El Pastor Real
(Lucas 23:35-43)
En este último domingo del año litúrgico celebramos la fiesta de Cristo Rey. Hoy es un día para dar gracias a Dios por todas las bendiciones recibidas durante el año pasado. Sobre todo, damos gracias a Dios por el gran regalo de su hijo.
Celebramos a Cristo como Rey del Universo y esperamos la llegada de su reino en toda su plenitud al final de los tiempos.
También somos conscientes que el reino de Dios es aquí y ahora. El prefacio de la misa nos recuerda que el Reino de Cristo es
‘el reino de la verdad y de la vida,
el reino de la santidad y la gracia,
el reino de la justicia, el amor y la paz’.
Cuando actuamos como Cristo, el Reino de Dios irrumpe en nuestro mundo. Cuando nos sentimos movidos por Espíritu a proclamar la verdad, a responder a las necesidades, a trabajar por la justicia, a transformar y sanar nuestra sociedad, el Reino de Dios irrumpe en la realidad humana y la gracia de Dios se hace claramente visible en nuestras palabras y acciones. Que seamos un pueblo que busque siempre llevar el reino de la bondad de Dios a nuestro mundo. Esa sería la mejor manera de celebrar esta fiesta.
La primera lectura del libro del Samuel narra la historia de la elección de David como el rey de Israel. En tiempo de David, las doce tribus de Israel se reunieron para formar un solo reino. La lectura recuerda el encargo de Dios a David: ‘Tú pastorearás a mi pueblo Israel’. David no debe enseñorearse de su pueblo, sino ser su pastor.
Como David, Cristo viene a reunir a todos los pueblos en el único Reino de Dios. Él también actúa como un rey-pastor para el pueblo de Dios.
El Evangelio lo ilustra claramente. He aquí un rey que da su vida por su pueblo. No tiene ropas finas. Su trono es la cruz. Su corona es de espinas, no de oro. Incluso en la agonía de la muerte, la fe y el perdón actúan y la entrada en el reino de Dios se obtiene y se concede. De hecho, el acto final del Rey Jesús moribundo es conceder el perdón, la misericordia y la admisión en el reino: un evangelio dentro del evangelio.
Las lecturas del Evangelio a lo largo del tiempo ordinario nos han llevado a acompañar a Jesús en su viaje terrenal, a escucharle a desplegar el deseo de Dios para la familia humana, a verle restaurar la salud y la integridad de muchos, a que nos enseñen a rezar correctamente, a ser conscientes de que el Reino es ‘aquí y ahora’ y ‘aún por venir’, hasta los extremos a los que Dios llega para reconquistarnos, y cómo Dios nos encuentra con misericordia, perdón, curación y paz.
Nuestro viaje ha consistido en descubrir quién es Dios y, por tanto, quién es Jesús y, por consiguiente, a que estamos llamados a ser cuando entramos en una relación fiel con él.
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