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Martes, 27 Febrero 2024 12:41

Celebrando en Familia - Tercer Domingo de Cuaresma

Limpiando nuestros corazones
(Juan 2:13-25)

Los Evangelios de los dos últimos domingos nos han mostrado que el camino cristiano es desde la Tentación hasta la Transfiguración. Los Evangelios de los próximos tres domingos de Cuaresma nos presentan a Jesús como el camino (o Camino, como lo llamaban los primeros cristianos) desde la tentación a la transfiguración.
En el Antiguo Testamento la idea de que el pueblo de Israel es “el pueblo de Dios” está claramente establecida. Por su comportamiento serían “luz para las naciones” y la morada de la presencia de Dios. Mucho más tarde se desarrolló la idea que Dios habitaba en un edificio llamado templo Sin embargo, los judíos nunca perdieron el sentido de que eran el pueblo de Dios. La lectura del Éxodo, comúnmente conocida como los Diez Mandamientos, proporciona un modelo para que el pueblo de Dios establezca una buena relación entre Dios y el prójimo, para ser la morada de la presencia de Dios.
En el Evangelio de hoy encontramos a un Jesús profundamente apasionado, que causa un alboroto en los recintos exteriores del Templo. En el Evangelio de Juan, las acciones proféticas de Jesús tienen menos que ver con ‘la limpieza del Templo’, que con manifestar que el Templo ya no es la manera de tener una relación correcta con Dios.
Según Juan, Jesús es el nuevo templo vivo de la presencia de Dios y el lugar de encuentro entre Dios y su pueblo. Jesús es ejemplo de cómo tener una relación correcta con Dios y con el prójimo.
En nuestra tradición, nos referimos, a menudo, que somos los ‘templos del Espíritu Santo’. Reconocemos que somos seres sagrados destinados a la unión con Dios, personas en las que el reino de la bondad de Dios debe manifestarse en la palabra, en el pensamiento y en la acción.
La Cuaresma es un momento para decidir de qué se trata nuestra vida y qué es lo importante. Como Jesús en el templo, tal vez necesitamos poner fin a las formas de pensar y a los comportamientos que abarrotan nuestras vidas, oscurecen la presencia de Dios y no dan vida a los otros.
Como miembros del Cuerpo de Cristo, nosotros también debemos ser el lugar donde Dios se encuentra en la tierra.

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