El 19 de marzo celebramos la Solemnidad de San José, Patrón Principal de la Orden.
Nos hace bien volver a pensar en san José, meditar sobre aquel al que nuestra tradición ha reconocido como patrón y modelo de la vida carmelitana.
El culto a san José forma parte de nuestra formación cristiana, de nuestra tradición y cultura. Estamos tan habituados a poner a san José junto a Jesús y María que podríamos pensar que la Iglesia siempre haya atribuido a este santo -que ha vivido en una intimidad tan estrecha con el misterio de la Encarnación- la dignidad y los honores que nosotros generalmente le reconocemos. En realidad, no es así. En el primer milenio son excepcionales los vestigios de una reflexión teológica sobre san José y, sobre todo, de una particular veneración dedicada a él. Solamente con el florecimiento de las Ordenes mendicantes se desarrollará la devoción a san José. Los franciscanos y los carmelitas hicieron una contribución fundamental a este respecto.
Para los carmelitas, el interés por la figura de san José fue un desarrollo natural de la inspiración mariana fundamental. Todos los familiares de María (los padres, santa Ana y san Joaquín, como protectores secundarios del Carmelo e incluso las presuntas hermanas, María la de Santiago y María la de Salomé) recibieron honores particulares en el Carmelo. No podía faltar, por tanto, el esposo de María.
La liturgia propia de san José en la Orden del Carmen es retenida por los historiadores y liturgistas como el primer monumento de la Iglesia latina en honor de san José.
En la liturgia antigua se oculta, bajo la figura de san José, un compendio de la espiritualidad del Carmelo: 1) La puritas cordis que hace posible la visión de Dios, 2) La unión con María, y 3) La fecundidad de la vida mística presentada en términos de concepción y nacimiento del Verbo encarnado en el alma pura. San José es por ello celebrado como espejo de la vida mística carmelitana en Dios.
Vivimos en un período en el que la Iglesia no piensa tanto en defenderse de un enemigo externo cuanto busca, más bien, reconocer su labor de dar un testimonio auténtico de la verdad del Evangelio. Así, en un mundo en el cual son necesarios la concreción y el sentido del misterio, en un mundo en el cual tendemos a huir de los vínculos de relaciones y compromisos estables y encerrarnos en un narcisismo estéril, José nos indica el camino de la renuncia de nosotros mismos, de la responsabilidad cotidiana, del obrar silencioso para que la familia viva y crezca. Un padre de familia intenta sanar las heridas de su casa. Nuestro patrono nos pone de frente a la necesidad de sanar las heridas de la humanidad y las heridas dentro de la misma Iglesia. No hay Iglesia, no hay Carmelo, sin personas que, olvidándose de sí mismas, trabajan día y noche para ofrecer a los otros una base segura sobre la que apoyarse. Trabajan en la oscuridad, llevando en su corazón ansias y fatigas, a menudo sin ver frutos ni vislumbrar la meta, confiando sólo en aquel del cual su paternidad proviene y toma el nombre (cfr. Ef 3,15). Personas así podrán encontrar siempre en san José a su patrono y modelo, a su “padre y señor.”
San José custodia el Carmelo no sólo porque lo protege “de las asechanzas de sus enemigos y de toda adversidad,” sino porque lo mantiene firme en su identidad simple y profunda. Con su ser hombre justo nos indica el camino a recorrer y la meta hacia la que dirigirnos. En este sentido, no cabe duda de que el culto a san José no es simplemente una devoción o una práctica piadosa, sino un programa de vida que es parte integrante del patrimonio carismático del Carmelo. Junto a María, José es el icono evangélico en el que nosotros los carmelitas podemos leer y entender qué quiere decir realmente “vivir en obsequio de Jesucristo”. Y, por tanto, con razón seguiremos dirigiéndonos a él como nuestro padre y patrono, además de amigo fiel y experto guía en el camino tras las huellas de Jesús.




















