te muestra. La vida nos enseña lo que Dios quiere mostrarnos y así, en todo nuestro alrededor podemos descubrir signos del amor de Dios, en la creación, en la naturaleza, en las personas, en las comunidades de fe, y en los acontecimientos.
Encontrarás también signos de esperanza en las numerosas iglesias que conforman la iglesia peregrina. Cada una de estas iglesias es un lugar donde la gente encuentra paz, gracias a los símbolos y características de la iglesia, y también al caer en cuenta de que, en estos lugares, los peregrinos han orado y celebrado, han confesado sus pecados, y han creado comunidad por generaciones, todo con un sentido de esperanza en el bien que vendrá cuando las promesas que se les han hecho sean cumplidas. La iglesia peregrina anuncia esas promesas y vive en la esperanza del cumplimiento.
Si encuentras este folleto en una Iglesia Carmelita, o te lo dio algún amigo Carmelita, encontrarás en todo lo que representa el Carmelo, énfasis conocer el amor de Dios, que ha sido derramado en nuestros corazones por obra del Espíritu Santo. Esto, se puede decir, es el mejor regalo del Carmelo para la Iglesia que se ve a sí misma como una iglesia peregrina, esperando a ver la completa revelación del amor de Dios cuando Cristo sea todo en todo y toda la creación sea una en Él.
Esta Iglesia nos ofrece la compañía de María y de los Santos en nuestro caminar. María, como madre y faro de esperanza, tiene un lugar especial en la tradición Carmelita como modelo de santidad y pureza, y signo de esperanza porque ella estuvo unida a Dios y fue obediente a su voluntad en todos los aspectos de su vida. María es reconocida como bendita por su prima Isabel por haber creído que todo lo que se le prometió se haría realidad (Cfr. Lc 1, 45).
Quizás no nos concentremos tanto en la esperanza cuando todo va bien. La esperanza entra más en juego cuando estamos inquietos o incluso atemorizados por lo que pasa en el mundo, y nos damos cuenta de nuestra impotencia y de las complejidades y de la imprevisibilidad de la humanidad. Es entonces que comenzamos a pensar en la esperanza, en la seguridad de que estaremos bien. San Pablo en su manera tranquilizadora nos recuerda en la Carta a los Romanos que todas las cosas cooperan para bien para aquellos que aman al Señor (Cfr. Rm 8, 28).
La Regla Carmelita ofrece a quienes la siguen, un patrón para sus vidas, similar al diseño de un arquitecto. Se construye la casa, y la casa está bien construida, con cierta previsión de cómo la gente vivirá allí, pero sin mucha idea de lo que efectivamente pasará cuando la gente comience a vivir allí. La Regla sugiere que aunque vivamos nuestras vidas de manera ordenada, siempre dejemos lugar para lo que todavía no está allí, y esto es por la esperanza en la promesa del retorno de Cristo, sin importar cuándo suceda (Regla Carmelita, 24).
Nuestra esperanza es fundamentalmente nuestra creencia en Jesucristo. Es él quien nos ofrece la salvación, establecida desde la creación en el principio. Jesús es nuestro modelo, nuestra motivación, y nuestra recompensa. Vivir una vida similar a la suya, movida por él, a través de su Espíritu, para hacer lo mejor que podamos en esta vida, es como llegamos a la recompensa de estar estrechamente unidos a él en esta vida, en pensamiento, anhelo, y existencia. Estar unidos a Jesucristo, en esta vida y en la próxima, es el cumplimiento de la más grande esperanza Carmelita.
La indulgencia misericordiosa de Dios y el Año Jubilar 2025
Jesús le dijo a Pedro: «Lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo» (Cfr. Mt 16,19), la misma promesa que le hizo a sus discípulos de manera colectiva en Mateo 18,18.
El poder de atar es el fundamento de la penitencia impuesta por el confesor sobre el penitente como parte del Sacramento de la Penitencia y Reconciliación. El poder de desatar, por otro lado, ha tomado la forma de mitigación, usualmente remplazando una penitencia muy dura por otra más fácil, que se otorga cuando ciertas condiciones se cumplen, como cuando el Concilio de Epaona (517) redujo a dos años la duración de la penitencia que los apóstatas debían cumplir para regresar a la Iglesia.
Para los peregrinos que venían a Roma para el primer Año Santo Jubilar en 1300, y cumplían los requisitos, El papa Bonifacio VIII concedió la eliminación del castigo temporal a causa del pecado. Citando 1Pedro 1,19, en cuanto haber sido redimidos “por la preciosa sangre de Cristo”, el decreto jubilar Unigenitus Dei (1343), del papa Clemente VI describe la sangre de Cristo derramada “copiosamente como un torrente”, como un infinito tesoro para las personas a quienes Cristo encomendó al bienaventurado Pedro, llavero del cielo y a sus sucesores, quienes han de distribuirlo a los fieles para su salvación, aplicado por pías y razonables causas, para beneficiar a los verdaderamente arrepentidos y confesados.
Entre las 95 tesis formuladas en Wittenberg en 1517, Martín Lutero cuestionó la doctrina papal sobre las indulgencias y el tesoro espiritual de la Iglesia cuando establece que “los tesoros de la iglesia, de donde el papa concede las dispensas, no son lo suficientemente mencionados ni conocidos entre la comunidad de Cristo” (n. 56) y también cuestionó la venta de indulgencias (n. 73) debido a las escandalosas declaraciones a veces hechas durante los sermones sobre las [indulgencias] (n. 81).
En su Decreto sobre las indulgencias (1563), el Concilio de Trento reconoció que “Jesucristo concedió la potestad de conceder indulgencias a la Iglesia” y que su uso es “sumamente provechos al pueblo cristiano y aprobado por la autoridad de los sagrados Concilios”. Sin embargo, reconociendo la validez de la crítica de Lutero sobre cómo se predicaba sobre las indulgencias, Trento pidió que “se proceda con moderación en la concesión de ellas según la antigua, y aprobada costumbre de la Iglesia” y que “se exterminen los lucros ilícitos”.
Describiendo una indulgencia como “la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados ya perdonados en lo referente a la culpa que gana el fiel”, el Papa Pablo VI presentó el “tesoro de la Iglesia” no como “la suma de los bienes, a imagen de las riquezas materiales, que se van acumulando a lo largo de los siglos” sino como “el infinito e inagotable precio que tienen ante Dios las expiaciones y méritos de Cristo”, a través de los cuales toda la humanidad “queda libre de pecado y es conducida a la comunión con el Padre”.
Reconociendo que ser reconciliado con Dios a través del sacramento de la Penitencia o Reconciliación “no excluye la permanencia de algunas consecuencias del pecado, de las cuales es necesario purificarse”, el papa Juan Pablo II describió estas consecuencias temporales como un desordenado apego a las criaturas y a todo lo que impida una comunión total con Dios y con nuestros hermanos y hermanas. Reconociendo que en la Iglesia “la santidad de uno beneficia a otros de una manera que excede el daño que el pecado de uno ha causado en otros”, y como resultado, las buenas obras de los santos constantemente se añaden a los “tesoros de la Iglesia”, el Papa describió la indulgencia jubilar del Año Santo en el 2000 como muestra de la plenitud de la misericordia del Padre que ofrece a todos su amor, porque el don total de la misericordia de Dios está expresado al conceder a los pecadores arrepentidos una remisión del castigo temporal por los pecados ya perdonados en lo referente a la culpa que gana el fiel.
En el título de la bula que anuncia del Año Jubilar 2025, Spes non confundit, El papa Francisco cita a San Pablo “La esperanza no decepciona” (Cfr. Rom. 5,5), y señala que, en un momento, los términos “misericordia” e “indulgencia” eran intercambiables, al ser las indulgencias “expresiones de la plenitud del perdón de Dios que no conoce límites, reconociendo la misericordia de Dios, revelada completamente en Cristo, como base de nuestra esperanza. Al describir a aquellos que irán a Roma con motivo del año santo, como “peregrinos de esperanza”, pide que, para todos, el Jubileo sea un momento genuino, personal de encuentro con el Señor Jesús, que es nuestra Esperanza (Cfr. 1Tim 1,1).
Patrick. Mullins, O. Carm.




















