Dios, en su providencia, ha dispuesto que nuestros males no se remedien y que sus gracias no nos sean concedidas sino por la oración, y que por la oración de algunos otros se salven (cf. Sant 5, 16 ss). Si los cielos se derramaron desde lo alto y las nubes hicieron llover justicia, si la tierra se abrió y brotó el Salvador (cf. Is 45, 8), Dios quiso que precedieran a su venida los gritos y súplicas de los santos padres y, sobre todo, de aquella Virgen singular que persuadió a los cielos con la fragancia de sus virtudes y atrajo a su seno al Verbo increado. El Redentor vino y mediante la oración continua reconcilió al mundo con su Padre. Para que la oración de Jesucristo y los frutos de su redención se apliquen a alguna nación o pueblo, para que haya quienes los iluminen con la predicación del Evangelio y les administren los sacramentos, es indispensable que haya algunos o muchos que con gemidos y súplicas, con oraciones y sacrificios, hayan conquistado a ese pueblo y lo hayan reconciliado con Dios.
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