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Celebrando en Familia - Quinto Domingo de Pascua
Jesús, nuestro Camino, Verdad y Vida (Jn 14:1-12)
Jesús les llama a confiar en él como el camino que lleva a Dios, la verdad viva de Dios y la vida misma de Dios.
En cierto sentido, Jesús es nuestro mapa, nuestro camino y el destino de nuestro viaje. Pero llegar al destino no es algo que ocurra solo en el cielo. Tenemos que empezar a llegar ahora por medio del don del Espíritu.
Es el espíritu de Jesús quien nos mantiene en comunión con Dios, quién nos revela la verdad acerca de Dios y quién es la misma vida de Dios dentro de cada uno de nosotros.
Deseamos vivir fieles a la vocación que hemos recibido de Dios, conscientes que el Espíritu ha sido derramado en nuestros corazones, para que nos convierta en verdaderos creyentes y mostrar el rostro de Dios en medio de nosotros.
Celebrando en Familia - Cuarto Domingo de Pascua
El Buen Pastor llama a sus ovejas por su nombre, ellas conocen su voz (Jn 10:1-10)
En este año, la lectura del Evangelio nos habla de Jesús como la ‘puerta del redil’, es decir, Jesús es la puerta verdadera para entrar en el redil de Dios. Quienes entran al redil de otra manera solo traen desastre y destrucción; pero quienes entran a través de Cristo, estarán a salvo, serán guiados al buen pasto y poseerán la vida en toda su plenitud.
Jesús como el buen pastor nos alimenta, nos defiende e incluso da su vida por nosotros. Nuestro Buen Pastor se preocupa profundamente por nosotros y el rebaño tiene la profunda sensación de calidez e intimidad, al darse cuenta que Jesús nos conoce por nuestro propio nombre. Como el Buen Pastor, Jesús, es la fuente de la vida, el alimento y la seguridad para las ovejas.
Reflexionar acerca de Jesús como el Buen Pastor, también, nos ayuda a recordar que pastoreamos a los otros en nombre de Jesús, esta es la vocación de los discípulos. Estamos acostumbrados a pensar en Jesús como el Buen Pastor, pero, también tenemos que pensar en ser, en convertirnos en buenos pastores los unos con los otros.
Una de las cosas más alentadoras acerca de la pandemia fue el número de personas que se han convertido en buenos pastores para los demás, proporcionando seguridad y protección a las personas vulnerables, apoyando a los trabajadores de la salud, proporcionando comidas y compañía. Sí, también hubo ‘ladrones y bandidos’ que se aprovecharon de los demás subiendo los precios, vendiendo productos que nunca llegaron a entregarse y cometiendo otras estafas en línea.
Pero, como Jesús, estamos llamados a dar la vida por los demás en toda su plenitud.
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Celebrando en Familia - Tercer Domingo de Pascua
Un extraño comparte su camino, sus corazones comienzan a arder y lo reconocen (Lc 24:13-35)
con Jesús resucitado.
Es una historia conmovedora y que fácilmente nos podemos identificar con ella, sintiéndonos aplastados por el peso de la vida y nuestros sueños destrozados.
Ellos no creen en el testimonio de las mujeres que decían que Jesús que está vivo. Tampoco no le reconocen en el extraño que camina junto con ellos. ¿Así también nosotros, algunas veces, somos así?
¿Qué hace Jesús? Primero, les invita a compartir con él su historia, les deja hablar. Para después describirles la historia más grande de su vida, muerte y resurrección al comentar lo lo que decían de él todas las Escrituras. En otras palabras, les da una nueva perspectiva, su historia enmarcada en la gran historia del proyecto de Dios. Su esperanza está siendo reconstruida. Sus corazones comenzaron arder mientras Jesús les hablaba por el camino. Entonces, comienzan sus corazones a inflamarse nuevamente. Cuando llegan a Emaús, Jesús hace el ademán de seguir adelante, pero ellos le rogaron que se quedara con ellos.
Sentados a la mesa, Jesús toma el pan, dice la tradicional plegaria de bendición judía (como una acción de gracia antes de la comida), parte el pan y en ese instante se le abrieron los ojos de los discípulos y lo reconocieron.
Los discípulos apenas pueden contener su alegría e inmediatamente regresan a Jerusalén, ansiosos para compartir su historia con la comunidad. No les importó viajar de noche, que, en el mundo antiguo, comportaba correr un riesgo de robo y de muerte, pero ellos no podían esperar.
De ser dos hombres tristes, deprimidos, desanimados y afligidos, se transforman en heraldos impacientes y entusiastas de buenas noticias. El encuentro con Jesús los ha transformado.
Es el mismo Jesús, que encontramos en nuestros corazones y en la Eucaristía.
Tal vez, podríamos pasar un poco más de tiempo compartiendo con Jesús nuestra historia y escuchando profundamente la suya.
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Celebrando en Familia - Segundo Domingo de Pascua
La comunidad reunida recibí, con alegría el Espíritu Santo que la transforma (Jn 20:19-31)
Los evangelios de cada domingo de esta cincuentena serán una meditación sobre Jesús como: el Cristo resucitado, que enseña las Escrituras, comparte el pan y da la vida en toda su plenitud, porque él es el camino, la verdad y la vida, la promesa del amor de Dios.
El Evangelio de este domingo nos presenta dos historias de transformación por el encuentro con Jesús resucitado.
En la primera, Jesús se aparece a los discípulos que estaban asustados y desconcertados en una habitación con las puertas cerradas. Sus primeras palabras son: ‘La paz con vosotros’. Entonces, el miedo y el desconcierto se convierten en alegría cuando los discípulos reconocen la presencia de Jesús resucitado en medio de ellos. Pero eso no es todo, luego son enviados a ser misioneros de la paz y el perdón. Reciben el Espíritu Santo, se transforman de un grupo de personas atemorizadas, escondidos en una habitación, en personas valientes que proclaman el amor y la misericordia de Dios.
Sabemos que el miedo genera soledad y encierro en sí mismo. Lo vivimos cada día en estos momentos. Mientras buscamos los medios para mantenernos a salvo nosotros mismos y a los demás, también, estamos tratando que nuestros corazones no se bloqueen.
En nuestra naturaleza humana encontramos algo bueno inherente en ella. Las personas están encontrando nuevas formas de cuidarse mutuamente; por ejemplo: como restaurantes de primera clase ofrecen cientos de comidas para personas pobres, ancianas o aisladas.
U otros muchos ejemplos de personas que transforman el miedo y el desconcierto en momentos de esperanza y de alegría. ¿reconocemos la presencia del Jesús resucitado en estas acciones salvíficas?
La segunda historia del Evangelio de hoy, todos la conocemos es la duda de Tomás; pero, más bien la deberíamos llamar como el Tomás creyente: la duda es solo el inicio de la historia.
Jesús no regaña ni reprende a Tomás. Si Tomas quería pruebas, solo necesitaba tocar a Jesús para sentirlo que es real. Pero Tomás no lo hace, sino que el encuentro personal con Jesús lo transforma de escéptico en creyente.
Este texto evangélico nos recuerda que la fe no consiste en creer con nuestras mentes o en la búsqueda de pruebas, sino que la fe se encuentra únicamente en nuestra relación personal con Jesús.
Quizás estos días nos brinden un poco más de tiempo para sentarnos y conversar con Jesús, para reconocerle ya presente en nuestros corazones, para dejar que nuestros miedos y dudas sean superados por el amor, para encontrar formas nuevas y creativas de transformar la oscuridad en luz, paz y alegría para los demás.
Que la nueva vida que celebramos, en esta cincuentena cincuenta pascual, nos traiga la creatividad del Espíritu que necesitamos para ser en el mundo de hoy el corazón vivo de Dios.
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Celebrando en Familia - El Domingo de Pascua
Un sepulcro vacío
La vida ha cambiado para siempre
Es presencia duradera (Juan 20:1-9)
Cuando una persona muere, una de las cosas que sentimos es su ausencia. La habitación y los lugares donde se sentaba, cuando vivía entre nosotros, están vacías y nuestros corazones se entristecen.
Para nosotros no es una dificultad compartir la sensación de desconcierto y vacío que sintió María Magdalena cuando llegó al sepulcro. Esta es una Pascua, como nunca antes, la habíamos tenido. Sin nuestras celebraciones habituales, junto a la familia y los amigos, podemos sentir realmente un vacío.
Pero, si leyéramos los versículos subsiguientes del Evangelio de Juan, que acabamos de escuchar, nos encontraríamos con una historia rebosante de alegría, María se encuentra con Jesús, el resucitado.
Cuando ella escucha su nombre ‘María’, lo reconoce y su tristeza, su vacío, dan paso a la alegría del encuentro con Jesús.
Es una historia de transformación, cómo pueden cambiar las cosas cuando realmente nos encontramos con Jesús, el resucitado.
En cierto modo, todos estamos atrapados en nuestros sepulcros, que contienen a nuestros seres queridos, nuestras experiencias de dolor, nuestros miedos y ansiedades.
Necesitamos la presencia porque experimentamos la ausencia de estar separados de nuestros seres amados y amigos.
La práctica de la presencia de Dios nos puede ayudar, recordando que estamos en su presencia, podemos hablar con él como se hablan los amigos.
Dios está en medio de nosotros, no importa lo que estemos viviendo, él está presente. Dios es nuestro constante compañero. Si experimentamos profundamente la presencia de Dios en nuestras vidas, que no solo está a nuestro lado, sino que está dentro nosotros. Entonces, los temores, las ansiedades, los dolores comenzarán a desaparecer. Y, donde había ausencia, ahora hay una presencia serena, amorosa, sanadora y nuestros sepulcros comenzaran a vaciarse dando paso a la alegría.
Con la resurrección la muerte da paso a la vida, lo imposible se convierte en posible, la ausencia se transforma en presencia. ¡Que todos vuestros sepulcros estén vacíos!
Celebrando en Familia - El Viernes Santo
Pasión de nuestro Señor Jesucristo
(Juan 18:1 - 19:42)
Jesús salió con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el traidor, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía allí a menudo con sus discípulos. Judas entonces, tomando la patrulla y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo: ‘¿A quién buscáis?’ Le contestaron: ‘A Jesús el Nazareno’. Les dijo Jesús: ‘Yo soy’. Estaba también con ellos Judas el traidor. Al decirles ‘Yo soy’, retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez: ‘¿A quién buscáis?’ Ellos dijeron: ‘A Jesús el Nazareno’. Jesús contestó: ‘Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos’. Y así se cumplió lo que había dicho: ‘No he perdido ninguno de los que me diste’. Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro: ‘Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, e ¿no lo voy a beber?’
Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Ese discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera, a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La portera dijo entonces a Pedro: ‘¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?’ El dijo: ‘No lo soy’. Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose.
El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de la doctrina. Jesús le contestó: ‘Yo he hablado abiertamente al mundo: yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que me han oído, de qué les he hablado. Ellos saben lo que he dicho yo’. Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo: ‘¿Así contestas al sumo sacerdote?’. Jesús respondió: ‘Si he faltado en el hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas’. Entonces Anás lo envió a Caifás, sumo sacerdote.
Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron: ‘No eres tú también de sus discípulos?’ Él lo negó diciendo: ‘No lo soy’. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo: ‘¿No te he visto yo con él en el huerto?’
Pedro volvió a negar, y en seguida cantó un gallo.
Jesús le contestó: ‘¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?’ Pilato replicó: ‘¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te ha entregado a mí; ¿qué has hecho?’ Jesús le contestó: ‘Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí’. Pilato le dijo: ‘Conque ¿tú eres rey?’ Jesús le contestó: ‘Tú lo dices: Soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz’. Pilato le dijo: ‘Y, ¿qué es la verdad?’ Dicho esto, salió otra vez donde estaban los judíos y les dijo: ‘Yo no encuentro en El ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos’ Volvieron a gritar: ‘A ése no, a Barrabás’.
El tal Barrabás era un bandido.
Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar.
Y los soldados trenzaron una corona de espinas se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a Él, le decían: ‘¡Salve, rey de los judíos!’ Y le daban bofetadas.
Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban: ‘Si sueltas a ése, no eres amigo del César. Todo el que se declara rey está contra el César’. Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y lo sentó en el tribunal, en el sitio que llaman ‘El Enlosado’ (en hebreo Gábbata). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos: ‘Aquí tenéis a vuestro Rey’.
Ellos gritaron: ‘¡Fuera, fuera; crucifícalo!’ Pilato les dijo: ‘¿A vuestro rey voy a crucificar?’ Contestaron los sumos sacerdotes: ‘No tenemos más rey que al César’. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.
Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús el Nazareno, el rey de los judíos». Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos le dijeron a Pilato: ‘No escribas ‘El rey de los judíos’, sino “Este ha dicho: Soy el rey de los judíos”. Pilato les contestó: ‘Lo escrito, escrito está.’
Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica; sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron: ‘No la rasguemos, sino echemos a suerte, a ver a quien le toca.’ Así se cumplió la Escritura: ‘Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica’. Esto hicieron los soldados.
Junto a la cruz de Jesús estaba su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo su madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’. Luego dijo al discípulo: ‘Ahí tienes a tu madre’. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.
Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo: ‘Tengo sed’. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: ‘Está cumplido’. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: No le quebrarán un hueso ; y en otro lugar la Escritura dice: Mirarán al que atravesaron.
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo clandestino de Jesús por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.
Celebrando en Familia - El Jueves Santo
Lavatorio de los pies
Compartir el pan y el vino:
El amor manifestado en el servicio
La liturgia de la Jueves Santo es una meditación acerca del vínculo íntimo entre la Eucaristía y el amor cristiano manifestado en el servicio mutuo. Cristo está presente no solo en la Eucaristía sino también en los actos amorosos ofrecidos a los otros a través de nuestra persona.
Hacemos presente la presencia ‘real’ de Jesús en cada sonrisa, en cada palabra amable y en cada acción amorosa.
Celebrando en Familia - Domingo de Ramos
El amor revelado
(Mateo 27:11-54)
Mateo presenta la pasión, no como un acto espantoso, sino como el medio de la salvación.
La cruz forma parte del plan de Dios, no es un trágico error.
Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador y le preguntó: ‘¿Eres tú el rey de los judíos?’. Jesús respondió: ‘Tú lo dices’. Y, mientras lo acusaban, los sumos sacerdotes y los ancianos no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó: ‘¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?’. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado.
Por la fiesta, el gobernador solía liberar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato: ‘¿A quién queréis que os suelte, a ¿Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?’
Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador preguntó: ‘¿A cuál de los dos queréis que os suelte?’. Ellos dijeron: ‘A Barrabás’. Pilato les preguntó: ‘¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?’. Contestaron todos: ‘Sea crucificado’.
Pilato insistió: ‘Pues, ¿qué mal ha hecho?’. Pero ellos gritaban, más fuerte: ‘¡Sea crucificado!’
Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo:
‘¡Soy inocente de esta sangre! ¡Allá vosotros!’.
Todo el pueblo contestó: ‘¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!’. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
Entonces los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte: lo desnudaron y le pusieron un manto color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: ‘¡Salve, rey de los judíos!’. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza.
Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.
Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a llevar su cruz. Cuando llegaron al lugar llamada Gólgota (que quiere decir lugar de ‘la Calavera’), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo.
Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: ‘Este es Jesús, el rey de los judíos’. Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.
Los que pasaban, lo injuriaban, y, meneando la cabeza, decían: ‘Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz’.
Igualmente, los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también diciendo: ‘A otros han salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz y le creeremos Confió en Dios, que lo libre se es que lo ama, pues dijo: ‘Soy Hijo de Dios’.
De la misma manera los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.
Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente: ‘Elí, Elí, ¿lemá sabaqtani?’.
(Es decir: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’).
Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron: ‘Está llamando a Elías». En seguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían: ‘Dejadlo, a ver si viene Elías a salvarlo’. Jesús, gritando de nuevo con voz potente exhaló el espíritu.
[Todos se arrodillan, y se hace una pausa]
El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados: ‘Verdaderamente este era Hijo de Dios’.
Celebrando en Familia - V Domingo de Cuaresma
Dejadle ir libre
(Juan 11:1-45)
En la historia encontramos tres grupos de creyentes: los que creen que Jesús podría haber evitado la muerte de Lázaro (ya que Jesús es un sanador); los que creen en él al ver que resucitaba a Lázaro, y los que, como Marta, creen en Jesús, aunque Lázaro haya muerto.
En este Evangelio, Jesús se declara a sí mismo como ‘la resurrección y la vida’. Lo vemos profundamente afectado por la muerte de su amigo. Lo encontramos orando seriamente a Dios. Lo vemos lleno de fuerza cuando ordena a Lázaro que abandone la tumba
Una cuestión que se menciona poco acerca de este relato es la imagen de amor que lo impregna. El Señor Jesús ha tratado a la samaritana con dignidad,
respeto, dulzura y amor, y ha tendido la mano con amor para curar al ciego sin que nadie lo pidiera. En este relato se aprecia con mucha claridad su amor por Marta, María y Lázaro, y el dolor que experimenta por ese amor.
Esto, una vez más, pone de manifiesto la conexión entre la fe y el amor. Si Juan pretendía con esta narración tranquilizar a su comunidad (aquellos que creen en Jesús), entonces deja claro que ellos también son amados por Jesús, y sugiere de alguna manera que Jesús también lloraría cuando el mal (la enfermedad y la muerte) llegase a sus amigos (los creyentes). El consuelo final es que esta relación amorosa y llena de fe que tenemos con Jesús no solo nos sostiene en la vida, sino que también nos observa a través de los momentos oscuros del sufrimiento y la muerte - en última instancia, a la vida más allá de las restricciones que encontramos en este mundo. Finalmente, seremos libres.
Para mí, las palabras más importantes del Evangelio son:
Desatadle, dejadle ir libre.
La libertad es una de las aspiraciones más profundas de la humanidad. Nos esforzamos por ser libres: de la enfermedad, de las preocupaciones, del miedo, (sobre todo en estos momentos) de las expectativas de los demás, de la culpa, de nuestras faltas, etcétera. La libertad suprema es la libertad de la eterna muerte.
Tenemos conocimiento de que podemos estar físicamente vivos y espiritualmente muertos por la envidia, la codicia, el miedo y el odio. Nos consta que podemos causar la muerte a los demás mediante la mentira, el cotilleo, la mezquindad, la crueldad, la negativa al perdón y similares.
Viviendo el Evangelio nos damos vida, amor y libertad a nosotros mismos y a los demás.
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Celebrando en Familia - IV Domingo de Cuaresma
Camino hacia la luz
(Juan 9:1-41 texto breve)
En la versión completa de este Evangelio, lo primero que leemos es que Jesús anuncia que el hombre está libre de pecado, que ha nacido ciego para que la gloria de Dios se manifieste en él.
A continuación, Jesús da la vista al ciego. Fíjate en que el hombre no pidió ser curado: es la iniciativa de Jesús, que da el primer paso y se acerca a él con amor. De esta manera es como Jesús se acerca a nosotros también.
Cuando el hombre regresa a casa, sus vecinos y amigos no lo reciben con alegría ni le dan la bienvenida. Por el contrario, es recibido con muchas preguntas y sospechas. Parecen ciegos ante lo que le ha sucedido. Estos mismos vecinos y amigos llevan al hombre ante las autoridades religiosas para consultar su opinión sobre la situación. Pero ellos también reciben al hombre con muchas preguntas y grandes sospechas, y finalmente lo echan. También ellos están ciegos ante la obra de Dios, tanto en el hombre como
en Jesús, que lo ha curado.
Jesús se encuentra con el hombre y le pregunta sí cree. El hombre pregunta en quién debe creer. Jesús le responde: ‘En mí’. El hombre, que ahora ve claramente quién es Jesús, cree y adora.
Todo el mundo de este hombre se ha transformado totalmente, de la oscuridad total a la luz, gracias a la acción amorosa de Jesús. Poco a poco, a lo largo de lectura, el hombre se va dando cuenta de quién es Jesús. Al principio, Jesús es simplemente ‘un hombre’, luego ‘un profeta’, después ‘Hijo del Hombre’ y, finalmente, ‘Señor’. Nosotros también podemos estar ciegos ante las muchas formas en que Dios está presente en
nuestras vidas y en las de quienes nos rodean.
Puede llevarnos algún tiempo en nuestro camino de fe, darnos cuenta de quién es Jesús y permitir que nuestras vidas se llenen de luz.
Las velas que utilizamos en nuestras iglesias nos recuerdan la vitalidad y la vida de Cristo que se nos ha confiado. Con nuestras mentes iluminadas y nuestros corazones ardientes por el Espíritu de Cristo, nosotros también desarrollamos una verdadera comprensión y, a medida que el corazón de Dios comienza a latir dentro del nuestro, nos convertimos en luz y calor para los demás ¡Que la luz de Cristo arda con fuerza en nosotros!
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