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Celebrando en Familia - 24 Domingo del Tiempo Ordinario
Pérdida, encontrado y celebración
(Lucas 15,1-32)
Las tres parábolas que se narran en el Evangelio de esta semana comparten una línea en común: pérdida, encontrado y celebración.
Jesús cuenta estas parábolas en el contexto de una comida compartida con los “recaudadores de impuestos y pecadores”. Los escribas y fariseos se quejan de que Jesús acoge a los pecadores y come con ellos. Jesús cuenta estas parábolas para explicar sus acciones e invitar a los escribas y fariseos a una nueva comprensión del amor y de la misericordia.
Las parábolas de la oveja perdida, de la moneda perdida y de los hijos perdidos comparten un tema en común: que la misericordia de Dios supera todas las restricciones humanas y religiosas sobre cómo debe actuar Dios con los pecadores.
Son historias de amor y misericordia abundantes e inmerecidos. ¿Qué pastor en su sano juicio abandonaría noventa y nueve ovejas sanas para ir tras una perdida? ¿Qué mujer se pasaría todo el día poniendo la casa patas arriba para encontrar una moneda de poco valor? ¿Qué padre recibirá con alegría a un hijo derrochador e irrespetuoso? ¿Qué hermano hará lo mismo? Puede que los escribas, los fariseos y nosotros mismos no lo hagamos; pero Dios sí.
El Evangelio ofrece no solo la esperanza de la misericordia y el perdón de Dios, sino la certeza de ello.
Estas tres parábolas son también una invitación a los escribas y fariseos, y a nosotros, a unirnos a la misión de misericordia de Jesús; a comportarnos como Dios se comporta con nuestros hermanos -con misericordia y perdón- y a acoger a todos en la gran fiesta.
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Celebrando en Familia - 23 Domingo del Tiempo Ordinario
La verdadera realidad
(Lucas 14,25-33)
Hay muy poco que sea real en la llamada “reality TV”.
De hecho, sabemos que las situaciones y circunstancias son muy artificiales. Se tiende una trampa deliberadamente para que la gente fracase, se alimentan las tensiones y a menudo se explota a los concursantes emocional y físicamente.
El Evangelio de hoy contiene una fuerte dosis de realidad sobre lo que se requiere para ser un discípulo de Jesús.
Las palabras de Jesús tienen que leerse con el trasfondo de la vida del Reino a la que Dios nos invita y el mensaje central de Jesús de que debemos que poner a Dios en el centro de nuestros corazones.
El lenguaje sobre el odio a los miembros de la familia e incluso a nuestra propia vida proviene de un modismo semítico que expresa preferencia. Si prefieres a una persona o cosa sobre otra, se dice que «amas» a la primera y «odias» a la segunda. El Evangelio no nos llama a odiar ni a nuestros familiares ni a nosotros mismos.
Cuando dejamos que la presencia de Dios inunde nuestro corazón y nuestra mente, todos los demás aspectos de nuestra vida, incluidas nuestras relaciones, encuentran un lugar adecuado. Las relaciones se vuelven más genuinas y menos explotadoras; las posesiones tienen menos poder sobre nosotros y empezamos a compartirlas más generosamente, nuestra necesidad de poder y estatus se desvanece.
Sin embargo, hacer esto no es fácil. Requiere muchas decisiones diarias, elegir, ver con los ojos de Dios, sentir con el corazón de Dios y actuar según la visión de Dios para la vida humana: elegir el amor sobre el odio, la generosidad sobre el acaparamiento, dejar de lado el poder y el estatus y estar al servicio real de nuestras hermanas y hermanos. En eso consiste «llevar la cruz». Jesús advierte que se trata de un camino difícil y exigente, y que el discípulo tiene que tener la mente despejada y estar dispuesto a asumir la tarea.
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Celebrando en Familia - 22 Domingo del Tiempo Ordinario
Invitación a Cenar
(Lucas 14,1.7-14)
No es casualidad que los Evangelios narren muchos episodios de comidas compartidas, banquetes de bodas y alimentación milagrosa. En las Escrituras, las comidas siempre tienen algo que ver con la gran comida: el eterno banquete de bodas.
Celebramos la comida sagrada de la Eucaristía anticipando la fiesta eterna de la comunión continua con Dios.
En este episodio del Evangelio, Jesús ha sido invitado a una comida en casa de un importante fariseo. Lucas nos dice que observaban a Jesús con atención. Sin duda, están tratando de formarse una opinión sobre él y su enseñanza.
También Jesús está observando atentamente y ve cómo los asistentes a la comida eligen fácilmente los puestos de honor. El hecho de que Lucas llame a las palabras de Jesús “parábola” nos alerta sobre el hecho de que se trata de algo más que un buen consejo sobre cómo evitar la vergüenza en una cena en la antigüedad.
Resulta que la parábola trata de la fiesta en el Reino de Dios. En el Reino, las convenciones habituales de este mundo se invierten por completo, de manera que los que se exaltan serán humillados y los que se humillan serán exaltados; los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.
No es la riqueza, el poder, el estatus social lo que nos hace ganar un lugar elevado en el banquete eterno, sino el buen trato (el servicio humilde) a los más desfavorecidos. Ser hospitalario con los pobres y los desfavorecidos hace que la persona obtenga la única acogida que realmente importa: la acogida en la hospitalidad eterna de Dios.
El verdadero discípulo actúa con los demás con la misma amplitud de corazón que Dios. La humildad nos permite abrirnos al corazón de Dios, y la mansedumbre es el modo imitar su amor.
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Celebrando en Familia - 21 Domingo del Tiempo Ordinario
La puerta estrecha
(Lucas 13,22-30)
Es una sensación horrible encontrarse con la puerta estrecha de la casa. Puede infundir pánico. ¿Qué voy a hacer ahora?
Es aún peor si los que están adentro no te dejan entrar, o ni siquiera te reconocen. Peor aún si la casa está llena de extraños.
No hay que confundir el sentido de la advertencia en este pasaje del Evangelio de Lucas.
A lo largo de las últimas semanas, el Evangelio ha presentado a Jesús en su viaje a Jerusalén y su enseñanza sobre cómo vivir nuestra vida como discípulos y las difíciles decisiones que ello implica. Las lecturas de esta semana continúan en esta línea y señalan la dificultad de ser auténticos con Dios y estar preparados.
Si no estamos bien preparados, seamos quienes seamos, no veremos el Reino de Dios; recordemos las frases de las últimas lecturas del Evangelio: «Estad preparados», «lámparas encendidas», «ceñirse la túnica».
La enseñanza de Jesús en los pueblos y aldeas despierta la sensación de que las cosas se acercan a un punto culminante. Esto provoca la pregunta de cuántos se salvarán. Jesús se niega a especular sobre las cifras, si no que convierte la pregunta en una advertencia para no desperdiciar la oportunidad mientras está disponible. De lo contrario, una persona puede muy bien encontrarse encerrada fuera.
A través de lo que Jesús realizará en Jerusalén, todos tendrán la oportunidad de formar parte de su reino. Él abrirá la puerta.
Ser un discípulo no consiste en seguir a Cristo solo de nombre.
Nuestra relación con Jesús no se consigue por conocimiento casual de sus palabras y acciones, sino por una conversión profunda (arrepentimiento): la «puerta estrecha». Por lo tanto, tenemos que intentar honesta y decididamente vivir nuestra humanidad, nuestras preocupaciones sociales y nuestra fe mediante la acción y la oración, a la luz de Cristo, en su espíritu y según sus enseñanzas.
El discípulo solo puede participar plenamente en la vida de Cristo a través de una verdadera conversión del corazón: esa es la «puerta estrecha» por la que entramos en el Reino, nuestro verdadero hogar.
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Celebrando en Familia - 20 Domingo del Tiempo Ordinario
La angustia del Profeta
(Lucas 12:49-53)
A veces podemos sentirnos abrumados por la vida. Los sentimientos de miedo, incertidumbre y ansiedad burbujean bajo la superficie. A veces, esos sentimientos llegan a la superficie en una explosión de palabras y acciones.
En este pasaje del Evangelio nos encontramos con la sorprendente imagen de Jesús angustiado por su misión y por lo que le espera. Su afirmación de que él, el Príncipe de la Paz, no ha venido a traer la paz, sino la división, la confrontación.
Justo al principio de este pasaje, Jesús dice que ha venido a traer fuego a la tierra y desea que ya esté ardiendo. El ‘fuego’ del que habla Jesús es el fuego del Espíritu Santo; el fuego que derrite todo lo que no es de Dios. Pero el Espíritu Santo no se dará hasta después de que Jesús haya afrontado y soportado su destino (pasión y muerte) en Jerusalén. Tal vez nosotros, que ahora vivimos con la presencia del Espíritu, tengamos que preguntarnos: ‘¿Qué es lo que todavía tiene que fundirse para que solo quede en nosotros la presencia real de Dios, purificada de codicia, ambición, egoísmo, etc.?’ También podríamos preguntarnos: ‘¿Dónde está la pasión de Dios en mi vida?’
Jesús también habla de un «bautismo» que aún debe recibir. No se refiere al sacramento del bautismo. El ‘bautismo’ era una palabra bíblica utilizada para describir acontecimientos turbulentos y potencialmente abrumadores que, como un mar agitado, amenazan con engullirnos. Una vez más, se trata de una referencia a su sufrimiento y muerte próximos. Jesús está angustiado y desea claramente que todo haya terminado ya.
Siguiendo con el Evangelio del domingo pasado, el discípulo está llamado no solo a estar preparado y permanecer fiel a su empleo (llamada), sino también a mantenerse firme frente a la oposición. La paz no debe ganarse a cualquier precio (por ejemplo, comprometiendo la palabra de Dios).
Los cristianos nunca deben esperar que el discipulado les facilite la vida. Lejos de librarnos de las dificultades de la vida, nuestro discipulado tiende más bien a sumergirnos en las cuestiones difíciles y conflictivas que nos afectan a nosotros y a los que nos rodean. Habrá división y discordia a causa de la Palabra que se predica y de los valores que sostenemos, a veces incluso entre los más cercanos a nosotros.
Compartir el bautismo de Jesús es compartir con él su pasión y resurrección. Conlleva responsabilidades importantes (permanecer fieles a la palabra de Dios) y a veces significa que somos incomprendidos o incluso castigados por cumplir con esas responsabilidades.
Seguir a Jesús es hablar de la palabra de Dios, en lo que decimos y en nuestras acciones.
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Celebrando en Familia - 19 Domingo del Tiempo Ordinario
Estar preparados, permanecer fiel
(Lucas 12:35-39)
A veces en la vida nos encontramos cautivados por una causa o un proyecto concreto y le dedicamos un gran entusiasmo y pasión. Sin embargo, con el paso del tiempo, podemos descubrir que nuestro entusiasmo se desvanece y nuestra pasión se enfría. Otras cosas empiezan a tener prioridad.
Al igual que en el Evangelio de la semana pasada, estar preparados y permanecer fieles es el objetivo del pasaje del Evangelio de esta semana.
Acumular tesoros a la vista de Dios es una buena preparación. Acumular tus posesiones en graneros cada vez más grandes no lo es.
Estar preparado es estar abierto a la venida del Señor. Estar vestido para la acción, con las lámparas encendidas y listo para abrirle la puerta, es el antídoto para no centrarse demasiado en las posesiones materiales, el estatus y el poder.
Los siervos fieles que están listos cuando el amo regresa son notablemente bendecidos por el amo que, en persona, los sentará y los atenderá. Una clásica inversión de los roles tradicionales.
La comunidad de Lucas (y otras comunidades primitivas) se estaba acostumbrando poco a poco a la idea de que la segunda venida de Jesús, que habían sentido que ocurriría ‘cualquier día de estos’, parecía retrasarse. Los problemas estaban surgiendo en la comunidad, ya que los responsables y otros parecían estar ‘perdiendo el interés’. De ahí las palabras ‘estén listos’, ‘encuentre en vela’, ‘con las lámparas encendidas’ y ‘con la túnica puesta.
La parábola de los siervos es una llamada a permanecer fieles y en actitud de alerta para el regreso del amo.
La parábola plantea la pregunta: ‘¿Cómo deben comportarse los discípulos entre las dos venidas de Jesús?’ Al igual que un padre de familia, debemos estar atentos y pendientes de la presencia de Jesús.
Aunque el texto se refiere al regreso final de Jesús, también podemos pensar en estar alerta y vigilantes para los momentos en que la presencia de Jesús irrumpe de repente en nuestras vidas: en un amigo enfermo, un mendigo en la calle, una persona necesitada, un momento de oración o reflexión.
Como creyentes, queremos hacer todo lo posible para construir la comunidad, el Cuerpo vivo de Cristo en nuestro mundo, y permitir que el Evangelio transforme nuestras vidas, lo que se manifiesta en nuestra cercanía a Dios y en las buenas obras que sirven a los demás.
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Memoria del B. Isidoro Bakanja, Mártir
12 de agosto Memoria libre
Nacido entre el 1880 y el 1890 en Bokendela (Zaire), en la tribu de los Boangi. Desde pequeño, para vivir tuvo que trabajar como albañil o en los campos. Se convirtió al cristianismo en 1906.
Celebrando en Familia - 18 Domingo del Tiempo Ordinario
Falsa seguridad
(Lucas 12:13-21)
Frecuentemente, somos conscientes de la vulnerabilidad e incertidumbre de la vida. Las cosas pueden cambiar de repente.
No sabemos qué pasará hoy, mañana o incluso dentro de unos momentos. Este tipo de experiencias pueden provocarnos una profunda ansiedad, y buscamos de protegernos a nosotros mismos y a lo que poseemos contra los acontecimientos adversos de la vida. No es solo un problema para las personas pudientes como el hombre rico del Evangelio de hoy. Puede ser un problema para todos nosotros.
Parece que tenemos la necesidad instintiva de construir una sensación de seguridad acumulando bienes y riquezas.
El Evangelio de Lucas se centra en que no hay nada más destructivo para la vida y la humanidad que la necesidad de adquirir, retener y aumentar la riqueza.
El problema no son las riquezas que poseemos, sino que nuestra necesidad de poseerlas se interpone en nuestra relación con Dios, nuestra única y verdadera seguridad.
Esa misma necesidad también se interpone en nuestra preocupación por los demás.
Nos volvemos reacios a compartir lo que tenemos por si algún día lo necesitamos.
En muchos sentidos, el Evangelio trata de la orientación fundamental de la vida de un discípulo: ¿vivimos para nosotros mismos y nuestras posesiones, o para Dios y el Reino? ¿Somos dueños de nuestras posesiones, o ellas son nuestras dueñas? ¿Qué es lo que más valoramos en la vida?
El afán por las cosas materiales nos distorsiona, reduce nuestra atención y corrompe nuestro sentido moral. Como discípulos de Jesús, tratamos de mantener a Dios en el centro de nuestras vidas. En el Bautismo y en la Confirmación nos comprometemos a ser trabajadores voluntarios con Dios para hacer realidad los sueños y las esperanzas de Dios para todos nosotros.
Una vida exitosa a los ojos de Dios no consiste en acumular tesoros materiales para nosotros mismos (la parábola del hombre rico en el Evangelio de este domingo), sino en ser una fuente de tesoros reales para los demás (la parábola del siervo en el Evangelio del próximo domingo). Muy a menudo, las oraciones de la misa piden a Dios que nos ayude a utilizar sabiamente los bienes de la tierra.
La sabiduría de Dios siempre nos orienta a utilizar lo que somos y lo que tenemos para enriquecer la vida de los demás.
Vivir según el corazón de Dios nos ayuda a mantener todas las cosas en su justo orden y nos abre a la visión más amplia de la realidad de Dios.
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Celebrando En Familia - 17 Domingo del Tiempo Ordinario
La hospitalidad de Dios
(Lucas 11:1-13)
Muchas personas se afanan por dar un nombre a Dios. Para algunos, llamarlo ‘Padre’ está bien. Para otros, la imagen de Dios como Padre evoca recuerdos traumáticos de su experiencia infantil de dolor, de sufrimiento, de negligencia e incluso de abuso.
Otros prefieren los términos como ‘Creador’, ‘Redentor’ o ‘Santificador’. Pero estos términos describen funciones, no personas, y parecen carecer de la calidez y de la intimidad que intuimos que marca nuestra relación con Dios.
En el Evangelio de hoy, uno de los discípulos, habiendo visto a Jesús en oración, le pide que les enseñe. La oración que Jesús les enseña es probablemente muy parecida a la que él mismo rezaba.
La oración no tiene la formalidad de las utilizadas en el culto del Templo y la Sinagoga. En su lugar, comienza con una forma más informal, cálida e íntima de dirigirse a Dios como ‘Abba’, no tal formal como ‘Padre’ ni tan infantil como ‘Papá’, sino algo intermedio.
Sea cual sea el nombre que elijamos para Dios, el término que usemos debe tener el mismo sentido que tenía ‘Abba’ para Jesús. Los discípulos también viven en la misma relación cálida e íntima que comparten Dios y Jesús. Y es a partir de esta relación como miembros de la casa de Dios que Jesús les enseña a orar.
Al principio, la oración se centra solo en Dios (‘santificado sea tu nombre’), luego pasa a lo que el mundo necesita (‘venga tu reino’), y después a lo que los discípulos necesitan (sustento, perdón y liberación de la prueba, de la persecución y de la tentación.
Una comunidad que reza esta oración reconoce su cercanía privilegiada a Dios. Pero también reconoce que la hospitalidad de Dios llama a todo el género humano a esta misma cercanía experimentada como la llegada del Reino.
El hecho de llamar descaradamente a la puerta de un amigo es un estímulo para no tener miedo de pedir continuamente a Dios lo que necesitamos para vivir como miembros del Reino. Dios no dejará de compartir la vida y el amor de Dios a través del don del Espíritu Santo.
Si los seres humanos, ‘que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos’, entonces ¿Cuánto más dará el amoroso y bondadoso Dios el don del Espíritu Santo a los que se lo pidan? El Espíritu Santo que es el vínculo de amor entre Dios, Jesús y nosotros -el Espíritu Santo que nos ayuda a sentir y experimentar que estamos profundamente envueltos en el amor, el cuidado y la preocupación de Dios.
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Celebrando En Familia - 16 Domingo del Tiempo Ordinario
La verdadera hospitalidad
(Lucas 10:38-42)
Preparar la comida para una ocasión especial o para un invitado apreciado puede ser una tarea desalentadora.
Hoy en día, también puede estar llena de todo tipo de dificultades, ya que las preferencias alimentarias siguen cambiando y aparecen diversas alergias.
En la historia que narra Lucas en este Evangelio, es evidente que Marta se ha tomado muchas molestias para acoger y proveer a Jesús, su invitado.
Preocupada por el servicio y molesta porque María está sentada pasivamente a los pies de Jesús, la ansiedad de Marta se apodera de ella y pide a Jesús que intervenga.
En cierto modo, Marta es como una anfitriona bienintencionada que prepara una cena completa de carne asada solo para descubrir que el invitado es vegetariano! Tal vez la verdadera hospitalidad habría averiguado eso antes de preparar la comida. Tal vez la verdadera hospitalidad habría pensado en lo que el invitado tiene que ofrecer, no únicamente en lo que el
anfitrión quiere proporcionar.
A menudo, en los Evangelios se invierten los roles iniciales de una historia. En este Evangelio parece que Jesús, el invitado, tiene algo que ofrecer que Marta pasa por alto, pero que María reconoce. Jesús se convierte en el anfitrión. Y es él quien acaba dando de comer, no Marta.
¿Y qué pasa con María? Aparentemente perdida en la escucha de Jesús y ajena a la necesidad de ayuda de Marta. Nos parece mal que Jesús la elogie para haber elegido la «la mejor parte». Jesús se niega a enviar a María de vuelta a la cocina. Su respuesta puede leerse también como una invitación a Marta para que deje sus fastuosos preparativos y se una a ellos.
La verdadera hospitalidad para el discípulo consiste en conocer y pasar tiempo con el Invitado. La posición de esta historia en el Evangelio de Lucas, intercalada entre la parábola del buen samaritano (el discípulo ideal) y la enseñanza de Jesús sobre la oración, podría sugerir que ambas cosas se necesitan: una atención profunda a la Palabra de Dios y una acción eficaz: escuchar y cumplir la Palabra.
También podría sugerir que la escucha de la Palabra es lo primero, seguido de la puesta en práctica de la Palabra en acciones de servicio. Además, puede sugerir la importancia de prestar atención a hacer la elección correcta en cada momento -no estar tan atrapados en hacer incluso buenas obras que nos
olvidemos de alimentar nuestra relación con Jesús.
Sin embargo, lo que sí se muestra claramente es que tanto los hombres como las mujeres están llamados al discipulado.
María, la figura más marginada en la historia, ofrece el tipo de hospitalidad que Jesús quiere en un discípulo: un corazón abierto y atento.
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