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Celebrando en Familia - 31 Domingo del Tiempo Ordinario
Una fe sincera y fundamentada
(Mateo 23:1-12)
Las advertencias contra los dirigentes concluyen esta semana. Se trata de la última parte de esta serie de lecturas en las que Jesús critica duramente a diversos grupos de dirigentes que no han sabido comprender en qué consisten realmente la religión y la fe en Dios.
El problema gira en torno a la creencia de que la práctica religiosa es todo lo que se necesita para estar justificado a los ojos de Dios. Sin embargo, según Jesús, en realidad se trata de la conversión, el proceso continuo de volverse hacia Dios. Poco a poco, a medida que nuestros corazones son transformados por el Espíritu Santo, llegamos a ver con los ojos de Dios y a sentir con el corazón de Dios. Por eso Jesús insiste en que lo importante es lo que hay en el corazón, no cuántas leyes religiosas se cumplan.
Los escribas y fariseos tienen una visión ‘unidimensional’ y estrecha de la religión y la fe. La visión de Jesús abarca a toda la persona en el camino de la fe. Como dice San Pablo en la Carta a los Romanos: la fe es un camino para rehacerse a imagen y semejanza de Cristo. Cambia y transforma cada parte de nosotros.
Ningún verdadero creyente puede vivir como si la fe y la vida estuvieran separadas. A menudo, los líderes civiles contemporáneos desean que la Iglesia limite sus comentarios únicamente a las cosas ‘religiosas'. Para nosotros, todas las dimensiones de la vida forman parte de nuestro marco religioso: social, política, económica, física, psicológica, mental y espiritual.
Todas ellas se contemplan desde la perspectiva de nuestra fe. Como dijo el Papa Juan Pablo II: “La luz del Evangelio debe incidir en todos los aspectos de la vida humana”. Nuestro sentido moral de lo que está bien y lo que está mal se desarrolla a medida que reflexionamos sobre las cuestiones de la vida humana a la luz del Evangelio.
La nuestra nunca es una actitud de «todo vale en el amor y en la guerra». Sea cual sea el problema, o la esfera de la actividad humana en la que estemos implicados, nuestras palabras y acciones deben ser siempre fieles a los valores de nuestra vida cristiana.
Con Cristo como único maestro aprendemos los caminos de la sabiduría y del amor. Aprendemos a vivir, no según los valores del mundo, sino según los valores del Espíritu.
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Celebrando en Familia - 30 Domingo del Tiempo Ordinario
Amar a Dios y al prójimo
(Mt 22:34-40)
Una vez más, leemos en el Evangelio como los fariseos se reúnen para poner a prueba a Jesús. Las opiniones y los argumentos, acerca del cuál era el mandamiento más importante, eran comunes entre los fariseos y los rabinos se preguntaban frecuentemente al respecto.
Claramente, aquellos que le hicieron esta pregunta a Jesús tenían la intención de desconcertarlo, hacerlo caer en una trampa para desacreditarlo.
Jesús no elude la pregunta: va directamente al meollo del asunto.
El amor a Dios y el amor al prójimo se unen en un ‘gran mandamiento”. Al negarse a dar una respuesta de “esto o lo otro”, Jesús, como lo hizo la semana pasada, pone dos cosas separadas en una relación correcta. El amor a Dios y el amor al prójimo van juntos. Por eso, la primera lectura del libro del Éxodo nos advierte contra el maltrato a los emigrantes, a las viudas y a los huérfanos y nos habla sobre la manera correcta de los préstamos y las promesas. La advertencia viene de los labios de Dios. No es solamente una buena postura de filosofía social, es la exigencia de vivir nuestra fe.
Esto significa que verdadera fe, como nos enseña Jesús, se trata de tener una relación amorosa con Dios y con los otros. Los rituales religiosos están destinados a reflexionar, saborear, recordar, celebrar y expresar ese amor. Sin embargo, a veces, los ritos son ‘vacíos’ cuando el amor ha sido reemplazado por el miedo o cuando el amor está ausente.
El Reino de Dios no es un lugar lejano, sino los momentos en que la vida de Dios irrumpe en la historia humana. Esos momentos traen amor, sabiduría, gracia, compasión, generosidad, perdón y paz. Quienes practican las cosas de Dios reconocen la presencia de Dios, sobre todo, en las relaciones amorosas. Si nuestros ritos surgen y expresan nuestro amor sincero por Dios y el prójimo, entonces, tienen valor. Siempre corremos el riesgo de anteponer el ritualismo a la práctica del amor.
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Celebrando en Familia - 29 Domingo del Tiempo Ordinario
La imagen de Dios
(Mateo 22:15-21)
La historia del Evangelio de Mateo no desea mostrar la respuesta inteligente de Jesús, sino, más bien, su imagen de Dios.
Aun conociendo la trama de los fariseos y de los herodianos, Jesús no se niega a dialogar con ellos.
Él es la Palabra de Dios siempre dispuesto a conversar con los seres humanos e incluso con los que conspiran contra él.
Al no responder directamente a la pregunta que se le hizo, Jesús deja la respuesta en manos de quienes preguntan. Él no viene con una lista de soluciones para cada dificultad humana. La atención profunda a la Palabra y el discernimiento (el don del Espíritu) nos ayudan a responder, según el mensaje de Jesús, lo que es correcto en cada situación.
Dios no desea imponerse, al contrario, desea capacitarnos para vivir como imagen y semejanza de Dios.
Quizás las palabras de Jesús que la moneda lleva la imagen del Cesar pertenecen al Cesar significa, también, que las cosas llevan la imagen de Dios y pertenecen a Dios, incluidos los seres humanos y toda la creación. Quizás, por eso, Jesús no rehúye a sus interrogadores, los reconoce por lo que son: imagen y semejanza de Dios.
Pensando en las tres parábolas que hemos escuchado en las últimas semanas podemos decir que la idea de devolver a Dios lo que es de Dios puede entenderse como devolver el amor, la generosidad, la justicia y la bondad que hemos recibido de Dios. Así como Dios no perdió nada al darnos estos dones, nosotros tampoco perdemos nada al hacerlos realidad en nuestras vidas, para que otros también puedan compartir la vida de Dios a través de nosotros.
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Celebrando en Familia - 28 Domingo del Tiempo Ordinario
Invitaciones rechazadas y aceptadas
(Mt 22:1-14)
El Evangelio de hoy es la tercera de las parábolas dirigidas a los sumos sacerdotes y ancianos. Narrada en el contexto de un banquete de bodas ofrecido por un gran Rey. Es una parábola en tres partes.
La primera parte se centra en la amable invitación de Dios y el rechazo indiferente y, a veces, violento por parte de los primeros invitados (los líderes religiosos y laicos).
La segunda parte: La invitación de Dios, rechazada por los primeros a los que se ofreció, se ofrece ahora a otros, buenos y malos por igual (los pecadores).
Tercera parte: la historia del invitado sin traje de bodas (el que acepta la invitación, pero no cambia -un poco como el hijo de la primera parábola que dijo “Sí”, pero no fue a la viña).
El traje de bodas es símbolo de una vida convertida y llena de buenas obras.
El sentido de la última línea del Evangelio: “Muchos son los llamados y pocos los elegidos”, es que todos están llamados a la salvación, pero solo la tienen los que aceptan la invitación y cambian y realizan buenas acciones. No hay lugar para la complacencia.
Las tres parábolas evangélicas de los tres últimos domingos tratan de la conversión. La conversión no es solamente alejarse del pecado, sino una reorientación radical de la propia vida (volverse) hacia Dios. El arrepentimiento no consiste tanto en lamentar los pecados pasados como en un cambio total de dirección. La conversión es imposible para los santurrones porque no creen que la necesiten. La dureza de corazón y el rechazo a escuchar son dos grandes pecados bíblicos.
En las tres parábolas, San Mateo exhorta a su comunidad a buscar la verdadera justicia, la que procede de la conversión y el arrepentimiento, la que fluye al permitir que la visión de Dios llene sus ojos y sus corazones. El Reino les ha sido confiado, deben producir su fruto de buenas obras a través de una vida de continuo volverse hacia Dios.
Corazones duros, oídos tapados, ojos ciegos, negarse a cambiar son el camino hacia la muerte.
Nosotros somos los que elegimos la Vida.
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Celebrando en Familia - 27 Domingo del Tiempo Ordinario
Administradores del don de Dios
(Mateo 21:33-43)
En la parábola del domingo pasado, Jesús se dirigió a los sacerdotes y a los ancianos de Jerusalén con un mensaje de que “la acción habla más que las palabras”.
Este domingo, Jesús continúa su discurso para ellos, utilizando el mismo mensaje en otra parábola.
En la parábola de esta semana se nos pregunta cómo hemos usado los dones que Dios nos ha confiado. Es esencialmente una parábola sobre la administración.
Dios nos ha confiado el Reino, individual y comunitariamente. Se espera que cultivemos y gestionemos en esta vida el Reino de tal manera que dé buenos frutos, frutos que debemos presentar a Dios, el ‘propietario de la viña.
No hay nada en la parábola que indique que haya habido algún producto real para que el propietario lo recolectara. Puede ser que los viñadores simplemente hayan descuidado el maravilloso viñedo, dejándolo en ruinas.
A cada uno de nosotros se nos ha dado, no solo el don de la vida, sino la riqueza proporcionada por la gracia de Dios: el Reino de Dios. De hecho, hemos sido privilegiados. Sin embargo, con este privilegio viene la responsabilidad y, en última instancia, somos los responsables ante Dios por la manera en que usamos o descuidamos el Reino interior.
Tenemos que convertirnos en un pueblo que produzca los frutos del Reino: amor, misericordia, justicia, perdón, tolerancia, esperanza, alegría, obras de caridad.
¿Qué haremos con el Reino que se nos ha confiado?
Recemos para que podamos dejar los diversos ‘viñedos’ de nuestro mundo en mejores condiciones de como nos los dieron.
Desarrollemos y mantengamos nuestra conciencia, busquemos las oportunidades de contribuir y luego hagamos un uso razonable de los dones y la gracia que Dios nos ha dado, permitiendo que la gracia de Dios se manifieste en nuestro trabajo y, a través de nosotros en el mundo.
Somos los administradores del Reino y de la gracia de Dios. No desperdiciemos un regalo tan grande.
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Celebrando en Familia - 26 Domingo del Tiempo Ordinario
Desobediencia-obediencia
(Mt 21:28-32)
En los próximos tres domingos escucharemos tres parábolas en las que Jesús, habiendo expulsado a los vendedores del Templo, se dirige los sacerdotes y ancianos de Jerusalén. Estas “parábolas de juicio” expresan el juicio de Dios contra Israel, especialmente para sus líderes, por el rechazo a Jesús.
Sin embargo, este mensaje también es para nosotros.
En la parábola de este domingo, el mensaje no podría ser más simple: las acciones hablan más que las palabras.
Los publicanos y las prostitutas se comportaron como el primer hijo. Inicialmente le dijeron que no a Dios, pero al escuchar la predicación de Juan el Bautista se convirtieron e hicieron lo que agrada a Dios.
Los sumos sacerdotes y los ancianos son como el segundo hijo. Ellos también escucharon la predicación de Juan y vieron las respuestas de los recaudadores de impuestos y las prostitutas, pero no cambiaron. Fingieron aceptar a Dios, pero se negaron a aceptar el mensaje de Juan. Por tanto, son los recaudadores de impuestos y las prostitutas los que entrarán en el Reino de Dios antes que los sumos sacerdotes y los ancianos.
Es fácil decir que vamos a hacer algo para complacer a alguien. Pero el verdadero honor es hacerlo. Si realmente queremos honrar a nuestro Dios, debemos encontrar las maneras de realizar su voluntad. A veces no será fácil, a veces nos dejará fuera de combate.
No estamos llamados a ser ‘policías’ de la misericordia de Dios, a decidir quién la merece o quién no la merece. Si verdaderamente hemos escuchado la Palabra de Dios, estaremos más preocupados por propagar el reino de la misericordia y del amor de Dios a todos, especialmente a los más despreciados del mundo.
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Celebrando en Familia - 25 Domingo del Tiempo Ordinario
La enloquecedora generosidad de Dios
(Mateo 20:1-16)
Para muchos, la parábola que Jesús narra en el Evangelio de hoy les parece profundamente injusta.
¿Por qué deben los que han trabajado poco recibir el mismo salario que los que trabajaron todo el día?
La respuesta la encontramos en la primera lectura: porque mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos. A menudo en las Escrituras, Dios parece tener una forma totalmente diferente de abordar las cosas que la mayoría de nosotros.
La parábola presenta a Dios como un terrateniente que sale en cinco momentos diferentes durante el día para contratar trabajadores para su viñedo.
Con los trabajadores de la primera hora llega a un acuerdo de un denario por el trabajo de la jornada, era el salario diario habitual de un trabajador. A los trabajadores que contratan más tarde se les promete un ‘salario justo’. ¡Pero cuando llega el momento del pago, reciben el pago de un día completo a pesar de que algunos han trabajado solo una hora!
Generalmente, los más jóvenes y los más aptos son contratados primero y los trabajadores más viejos y débiles quedaban para el final. Pero Dios no parece demasiado preocupado por la condición en la que se encuentran los trabajadores o por la hora del día.
Los últimos contratados deben haber estado encantados de haber recibido su inesperada paga de un salario de jornada completa.
Para ellos, era más un regalo que un salario por el tiempo trabajado. Los ‘madrugadores’ fueron víctimas de unas ‘expectativas crecientes’ pensando que obtendrían más.
Dándole el mismo ‘salario’ tanto a los primeros como a los últimos, el terrateniente los ha hecho a todos iguales: todos son iguales beneficiarios de la amable invitación de Dios al Reino. Hay un lugar para todos en el Reino, incluidos los que a menudo se quedan atrás en el mundo: los pobres, los enfermos, los discapacitados.
La vida en el Reino no es una recompensa por las largas horas de trabajo. Es un regalo: no se puede ganar, pero se obtiene respondiendo a la elección que Dios hace de nosotros, sin importar en que condición nos encontramos, si somos los madrugadores o los que llegamos tarde.
La forma de pensar y actuar de Dios es muy diferente a la forma de pensar y actuar de los humanos.
La parábola también se puede interpretar como una expresión práctica de cómo amar al prójimo - con generosidad y compasión, sin considerar si merece nuestra bondad o no - porque el discípulo de Jesús debe pensar y actuar como Dios.
Esta parábola encaja perfectamente con la idea bíblica de la justicia, que está fuertemente sesgada a favor de los que "no tienen": las viudas, los huérfanos, los pobres, los ciegos, los cojos, los pecadores, etc. Nadie queda fuera de la mirada amorosa de Dios.
La extravagante y enloquecedora generosidad de Dios es muy diferente a la forma mezquina y exigente como nos tratamos.
El sentido de equidad y Justicia de Dios es mucho más amplio y rico que el nuestro. Eso es lo que se supone que es la vida en el Reino de Dios.
Como el domingo pasado, la gran bondad, paciencia y misericordia en Dios en nuestra conciencia es la que nos ayuda a actuar de la misma manera: ver con los ojos de Dios, sentir con el corazón de Dios y actuar con la intención de Dios.
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Celebrando en Familia - 24 Domingo del Tiempo Ordinario
Una familia formada en el perdón - Parte 2
(Mt 18:21-35)
El evangelio de hoy es la continuación de la lectura del domingo pasado, que nos enseñaba como enfrentar las diferencias y las disputas.
Pedro ha entendido la enseñanza del Evangelio del domingo pasado (perdón y cuidado pastoral), pero desea conocer los límites: ¿Perdonar a alguien siete veces es suficiente? La respuesta de Jesús indica que no debería haber límite para el número de veces.
Luego, él narra la parábola sobre el perdón y la gratitud.
No hay duda que el perdón genuino, el perdón de corazón, es un verdadero desafío. Cuanto más nos hiere otra persona, más difícil es perdonarla. El perdón es un proceso más que un momento. Llegamos a perdonar poco a poco, a veces nos cuesta un largo período de tiempo.
Si podemos orar por quienes nos lastiman, ya hemos dado el primer paso en el camino hacia el perdón. El perdón no implica que lo que hizo una persona estuvo bien.
La idea bíblica del perdón se basa en la conciencia de la extraordinaria compasión de Dios hacia nosotros. Dios no tiene en cuenta nuestro pasado, el tema de la primera lectura de hoy Pero esa acción de Dios debe encontrar su resonancia en cómo nos comportamos los unos con los otros. Solo tendrá esa resonancia cuando experimentemos personalmente el amor abrumador de Dios por nosotros. Eso es lo que nos une a una relación con Dios y a actuar con los demás como Dios ha actuado con nosotros.
Esa experiencia de la compasión de Dios genera en nosotros una gratitud que nos permite perdonarnos unos a otros.
Para el discípulo de Jesús, el perdón debe ser real y genuino - desde el corazón - y construido sobre la conciencia de la compasión y misericordia de Dios hacia nosotros. Por eso, Jesús incluye en su gran oración perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Si Dios nos ha perdonado, debemos perdonarnos los unos a los otros.
No vivimos nuestra vida cristiana en una especie de isla de la fantasía, llena de pensamientos piadosos y hermosos sueños. La vivimos en realidades, a veces duras, y en situaciones difíciles que enfrentan a los seres humanos.
Como la vivamos dependerá del grado de conciencia que tengamos de Dios en nuestra mente y en el corazón.
La vida real es un campo de prueba de la fe.
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Celebrando en Familia - 23 Domingo del Tiempo Ordinario
Una familia formada en el perdón
(Mt 18:15-20)
El capítulo 18 del Evangelio de San Mateo es conocido, a menudo, como el Sermón acerca de la Iglesia. Contiene la enseñanza de Jesús sobre la vida de la comunidad cristiana.
La lectura de hoy detalla, nos explica la forma de cómo se puede tratar las diferencias y las disputas. Le precede la Parábola de la oveja perdida, cuyo contenido es la preocupación por buscar y traer de vuelta a la que se pierde.
De la misma manera, resolver las disputas no se trata de tener razón y castigar al ofensor, sino de conversión y reconciliación.
Es un proceso de tres etapas que pasa del diálogo individual a un grupo pequeño que trata de resolver las cosas, a la participación de toda la comunidad en el discernimiento y la decisión.
Tradicionalmente, hemos entendido las palabras «si desoye a la comunidad, considéralo como al pagano y al publicano», en el sentido que la persona debe ser expulsada o excomulgada de la comunidad.
Sin embargo, Jesús era conocido por compartir las comidas con recaudadores de impuestos y pecadores y llamó a uno de ellos, Mateo, a su círculo íntimo de discípulos. Al final del Evangelio, Jesús instruye a los discípulos que no rechacen a los paganos, sino que los inviten a convertirse en hijos de Dios. La excomunión tampoco parece encajar con los sentimientos del Padre Nuestro sobre el perdón.
La parábola de la oveja perdida inmediatamente antes de este pasaje parece indicar que la Iglesia, siguiendo el ejemplo de Jesús, nunca debe renunciar a ninguna de las ovejas, especialmente a las perdidas. Tiene la responsabilidad de intentar recuperarlas.
El siguiente versículo sobre ‘atar y desatar’ extiende a la comunidad el poder de la toma de decisiones autorizadas, dado a Pedro y a los discípulos en el Evangelio de hace dos domingos. Esta toma de decisiones sigue a la discusión y el discernimiento de la comunidad sobre lo que se debe hacer.
Si los miembros de la comunidad oran y disciernen juntos sobre cómo recuperar al perdido, su oración será escuchada, incluso si solo dos oran. Jesús recuerda entonces que siempre que, si los miembros de la comunidad se reúnen en su nombre, él está presente con ellos.
Compartimos una responsabilidad común por la vida y la fe de los otros y por nuestra comunidad en su totalidad. Nuestra presencia, ejemplo y oración, animan y confirman la fe y la vida de Jesús en medio de nosotros.
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Celebrando en Familia - 22 Domingo del Tiempo Ordinario
Encontrar la verdadera vida
(Mt 16, 21-27)
¡Qué contraste hay entre el Evangelio del domingo pasado, cuando se proclamó a Pedro como la "roca" sobre la que se edificaría la Iglesia, y este domingo cuando Jesús lo reprende por ser una roca diferente, una "piedra de tropiezo"!
Cuando Jesús comienza a hablar de su sufrimiento, muerte y resurrección, es algo que Pedro no puede afrontar: «¡Ni se te ocurra, Señor!». Esto es exactamente lo que temía Jesús, cuando obligó a los discípulos a guardar silencio acerca de su verdadera identidad, el domingo pasado. Tenía miedo de que pensaran en él como un guerrero que liderase un levantamiento victorioso contra la ocupación romana en Israel -la imagen popular de un Mesías- en tiempo de Jesús.
La semana pasada, Jesús proclamó a Pedro «bendito» debido a la revelación que Dios le dio de quien es Jesús. Ahora, Pedro es «Satanás» porque no piensa como Dios, sino que su pensamiento es de los hombres. ¿Podemos asimilar tener un rey «pastor» en lugar de un rey «guerrero» como nuestro Dios y Salvador?
Entonces, Jesús comienza a hablar sobre el llamado al discipulado. En primer lugar, es una elección libre. El discipulado no es algo que se pueda imponer a las personas. En segundo lugar, el discípulo debe aprender a poner a Dios y a los otros en el centro de su vida. Esta no es una idea piadosa. Las personas en relaciones verdaderas y amorosas, especialmente los padres, saben exactamente lo que significa «tomar su cruz» y seguir a Jesús haciendo actos de servicio amorosos todos los días, para anteponer las necesidades de los demás a las suyas. Estas personas salvan sus vidas al vivir la vida humana como Jesús enseñó y como Dios quiso.
Aquellos que intentan «salvar» sus vidas mediante el poder, la riqueza y una vida cómoda, eventualmente pierden la poca vida que tienen. Nadie puede prevenir el momento de la muerte cuando todo esto se despoja y pierde sentido. Esto es lo que significan las palabras acerca de ganar el mundo y arruinar la vida.
Al final del día, la fidelidad del discípulo, manifestada en hechos amorosos, será recompensada.
Lo que Jesús dice sobre el discipulado es una manera muy diferente de vivir, totalmente opuesto a los valores de la sociedad moderna, pensamos que tenemos el control de nuestro destino, donde la vida consiste en acumular riquezas y vivir plácidamente para nosotros mismos en lugar de vivir para los otros.
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